Violencia y masculinidad

[10-03-2008]

Convergencia ha invitado a conversar sobre la violencia ejercida contra los hombres a Lizette Vila, documentalista y directora del Proyecto Palomas del Instituto Cubano de Artes e Industrias Cinematográficos (ICAIC); a Magela Romero, profesora del Departamento de psicología y miembro de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana; a Raúl Regueiro, especialista del proyecto Hombres que tienen sexo con Hombres (HSH) del Centro Nacional de Prevención ITS/VIH/sida, y a Luis Robledo, sociólogo.

SEMlac: Desde la aparición de los men’s right o derechos de los hombres se habla de que el género masculino no sólo es victimario, sino, también, víctima de una violencia invisible. ¿Cómo se expresa la violencia hacia los hombres?
Lizette Vila: Este peregrinar entre la pluralidad humana, descubriendo el ánima y el animus de seres e inspirándome para crear obras audiovisuales, no sólo con temas dirigidos hacia la perspectiva de nuestro género, sino aguzando mi mirada hacia el otro género, tiene que ver con el deseo de reconstruir otras imágenes discursivas que dignifiquen a los hombres sobrevivientes de diferentes expresiones de violencia.
Es mi empeño enfatizar el término de “sobreviviente”, desplazando el vocablo “víctimas”, palabra acuñada e inamovible con un fatal destino; porque sobrevivir es renacer del resultado de una situación insostenible, es la muerte y el renacimiento de un proyecto de vida, la resurrección al sepultar el modelo hegemónico de poder, autoridad y control.
La primera agresión que recibe un hombre, cuando se inicia el establecimiento de la construcción de su masculinidad, proviene de su propia madre. Ella limita y restringe su entorno, impidiendo la actuación socializadora de una dinámica armónica, en la que la exploración y la conquista expresan el derecho y los requerimientos mínimos que todo ser tiene al nacer. Además, lo somete a un sistema de tradiciones y a la sostenida, cruel y decadente práctica de impedirle expresar su candidez: lo obligan a esconder la pureza y sencillez de las lágrimas que brotan del inocente llanto, no puede sentir el dolor y este puede devenir una parálisis del surgimiento de la sensibilidad como expresión divina del alma. Tampoco puede manifestar el miedo frente a cualquier experiencia que le resulte inesperada o quizás matizada por símbolos incorporados por el sistema de relaciones con el que interactúa, dentro o fuera de su centro familiar.
La trayectoria pasada de un diverso y numeroso grupo de hombres está modelada por la influencia de sus progenitores ausentes o presentes, con adicciones o enfermedades; las restricciones de todo tipo que provocan el hacinamiento, la violencia, la soledad y el abuso sexual o económico.
Magela Romero: La violencia, según el psicólogo Jorge Corsi, implica la existencia de un “arriba” y un “abajo”, real o simbólico, que adopta habitualmente la forma de roles complementarios: padre– hijo, maestro–alumno, patrón–empleado, joven–viejo, líder–miembro, etc., presentando una incidencia que, generalmente, se desarrolla en la dirección que va, del que tiene el poder al que no lo posee. Este tipo de relación ataca también los vínculos que se establecen entre hombres y mujeres; sin embargo, cada cual, según su género, vivencia este fenómeno de manera diferente: a ellos les está asignado el rol de victimarios y se les cuestionará si son incapaces de utilizar la fuerza física que la naturaleza les dio para resolver conflictos; en cambio, a ellas les “tocó” implementar el papel de víctimas, posición que les viene muy a tono en tanto “tiernas, dóciles, delicadas y domables”.
Estos son algunos de los elementos de la mística patriarcal que influyen en las cifras alarmantes que exhibe “la dominación masculina” a nivel mundial; sólo hay que echar un vistazo a nuestro alrededor para percatarnos del uso y abuso del poder ejercido por los hombres. Debe ser, por ello, que algunos autores parcializan el tratamiento de este fenómeno, mostrándolo como un problema que afecta sólo a mujeres (aunque es cierto que esta es la forma más extendida en que se presenta dicho problema social), e invisibilizan otras realidades en las que los hombres son víctimas del poder ejercido por mujeres, o cuando este fenómeno se suscita entre iguales: hombres–hombres, mujeres–mujeres.
En ese sentido, parece más apropiado el uso del concepto “violencia de género”, en tanto muestra una realidad más real y completa de la problemática en cuestión, pues incluye todas las manifestaciones que se dan hacia el interior de las relaciones sociales fundamentadas en estereotipos genéricos, y que devienen a actitudes perjudiciales para la integridad física, social, económica o psicológica de una de las partes constituyentes. Dicha problemática limita a diario la vida de hombres y mujeres, restringiendo sus respectivas libertades de movimiento o palabra, socavando su integridad y dignidad humanas, así como otros de los derechos inherentes a la persona natural.
Las manifestaciones de violencia adquieren, en las relaciones entre sexos, diversas formas y se dan en una multitud de circunstancias, a veces hasta inadvertidas para quienes las experimentan. Según Alberta Durán Gondar y otras especialistas del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, puede ser clasificada, de acuerdo con el daño ocasionado y/o los medios empleados, como física, psicológica, económica y sexual; sin embargo, la física constituye la forma más evidente de su existencia y, en ocasiones, el único modo de probarla ante la ley. Para algunas personas, la inexistencia de violencia en gestos, miradas, amenazas verbales o lágrimas dificulta bastante que sean conscientes de acciones abusivas (psicológicas o emocionales), en las que los hombres también ocupan la posición de víctimas del poder ejercido por las mujeres o el grupo de iguales; sin descuidar que, en una situación dada, pueden ser al mismo tiempo víctimas y victimarios.
Hombres y mujeres nos exponemos a diario al fenómeno de la violencia, pues sus múltiples manifestaciones nos atacan por doquier, colocándonos en situaciones engorrosas, dañinas y muy agresivas para nuestra integridad física–emocional. La responsabilidad es nuestra, ya que somos las y los protagonistas o cómplices de su perpetuidad. Descubrir, en la práctica cotidiana, las diversas facetas de este problema social y las causas que lo originan, nos ayudará a quitarnos el velo y desligar estas acciones de nuestras vidas. Así, de esa sutil pero significante forma, estaremos brindando nuestro granito de arena en la construcción de un porvenir más pacífico para todos y todas.
Raúl Regueiro: Yo creo que la violencia hacia los hombres se expresa a partir de sus derechos. (Es increíble cómo tener derechos te hace víctima de la sociedad).
El hombre tiene derecho a muchas cosas, pero más que derechos son obligaciones. Estas, muchas veces, dañan su propio crecimiento personal o proyección social, porque casi siempre, “por hombría” o “por caballerosidad”, te dejan sin muchas posibilidades de ser tú mismo. Tienes que responder a unas características sociales, legales o no, que te definen como hombre.
Lo más interesante es que la gente no se da cuenta de esto. Entonces, se es felizmente infeliz. El hombre siente que tiene que hablar rudamente, o cargar, o darle el paso a una dama por la calle, limitar su proyección de afecto a otros individuos de su mismo sexo… Esto último se está dando de manera muy interesante. La proyección del afecto entre hombres no homosexuales, a simple observación, se ha relajado un poco: la gente se abraza, se besa más abiertamente.
(Confieso que me da un poco de miedo porque estamos en una época de tormenta. En la calma por venir —parafraseando el refrán popular de que “después de la tormenta, viene la calma”—, podríamos volver a momentos ya vividos, en los que se movilicen estereotipos masculinos muy fuertes, muy machistas, que podrían castrar lo avanzado).
Las normas te las enseñan desde pequeño en la escuela y te las refuerzan la familia, la comunidad y hasta la política.
Estas reglas te indican que no puedes ponerte un pantalón corto, aunque quieras enseñar tus hermosas piernas; que, si quieres ponerte una camiseta “a todas luces femenina”, no podrás hacerlo… En fin, que hay quien no hace cosas ni en su intimidad, porque socialmente está mal visto, tal como lo ha aprendido y aprehendido.
Reflexionaba sobre un hombre que cumple con el modelo de masculinidad hegemónica, heteronormativa. Si hablamos de la homosexualidad, entonces estamos ante el panorama de un país que no ha avanzado prácticamente nada en lo institucional.
En el preámbulo de la Constitución cubana está escrita una frase de José Martí que dice: “Yo quiero que la ley primera de la nuestra república sea el culto de los cubanos a la libertad plena del hombre”. Y nos falta tanto en términos de derechos individuales que sería importante volver a Martí para reflexionar y que se convierta en la guía para mejorar los derechos del hombre, en sentido general, porque no se trata de mejorar los derechos del hombre homosexual o del hombre heterosexual, sino del individuo.
Luis Robledo: En su momento, los estudios de género reducían el problema a la relación entre hombres y mujeres. Esto tiene una razón histórica y sólo es criticable en la medida en que, actualmente, dicho modelo deja de ser suficiente para explicar la manera en que una sociedad se estructura a través del género. De ahí que, cuando se hablara de violencia de género, ésta hiciera –y aún hace– referencia a la que existe del hombre hacia la mujer. Insisto en que hay razones empíricas que legitiman esta manera de entender el problema.
Más allá de la necesidad del acceso de la mujer a espacios tradicionalmente masculinos y viceversa, la realidad nos devuelve ejemplos demasiado frecuentes de maltratos físicos, que llegan al asesinato, de mujeres en manos de sus parejas o exparejas y que, si bien ya existe un aparato legal que las condena, aún, lamentablemente, hay resquicios en el imaginario social que las justifican. Ante un escenario así, en el cual de lo que se habla es de la vida de una persona, cualquier otra forma de violencia o la posibilidad de entenderla desde otra perspectiva queda en una posición poco más que anecdótica.
No obstante, el pensamiento avanza y hoy sabemos que el género, aunque hace referencia al sexo, no se reduce a este y, por tanto, las relaciones de violencia no pueden tampoco reducirse a la que existe de uno de los sexos hacia el otro.
El género es un categoría que nos sirve como herramienta para entender cómo se estructura la sociedad alrededor de los modelos femeninos y masculinos. Sabemos que ponerlos en plural tiene su sentido. Toda sociedad genera uno o varios modelos de feminidad y masculinidad, a los cuales nos adscribimos o los tomamos como referencia para construir nuestra identidad y para modelar nuestra actitud hacia una otredad expresada en sujetos reales, ajustados o no a nuestro modelo.
Los estudios actuales sobre masculinidad han tomado este aspecto como piedra angular de su teoría.
La mayoría parece estar de acuerdo en que existe un modelo hegemónico de masculinidad que intenta aparecer como el único válido, y con existencia real y posible, haciendo invisible cualquier otro modelo.
SEMlac:¿El modelo de masculinidad hegemónica supone una forma de violencia hacia el género masculino? ¿Por qué?
Vila:Hay que reconocer que mujeres y hombres, al nacer, están condicionados por muchos elementos que representan etiquetas. Desprenderlas es casi imposible y la reproducción de estas primeras marcas se origina dentro de las estructuras familiares.
Estas vivencias, en los primeros años de vida, los obligan a reprimirse y formar una sombra que se desarrollará y crecerá en sus relaciones escolares, en el barrio y, por supuesto, dentro de su propio hogar. También esta sombra apunta en el despertar de su sexualidad, les señala la exigencia a erigir un espíritu competitivo de logros, triunfos y acertividad en la vida, sobre la base de una identidad maltrechamente formada, con lo que adviene la frustración, que se convertirá en su principal y fundamental arma para enfrentarse, en su mundo exterior y en su mundo subjetivo, con todos los desafíos que impone la propia existencia. En lo adelante, los matices en el comportamiento serán incontables, impredecibles e influyentes en la elección de su pareja, el modo de ganar su sustento, la formación de su propio hogar, el establecimiento de un sistema de valores que delinean su capacidad para aceptar, asociarse, transformar y proceder de una manera creativa en la instauración de una equidad como fundamento de un desarrollo humano sostenible y sustentable.
Sus acciones para edificar el proceso natural de sus vidas están trazadas por dolorosas experiencias que, al final, serán juzgadas por sus comportamientos, consecuencia del aprendizaje cultural excluyente del ejercicio de la paridad y de la impositiva formación de preceptos machistas como la autoridad, la fuerza, el control económico, el derecho a decisiones puntuales en la vida cotidiana o pública y el acceso al poder en cualquier plano social.
Con mucha tristeza debo resumir que la mayoría de los hombres están modelados para lidiar con hechos, circunstancias y causas que devienen de lo social, cultural, económico y político como mandato de un “pecado original”.
Es preciso señalar que la identidad masculina, el género masculino, también ha estado tenazmente agredido por los medios de comunicación, que han ido imponiendo imágenes basadas en valores, “libertades”, comportamientos, actitudes y aptitudes, como la fuerza física, la capacidad de agredir sin ningún límite o restricción, su incuestionable inteligencia, el goce pleno de la libertad sexual y social —aunque casi siempre rechaza a otro hombre o mujer porque son homosexuales, o a una que en el pasado fue prostituta, a quien “no quiere tenerla como esposa”—, la rivalidad constante como reflejo de su superioridad en las relaciones sexuales y sus efectos destructivos cuando padece de disfunción sexual, enfermedades de la próstata o incapacidad reproductora.
Estas representaciones mediáticas ponderan el mito de la genitalidad de los hombres por su superioridad biológica, asignada durante siglos y siglos, y además distribuyen los atributos para las mujeres como madres, buenas amantes, hacedoras de los más mínimos detalles para el sustento del espacio privad: tienen que ser “modositas” y frágiles.
Pero la imaginación erótica emana de ellos, cada hombre tiene adjudicado un manifiesto que lo distingue: “el ser pensante”, “el héroe”, el gran jerarca que controla desde el centro a la familia y la dirige como “el gran timonel”, que se enfrenta a importantes batallas, que, por supuesto, está confiado de su éxito como estratega, y además, está bendecido por el don de la ubicuidad, formando otras familias. Claro está, fomentando relaciones disfuncionales y contrayendo niveles de compromisos que, en la mayoría de los casos, no puede o no quiere cumplir.
Estas prácticas, que regularmente el hombre implanta en su vida cotidiana, lo desplazan continuamente del intercambio fraterno de plena conformidad y de respeto dentro de las relaciones familiares o sociales en general, acentuando cada vez la vulnerabilidad de su construcción y creando un contragolpe o, como diríamos en lenguaje musical, una contrafuga. Es decir, que hombres y mujeres son melodías que nunca se encuentran porque sus interpretaciones son a la inversa, nunca convergen, jamás coinciden…
La percepción de imágenes repetitivas, no importa su eficacia y aceptación comunicativa, ya existe. Están colocadas en la propia vida cotidiana o en un entorno más general y su fuerza radica en la incorporación de esas informaciones en el inconsciente colectivo, que, a su vez, impregna la luz de los arquetipos.
Pero, si esas imágenes cambiaran y se convirtieran en un aprehender de acciones colmadas de fantasía, sueños, anhelos, visiones, pensamientos, intuiciones…meditaciones, que son originadas por el alma, que es la sabiduría de la experiencia diaria; el intercambio de las relaciones entre hombres y mujeres tomaría otro rumbo.
Romero: La violencia simbólica que ejerce el sistema de dominación patriarcal sobre los hombres ha permanecido, por mucho tiempo, invisible e invisibilizada. Sólo investigaciones más recientes destacan las particularidades de esta “otra cara de la moneda” que, no por estar poco trabajada es de menos interés.
El modelo de la masculinidad hegemónica que impone dicho sistema, en tanto “referente obligatorio” para los hombres, funciona como “el ojo supervisor” de un sistema panóptico, que dicta como reglas básicas para ellos: el ser “importantes, activos, fuertes, dispuestos, heterosexuales, potentes, maduros, inexpresivos, inteligentes, astutos y proveedores”. Sus prácticas cotidianas se debaten entre el “deber ser” y lo que “realmente son,” viviendo masculinidades que, si bien intentan adecuarse a las transformaciones que se han venido sucediendo, son cuestionadas con mucha fuerza por los elementos rectores de la cultura patriarcal. Este modelo dominante regula las conductas tanto de quienes deciden seguirlo como tipo ideal (quienes medirán su nivel de hombría en función de la metas hegemónicas alcanzadas o a alcanzar, y serán cuestionados por quienes esperan que las alcancen), como de los que rompen con lo establecido y adoptan prácticas que una vez estuvieron asignadas sólo a las mujeres (los que serán cuestionados por la sociedad y serán valorados en función de cuánto hayan transgredido o no lo preconcebido para la mayoría).
En el proceso de aprender a ser masculinos, los hombres vivencian episodios violentos, en tanto víctimas principales de las máximas que los sustentan, guían y hacen “poderosos”, ya que el camino hacia ellas está lleno de represiones, limitaciones e injusticias. Para ser “machos, varones y masculinos”, ellos no pueden ser emotivos, expresivos o sentimentales; deben cuidar sus manifestaciones a cada instante, con tal de no aparentar lo que realmente son: humanos. Deben vivir una sexualidad agresiva, violenta, arriesgada, que siempre esté al borde del abismo, y tendrán que demostrar su condición de “hombres” todo el tiempo, arriesgando incluso la opción de elegir cómo quieren ser. Llegada cierta edad, se verán en el rol de padres y lucharán contra dichos populares como el de: “madre una sola, padres muchos”, que devalúan su protagonismo en la crianza de la descendencia y hacen que muchos opten por vivir un “rol paterno de segundo grado”, muchas veces ausente y poco comprometido. Estas, entre otras, son las formas más usuales de violencia a las que se exponen nuestros hombres en sus cotidianidades, desconociendo la opción de eliminarlas en tanto construcciones sociales y limitando sus protagonismos para transformaciones radicales que vayan más a tono con esta época de transición en la que vivimos. Desmontar los esquemas de nuestras sociedades patriarcales, opresoras de mujeres y hombres, es una urgencia para quienes luchamos a diario por el logro de la equidad, y lograrlo es nuestro reto.
Regueiro:Desde el surgimiento de las religiones o, mejor, de la interpretación de la religión, el ser humano ha ido involucionando en sus libertades, en sus derechos. Ha sido por castrar las expresiones, más que de la sexualidad, del sexo. A partir de ahí, la gente se siente feliz, aunque esté maniatada e invalidada.
Conozco mujeres que disfrutan de la construcción social machista, ruda, porque se despojan de responsabilidades sociales que se le imponen al hombre. Él es el ser todopoderoso que tiene que cubrir todas las necesidades del hogar y no todos los hombre son emprendedores, negociantes, buscadores, triunfadores… Pueden ser buenos como individuos, pero la carga impuesta los oprime, los castra...
Robledo: El machismo es la expresión cotidiana y popular que hace referencia a esa hegemonía. Pero, ¿quién o quiénes son los portadores de dicho modelo?: ¿algunos hombres?, ¿algunas mujeres?, ¿todos?, ¿el estado, como garante del poder?, ¿es una entidad metafísica o una forma al estilo platónico?
El modelo hegemónico de masculinidad no supone una forma de violencia hacia el género masculino, sino hacia el sujeto sexualmente masculino y socialmente etiquetado como tal.
Le “violenta” al ajustarse a él y, entre otras muchas cosas, lo “utiliza” para ejercer la violencia hacia el resto de los sujetos, que es en definitiva su esencia.
Así, lo que se hace visible es su posición de victimario y se oculta —o se hace invisible— su condición de víctima. En la práctica, de lo que hablamos es de que, cuando un varón ejerce la violencia, nada indica la exigencia social de dicha violencia y, al contrario, cuando no la ejerce, se le anula —se le hace invisible— y se le exige que se corrija y se ajuste al modelo.
SEMlac:Organizaciones masculinas profeministas plantean que la violencia de género nace del poder, del control, que en definitiva se define como machismo. Entonces, ¿bastaría con la sensibilización de hombres y mujeres para resolver la violencia en nuestras sociedades?
Vila: ¿Cuál será el modelo para impedir que siga avanzando este derrotero que ha guiado a tantos hombres, llenos de potencialidades y con las mejores cualidades inherentes al ser humano, y que tienen que vivir mutilados sentimentalmente y agredidos emocionalmente?
Me siento muy optimista al pensar que habrá espacios para que la existencia y finalidad de los hombres respondan al ineludible establecimiento de relaciones armónicas, que alcancen la dimensión terrenal, porque vivir es un regalo, un misterio, un privilegio… No es posible que perdure el dolor, la incomprensión, la lucha constante entre los seres humanos.
Es necesario y apremiante lograr la sensibilización para solucionar los conflictos generados por la falta de equidad entre hombres y mujeres. Sus rivalidades y agresiones exigen una nueva instauración de relaciones sociales.
Nos encontramos en una situación de emergencia, y las respuestas más creativas para aliviar, construir y establecer nuevas ideas y acciones, que nos permitan subsistir, han surgido de los sucesos más estremecedores de la historia de la humanidad.
Desde su fundación, el Proyecto Palomas, que con tanto orgullo y esfuerzo sostenemos, ha guiado su labor a la difusión de diferentes expresiones culturales de grupos de hombres, como por ejemplo la Camerata Vocal Sine Nomine, agrupación masculina, con sus registros y tesituras de sopranos, contraltos, voces que representan “lo femenino”, y que, para poder mantenerlas durante siglos, niños y adolescentes fueron castrados.
Además, la realización de obras audiovisuales en el género documental sobre el tema de la sexualidad y de la prevención contra las infecciones de transmisión sexual y el VIH/sida en hombres que tienen sexo con otros hombres, agrupándolos a todos dentro de la diversidad sexual, han logrado proyectar un intercambio de ideas dentro de un debate que ha alcanzado despojar de estereotipos, mitos y prejuicios a diversos sectores institucionales, académicos, comunitarios, artísticos, de diferentes niveles educacionales y religiosos, con la finalidad de propiciar discursos incluyentes, que originen débiles o fuertes rupturas, porque su significación está dada por la movilidad de ideas integradoras dentro del tejido social.
Tenemos muchos ejemplos concretos de la participación de hombres en espacios que, hasta el momento, estaban reservados para las mujeres, y los resultados recibidos, a partir de sus propias ejecuciones, vinculadas a cambios en sus estilos de vida, son reveladores.
Hay que acceder a un universo que espera de la solidaridad, la serena comprensión y la consagrada labor para lograr la variación deseada en las relaciones humanas, reconocer desde dentro y propiciar el cambio gradual en la mediación, para instaurar nuevos modelos.
El reconocimiento de la doble naturaleza de hombres y mujeres dibuja una travesía irradiada por la equidad, el respeto y la paz verdadera.
Romero:La lucha contra la violencia de género constituye un desafío de nuestros días, pues si bien ha sido notable el incremento en el número de especialistas que trabajan esta problemática a nivel mundial, los resultados esperados no cobran igual magnitud. El desmontaje de los patrones socio culturales que incitan al poderío de un ser humano sobre otro, por motivo del género al que se pertenece, se nos impone y constituye el principal mecanismo para lograr eliminarla. En ese sentido, orientar, sensibilizar y capacitar a las personas resultan acciones prudentes; sin embargo, pensamos que el chequeo de su efectividad está en que garanticen la real toma de conciencia de quienes pasan por estos cursos, talleres o programas de capacitación, pues no basta con tener los conocimientos, si no se está preparado o dispuesto al cambio.
En ese sentido, debemos continuar promoviendo acciones que condenen social y legalmente la violencia y visibilicen sus costos para la humanidad; apoyar la formación y desarrollo de comportamientos igualitarios, respetuosos y alternativos para resolver conflictos y trabajar con los medios de difusión masiva para eliminar de las pantallas la promoción del maltrato como medio y fin.
También debemos seguir promoviendo la creación de grupos de ayuda para maltratadoras y maltratadores, así como para el seguimiento psicosocial a personas que pueden ejercer la violencia. Estos son algunos de los disímiles mecanismos que existen para combatir este problema social; sin embargo, las acciones aún son insuficientes y seguirán siéndolo mientras exista una sola persona que sufra el maltrato; no podemos escatimar recursos materiales o personales para esta lucha que es de todas y para el bien de todas.
Regueiro: No se trata sólo de sensibilizar. Primero hay que descubrirle el tema a la gente común. No podemos pensar solamente en lo que nosotros queremos que suceda. Debemos enseñarle a la gente en qué situaciones vive, por qué… para que saque sus conclusiones individualmente, porque la percepción de la violencia es individual, aunque sea un problema general.
Es que la violencia es parte de la falta de poder, del descontrol: hay quien quiere ser violento o quien quiere que sean violentos con él.
Paralelamente, hay que crear alternativas sociales y vuelvo a la institucionalidad, por su fuerte poder en nuestra sociedad. Pienso que hay instituciones que tienen que modernizarse y dinamizarse, algo que esperamos con esperanza y ansias.
“El que no sabe es como el que no ve”, como dice el refrán, y la violencia está muy presente en nuestra sociedad tan machista, de una manera tácita, que se proyecta en la escuela, en los centros de trabajo..., en la competencia de la mujer con el hombre para acceder a esos poderes, para la que no estamos preparados ni como individuos ni como instituciones.
Fidel (Castro) muchas veces dice que no hay país sin historia y eso es algo que no podemos olvidar para trabajar esta y otras tantas cuestiones.
Aunque te reveles en lo personal, no puedes evadir la responsabilidad social que tienes encima. Por eso tienes que decirle a la gente cómo lo afecta, por qué está apabullado por vivir como se espera que él viva.
Hoy la gente cree que es libre, que hace lo que quiere, que no vive con el vecino, pero eso es realmente una falacia.
Esto sin entrar en la política, que influye en la proyección de esta masculinidad hegemónica que afecta a todos los países y que, en el nuestro, también está presente. Se ha tergiversado más aún la responsabilidad social del hombre con temas como la defensa, aunque hayamos avanzado en otros asuntos como la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.
Tenemos que, sin hacernos muchas ilusiones, seguir trabajando en los temas de derecho, porque nuestro país funciona muy institucionalmente, aunque se produzcan movimientos sociales a nuestros niveles, quedará lo institucionalmente aprobado. Entonces, para que las cosas funcionen tienes que movilizar el pensamiento de decisores, además del social, que se está movilizando.
Para lograr verdaderamente los derechos de los hombres hay que educar a la gente que promueve derechos, que en nuestro país son básicamente las instituciones, no las comunidades.
Robledo:Ciertamente, la sensibilización de hombres y mujeres para resolver la violencia de género es parte de la respuesta al problema, pero no suficiente.
La “exigencia social a ejercer la violencia”, a la cual hacíamos referencia, cada vez se vuelve más ilegítima y es gracias a ese proceso de sensibilización. Hay que pensar que estamos hablando de modelos culturales muy arraigados y cuya transformación requiere mucha energía y tiempo.
Entender hacia dónde queremos ir ya es un problema de alta complejidad. Deberán pasar aún varias generaciones para poder hablar de un cambio total hacia modelos más democráticos de convivencia y de esquemas menos rígidos para entender la sexualidad, las identidades de género y la relación entre ellos.

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