Urgen temas de género en formación médica Destacado

[22-01-2012]

Por Raquel Sierra / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Los incidentes de violencia contra la mujer ocurren a puertas cerradas en la mayoría de los casos. Cuando ellas salen a buscar ayuda les urge hallar personas sensibilizadas y con conocimientos.

En Cuba, sin embargo, el sistema de formación de los profesionales de la salud no incluye el tema de género, lo que limita la atención  de los problemas de salud relacionados con la violencia.
Una investigación realizada por la psicóloga Aida Torralbas Fernández, en la oriental provincia de Holguín, a más de 700 kilómetros de La Habana, saca a la luz el déficit de conocimientos en un grupo de 18 doctoras de familia de un área de salud de la capital provincial, una realidad que probablemente se replica en otros espacios de la geografía cubana.
“Comencé a trabajar con la mujer violentada y me di cuenta de que, en muchos casos, ella sola no está en condiciones de afrontar la situación”, explicó Torralbas a SEMlac.
“También me percaté de que el psicólogo solo no puede ocuparse, ni el policía, ni el jurista, y en primer lugar el médico, si no tienen la preparación que se requiere sobre este complejo fenómeno”, agrega.
Esta crítica situación se encuentra tanto en médicos como en el personal de enfermería. “En nuestra formación no se incluyen estas materias, es un déficit que debes superar en el camino cuando atiendes a diario pacientes con todo tipo de problemas”, comenta Lizzy Fernández, médica de un consultorio que atiende a un grupo de familias en La Habana.
En Cuba existe un sistema de atención primaria de salud mediante el cual los llamados médicos de la familia, generalmente viven en la comunidad y atienden a la población circundante, por lo que conocen el entorno familiar de sus pacientes.
La experiencia de la licenciada en enfermería Yolaisy Mackenzie es similar. “Aunque es un asunto muy importante no está en el programa docente. Lo que sé lo aprendí en talleres y eventos sobre el tema”, afirma a SEMlac.
Aunque este fenómeno tiene su origen en las relaciones desiguales de poder entre mujeres y hombres, y ocurre generalmente en un espacio privado, sus secuelas pueden resultar notables para las víctimas.
En su investigación, Torralbas indica que la violencia de género tiene consecuencias serias sobre la salud física y mental de la mujer, a largo y corto plazos, y puede llegar a convertirse en “factor etiológico de toda clase de perturbaciones psicofísicas”.
A su juicio este fenómeno, que no conoce de estratos sociales, nivel profesional, color de la piel o religión, pudiera “convertirse en una de las causas importantes de morbilidad y mortalidad para las mujeres”.
En Cuba no hay una estadística pública sobre violencia de género a nivel de país y solo desde hace unos años se ha comenzado a reconocer su existencia, pero los conocimientos sobre el asunto suelen ser escasos y limitados mayormente al espacio académico.
La psicóloga considera que “si el médico no es capaz de identificar la violencia como elemento que desencadena todas estas alteraciones nunca podrá abordar ni trabajar sobre la verdadera raíz del problema y solo se quedará en un abordaje sintomático”.
Sucede que, aunque en 1998 la Organización Mundial de la Salud (OMS) adoptó la definición de violencia contra la mujer como referencia para todas sus actividades posteriores, Cuba no ha transformado sus planes de estudio.
“En nuestro país el médico de familia posee limitaciones en su preparación profesional para identificar el fenómeno de la violencia, pues en su plan de estudio como Médico General Integral (MGI) no se aborda la temática y en el pregrado tampoco”, advierte Torralbas en su estudio.
Dada esa carencia, “cuando el médico se enfrenta al fenómeno tiene que apelar más a su sensibilidad y sentido común que a su instrucción o a un referente teórico que guíe su actuación”, considera la investigadora.
Mujeres violentadas, que llegan avergonzadas a los consultorios, esconden las lesiones con explicaciones como: “me caí en el baño”, “tropecé con la escalera”. Un ojo sin entrenamiento puede no ver más allá ni detectar la baja autoestima y la culpa que las dominan.

¿A dónde conduce no saber?
La literatura médica describe que la violencia física se refleja en heridas, erosiones, excoriaciones, hematomas, discapacidades, enfermedades de transmisión sexual y VIH/sida, embarazos no deseados, dolor pélvico, jaquecas, enfermedades de la piel, del corazón, trastornos ginecológicos, respiratorios y gástricos, contracturas y dolores musculares o articulares, entre otros.
Estos están acompañados, generalmente, de daños psicológicos agravados que se derivan de la vivencia del hecho de que el atacante es la persona de quien se espera protección.
La violencia conduce a un cuadro psicológico reactivo que puede caracterizarse por abatimiento, confusión, aturdimiento, depresión, ansiedad, baja autoestima, disfunción o desinterés sexual, abuso de alcohol y drogas, síndrome de estrés postraumático, estados de fatiga y falta de energía, letargo, envejecimiento prematuro y autoabandono.
Pese a todo esto, indica Torralbas,  la violencia contra la mujer no se recoge en las estadísticas como problema de salud y la mayoría de las veces queda invisibilizado.
Las víctimas y también familiares y vecinos, en la mayoría de los casos, siguen apegados al mito de que “entre marido y mujer nadie se debe meter”, lo que dificulta que el fenómeno sea más visible.
Las encuestas y técnicas aplicadas por ella a las mujeres profesionales de la salud mostraron desconocimiento en la identificación de las causas que provocan el fenómeno y, por tanto, de las características esenciales del mismo.
Asimismo, el estudio realizado en Holguín arrojó que de las 18 médicos de familia entrevistadas, ninguna fue capaz de reconocer todos los mitos relacionados con la violencia, “evidenciándose insuficiencias en el conocimiento” de estos, minimizando sus consecuencias y afectando la percepción que se tiene de la mujer y de la propia situación de violencia.
En declaraciones a SEMlac, la profesora Norma Vasallo, investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana sostuvo que “existe una carencia en la formación de especialistas en ejercicio como juristas, médicos y psicólogos, sobre el tema”.
“La preparación es insuficiente y, sobre todo, en los más cercanos a la atención a las personas. Hemos analizado los planes de estudio y, desafortunadamente es así”, agregó la presidenta de la Cátedra de la Mujer de la universidad capitalina.
Lo reconoce también Ileana Castillo, de la Escuela Nacional de Salud Pública. “La formación tradicional de nuestros profesionales tiene un desarrollo muy grande en la atención biológica; sin embargo, es obvio que, a partir de los espacios de discusión y de las investigaciones, se formen desde lo social y particularmente, con enfoque de género”.
“Hombres y mujeres nacen y se  desarrollan con experiencias y, por lo tanto, los daños y riesgos, incluso las causas de enfermar y de morir, son diferentes. El abordaje tiene que depender de la influencia de todas estas cuestiones que se ejercen de forma diferenciada en mujeres y hombres”, indica.
De acuerdo con la también coordinadora de la Red de Género y Salud Colectiva en Cuba, si no enseñas a médicos y enfermeras en este enfoque, sencillamente no pueden actuar y se pierde un potencial en un profesional que tiene la posibilidad de negociar en el entorno donde trabaja.
“Tenemos la responsabilidad de cambiar las concepciones en la formación  de esos profesionales para que pueden actuar desde el enfoque social de la salud, incluido el tema de la violencia”, agrega Castillo.
A su juicio, esta es una realidad difícil de cambiar porque primero hay que sensibilizar a los directivos de Salud Pública y de la docencia, quienes, posiblemente, tampoco están formados en ese enfoque y no ven la necesidad del cambio.
“Hay que seguir haciendo investigaciones e ir mostrando evidencias para poder lograr el cambio. Hay un proyecto en curso que investiga el programa de formación del médico de la familia para evidenciar que existe la necesidad y dar el paso para que se incorpore, desde los estudios de pregrado”, concluyó.

Enero de 2012

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