Son grandes los avances de la ciencia y la tecnología a nivel mundial y muchos los cambios que traen a todas las esferas de la vida. Sin embargo, las familias continúan siendo pilar fundamental de la sociedad y cumplen funciones que son irreemplazables, por lo que se impone un trabajo intencionado de promoción y prevención para eliminar todas las manifestaciones de violencia que ocurren al interior de los hogares. La violencia intrafamiliar se ha convertido en un flagelo global: visibilizarlo y atenderlo es un desafío urgente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia es “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”[1].

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Muchas son las miradas que visualizan al matrimonio –o la formación de parejas- como una lotería, una decisión al azar, pura suerte o cosas del destino. Tales criterios preconcebidos antes de concretar la unión, a menudo conducen a que muchas parejas vayan al matrimonio sin un reconocimiento de la responsabilidad que entraña y, como resultado, fracasan y terminan en el divorcio.

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Un breve acercamiento a la Historia permite observar que existen temas sobre los cuáles nos cuesta trabajo escribir o emitir alguna opinión. El asunto no gira en torno a que sean espinosos o reúnan características difíciles de asimilar por algún público exigente; el problema está en que se acercan a la llamada “sensibilidad humana” y es ahí donde comenzamos a pensar “con el corazón”, aunque de sobra sepamos que esta no es una función inherente a él.

Acercarnos al asunto de la violencia es y seguirá siendo una de esas cuestiones que terminan por convencernos de la necesidad de continuar construyendo una sociedad donde sus consecuencias desaparezcan por completo.

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En Cuba, las metas y sueños de muchas mujeres en el mundo son realidades desde hace mucho tiempo, y las políticas para garantizar el avance de la mujer forman parte del programa de desarrollo social. No obstante, las violencias que se dan en el seno de la institución a la que, social y utópicamente, se le asigna un lugar de protección, solidaridad y amor: las familias, son hechos que afectan la integridad física y emocional de sus integrantes, entre quienes las víctimas son, mayoritariamente, mujeres. Ello responde a los esquemas del patriarcado, en detrimento de ellas, como parte de un género que históricamente ha estado en una situación social, cultural, económica e incluso jurídica de desigualdad y subordinación.

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Varios han sido los congresos y conferencias internacionales que han promulgado la necesidad de la atención y estudio de la familia como grupo social, por el papel que desempeña como mediadora de los procesos entre los individuos, otros grupos y la sociedad. En este sentido, cabe destacar que, aunque la familia cubana ha estado a nivel enunciativo e intencional en todos los programas y acciones que tienen lugar en el país, no ha sido atendida desde una política global1.

En otras palabras, ha faltado el enfoque de familia como un todo, y resulta casi una constante que el significado de la familia sea más bien sinónimo de individuo. Se ha tratado a la mujer, a niñas y niños, a las personas mayores o discapacitadas, pero no a la familia como sujeto de acción colectiva.

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Después de casi dos décadas de estudiar la violencia, tanto en investigaciones sobre la prostitución como el maltrato infantil, asociado a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, me he percatado de que a cualquier individuo le resulta difícil confesar que ha sido víctima de esta dentro de su propia familia. 
Cuando hablamos de violencia, lo primero que nos viene a la mente son los golpes del hombre hacia la mujer, de la madre al hijo; manifestaciones que quedan encerradas en el silencio de cuatro paredes, dígase de una casa, un cuarto, un albergue.
A estos espacios los llamaré espacios vacíos, vacíos de afecto, amor y comunicación, dónde las personas no son capaces de expresar, con palabras, sus sentimientos, emociones y sensaciones de bienestar, e inician su “dominio” en espacio familiar, a manera de Violencia-Poder-Fuerza.

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Hace más de 15 años que Verónica Noret, harta de tantos golpes, sintiéndose menos que nada, mató a su esposo en el baño de su propia casa. “Yo ni me acuerdo de que ese hombre existió en mi vida.”, asegura. Pero no convence. A esta mujer que hoy ya está reincorporada socialmente, aún se le rompe la voz cuando narra su tragedia, “para que a otras no les pase”. 

Y una se pregunta en qué pensaba Verónica el día en que esperó a que el hombre del que se había enamorado con 21 años entrara a bañarse, confiado en que tras la paliza habitual, sólo las lágrimas, el silencio, o la fuga momentánea dominarían la casa. Qué pasaría por su cabeza mientras lanzaba el combustible ardiendo. Hay historias ásperas, cuyas secuelas estarán ahí para siempre: 15 años de cárcel, un niño sin padre, una familia destruida...

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