Salirse de la violencia es difícil, pero no imposible

[15-12-2011]

Por Raquel Sierra / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Si uno la mira de frente, su rostro negro es terso. Si la mirada es desde el lado izquierdo, inquieta una cicatriz desde la sien hasta la mandíbula. La cara sanó bien, como tal vez no ocurrió con sus sentimientos y mente, pero está viva.

Se llama Roxana y tiene 26 años. Conversa moviendo sus largos dedos y, de vez en vez, mira rápidamente a los lados. Logró escapar de una violenta relación de pareja, rehizo su vida, mas no ha podido apartarse del temor de que un día, inesperadamente, reaparezca el hombre que la maltrató.
El miedo no la abandona, al punto que su hija de 14 años le dice que deje de mirar siempre para atrás, como buscando a alguien. Quiere compartir su historia para que otras mujeres sientan que no están condenadas y pueden salirse de la violencia, esa enemiga agazapada y mayormente silenciada, que va desde la mirada torcida al golpe, o más allá.
Aunque en los últimos años en Cuba se ha investigado sobre la existencia de este fenómeno, no hay estadísticas exactas sobre su frecuencia. Sin embargo, las indagaciones aisladas arrojan que son la violencia psicológica y la emocional las predominantes al interior de las familias y las parejas.
"Tuvimos una relación de siete años, nos llevábamos muy bien, yo era alegre y él se sentía orgulloso conmigo. Pero yo miraba al futuro con perspectivas y él no, era más bien achantado. Un día le dije que él, dos años más joven, podría encontrar otra pareja y recomenzar. Ahí empezó todo", cuenta a SEMlac.
"Llegó el primer golpe. Siguieron otros, y yo callaba para que mi niña y los vecinos no se dieran cuenta de nada. Creció su obsesión, se aparecía en mi trabajo. Una vez me golpeó la cabeza contra la pared del baño e intentó violarme. Todavía me pregunto de dónde saqué fuerzas", dice.
Ella hizo varias denuncias en la policía, a él le impusieron las respectivas multas, se hicieron vistas pero el hombre seguía en la calle, pues en el tribunal municipal decían que se trataba de algo pasional. Los días y las semanas le parecieron años. El acoso no cesaba. En más de una ocasión, trató de intimidarla con un cuchillo.
"Un día, de nuevo se me apareció en la calle, yo iba con otras personas, se acercó por detrás, hubo forcejeo, creo que quería cortarme el cuello. Fue cuando me desfiguró la cara", dice la voz entrecortada de Roxana, habanera, trabajadora del Ministerio del Transporte.
Tras la operación, el cirujano prefirió ocultarle cuántos puntos le había dado. Ella, a quien le gustaba verse bonita, vio venirse su mundo abajo con esa marca en el rostro. Creyó que no lo soportaría, pero escuchó las palabras de la psicóloga: "No puedes dejarte caer, es lo que más él quisiera".
En la estación de la policía siempre le preguntaban si, como muchas otras mujeres, retiraría la denuncia, pero nunca lo hizo. Por mucho que él se disculpara, ya no creía en su arrepentimiento. En el juicio fue condenado a dos años de cárcel. Cuando Roxana creía estar en paz, desde la prisión comenzaron a llegar las cartas.
"No eran amenazadoras, pero fueron 100 en un año, además de las llamadas. Entré en pánico. Fui a varias instituciones hasta que una oficial de prisiones se sensibilizó conmigo. Llamó a muchas partes y, por suerte, al tiempo, cesaron las cartas. No sé dónde está él hoy, pero me dejó una cicatriz en la cara y otra en el corazón, ambas de por vida", comenta esta mujer de 26 años.

Otras también pueden
Sin ayuda, sola con su resolución. Roxana rompió un círculo vicioso que por poco le quita la vida. "Fue muy difícil, ya no soy la misma, una parte de mi alegría se murió", dice, vencedora de una batalla que otras prefieren no librar.
Una de ellas es Mayrelis, de 24 años. Hasta ahora soporta las amenazas, las palabrotas y hasta las palizas de su esposo. A su "pedido" es ama de casa. "Él es bueno, solo tiene esos días malos", lo disculpa.
La mamá de Mayrelis quiere ayudarla. "Vamos para mi casa, no aguantes más", le dice ante cada nuevo episodio. "Tú estás muy joven, un día de estos te da un mal golpe y se acabó tu vida", le advierte una amiga. Ella no cede. Está enredada en ese conflicto sin saber qué hacer. No se reconoce como víctima de violencia y, hasta ahora, no busca una solución.
De acuerdo con la psicóloga Olga Esther Infante, del capitalino Policlínico Plaza, y estudiosa del tema, intentar salir de la violencia "lleva un proceso de elaboración personal, de sentirse capaces de enfrentar el problema y saber que van a recibir apoyo. Es una premisa importante para que emprendan una acción".
A su juicio, "no deben verlo como un asunto particular de que `es mío, no le incumbe a nadie, no voy a tener manera de salir de él, me ha tocado porque he tolerado, por una mala decisión´, y hallar respuestas para todas esas dudas".
Infante, investigadora principal del proyecto Violencia Intrafamiliar, su prevención en La Habana, explicó a SEMlac que la violencia "tiene mucha relación con la autoestima, las mujeres deben saber que nadie es merecedor de ese trato y nadie tiene el derecho, por ningún motivo, de ejercer maltrato sobre ellas".
La investigación, realizada en tres localidades de La Habana: Regla, Plaza y Cerro reveló que en el 16,7 por ciento de los hogares participantes en la muestra existe más de un agresor y se identificaron como principales victimarios a las parejas consensuales y los esposos.
Los debates grupales arrojaron que las mujeres siguen aceptando mitos como "la mujer provoca para que la maltraten o la maltratan porque se lo busca", y "acepta el maltrato porque le gusta".

Se puede salir
Para la psicóloga Mirta López, coordinadora de la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia de Plaza, de la Federación de Mujeres Cubanas, el primer paso es darse cuenta, concienciar el problema y si no está en sus manos darle solución, buscar ayuda.
"Ni la mujer -ni nadie-, está obligado a soportar un maltrato, pero por las características del fenómeno, se trata de mantener en el espacio oculto, y se naturaliza, buscando justificaciones a las conductas del otro", considera.
Las personas que acuden por información, señala, buscan disculpas de todo tipo: "él estaba cansado, los niños estaban intranquilos, debió pasar algo en el trabajo" y se daña mucho su propia autoestima.
"Nadie nace violento, ni víctima ni victimario, pero se va aprendiendo en la familia, en la comunidad y se transmite y se reproduce. Se imita la violencia, la sumisión, los gritos y esa cadena debe cortarse, como una consecuencia del desequilibrio de poder", indica.
Los medios deben seguir reflejando no solo la violencia en la pareja, sino también hacia los niños, la económica, en el trabajo y otras, de manera que la sociedad se sensibilice y tome conciencia de todas las formas detrás de las que se enmascara, opina.
Cuando el diálogo y la comunicación fallan y alguien se quiere imponer, aparecen las primeras señales de la violencia. Es el momento de acudir a las Casas de Orientación, los Centro de Salud Comunitaria, la Fiscalía, el médico de la familia, los servicios de terapia sexual y la policía, entre otros.
Para la psicóloga e investigadora Infante, lo más importante es prevenir. "La filosofía que nos ha acompañado es que desde diferentes sectores se pueden emprender acciones que tiendan a disminuir su incidencia. Si solo trabajamos con las consecuencias no hacemos nada para modificar esa realidad, pero si abordamos la prevención, debe disminuir su incidencia".

Noviembre de 2011

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