Obstáculos que no permiten ver

[11-04-2008]
Por Iliana Artiles de León
Licenciada en Psicología y Pedagogía, master en Sexualidad.

En la actualidad están vigentes muchos obstáculos que no nos permiten ver la necesidad de actuar, de manera inmediata, en la implementación de políticas públicas, en el campo de la atención integral a la violencia intrafamiliar.
En lo particular, me adscribo a los presupuestos citados por el psicoterapeuta argentino, especialista en varones y parejas y director del Centro de la Condición Masculina de Madrid, Luis Bonino.
Los estudios de Bonino parten de la visibilidad social de la víctima y la invisibilidad del victimario, cuestiones que hemos comprobado en el contexto cubano, mediante las investigaciones que, por más de 10 años, ha desarrollado el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) de Cuba.
Pensar que son pocas las mujeres que sufren la violencia, que este es un fenómeno individual y que, por tanto, la sociedad no es responsable, es banalizar el problema.
Los patrones culturales adjudican roles de poder y de dominio a los hombres y de subordinación a las mujeres, por lo que es necesario identificar y develar estas asimetrías sociales en las relaciones de género para sortear el obstáculo de considerar la violencia como un problema individual y, en consecuencia, privado.
Estas características acotan la definición de la violencia contra las mujeres, de la que sólo se perciben sus formas más graves, provocando que no se haga visible la violencia psicológica y algunas manifestaciones de la violencia sexual (como el acoso o la violación dentro del matrimonio).
Por ejemplo, en el sector de la salud pública se atienden las lesiones corporales, mientras que en otros sectores estas son las únicas referencias para demostrar la violencia.
Por otra parte, aparecen los mitos sobre el perfil del maltratador, que van desde naturalizar conductas como la ingestión de bebidas alcohólicas, hasta pensar que el control y la dominación sobre las mujeres son actitudes típicamente masculinas.
Estos mitos asociados al abuso son obstáculos para hacer visible la violencia, incluso entre especialistas que deben combatirla.
“Ellos son así”, “no hay que provocarlos”, u otras frases que justifican los hechos violentos con desajustes emocionales o mentales como: “no son normales” y “deben tener algún problema”, circulan en el imaginario de muchos de los profesionales que atienden a los maltratadores como enfermos mentales, minimizando la responsabilidad de estos frente a sus conductas violentas.
También están las creencias erróneas, tantas veces escuchadas, sobre las responsabilidades femeninas que afirman que la mujer se buscó el maltrato o que se lo merece, que parten del desconocimiento de la correlación entre los formatos hegemónicos de masculinidad y feminidad.
Estos mitos, que eximen al maltratador de tener el control de su conducta y sitúan a la mujer como responsable de ser victimizada, tampoco justifican la violencia, porque nadie merece ser maltratado y nadie tiene derecho a maltratar.
El proceso de socialización de hombres y mujeres no trascurre de igual forma para ambos, ni se les asigna igual posición en los diferentes ámbitos de la vida social.
No reconocer estas asimetrías de poder entre ambos géneros, las diferentes cuotas de prestigio asignadas a lo femenino y a lo masculino en la sociedad, en los espacios de interrelación en la vida cotidiana, obstaculiza el tratamiento de la violencia desde la perspectiva de género.
Estos obstáculos, así como los mitos y creencias acerca de la violencia, impiden muchas veces su diagnóstico, así como la comprensión y enfrentamiento de las situaciones violentas por los actores sociales, llamados a la prevención de estas situaciones.
Habrá entonces que valorar algunos elementos para romper estas barreras:
• La víctima tiene menguada su capacidad de actuación y decisión, ya que está inmersa en una situación difícil, sin que sea determinante su nivel económico o intelectual.
• Los sentimientos de culpabilidad y la falta total de autoestima, que justifican la actuación del agresor, aparecen con frecuencia.
• Un conjunto de estados de miedo, pánico, sentimientos de vergüenza por "el qué dirán" también son frecuentes.
• Diversas formas de vivenciar la existencia de la agresión surgen como estados de inseguridad, de ansiedad, de depresión y alteración de capacidades cognoscitivas, entre otras.
Las diferentes actitudes de las víctimas y el ámbito que las rodea favorecen la existencia de síndromes como el síndrome de Estocolmo doméstico, en el que la víctima maltratada siente una mezcla de miedo y empatía hacia el agresor, y el síndrome de Indefensión aceptada, en el que la víctima siente que cualquier acción que emprenda en su defensa no servirá para nada.
Por todo lo anterior, pienso que, si bien es importante continuar el trabajo con mujeres para prevenir la violencia, también es necesario incluir en los programas de promoción y prevención a los hombres.
Además, habría que pensar en la capacitación de policías, jueces, fiscales y abogados, que también contribuiría a reducir la victimización secundaria de la que son objeto muchas mujeres cuando deciden denunciar las situaciones violentas que sufren ellas o sus hijos e hijas.
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