Nosotras, las viejas

[08-06-2007]
Por Ilse Bulit

Numerosos humoristas han ganado el pan con los chistes gráficos u orales en los que las mujeres inventan estratagemas para ocultar la edad.
Y es cierto el descalabro matemático de algunas al contabilizar sus años y meses de nacidas, en especial, en aquellos escalones sociales donde la juventud y la belleza son las cartas de triunfo y en las que, consciente o inconscientemente, concentran la altura de su autoestima en la piel hacia el exterior.
Esos mismos burlones hombres, cuando en la calle un chico le dice: “Abuelo, ¿qué hora es?”, sienten cómo se erizan sus pelos visibles e invisibles y, al llegar al hogar, escondidos de las miradas femeninas, frente al espejo se acarician el prominente vientre y cuantifican las arrugas de su rostro y las ya incontables canas de su antes abundante cabellera.
Nosotras también continuamos la cercanía diaria a cualquier superficie que refleja nuestro físico y estamos al tanto de ese tiempo que pasa y que, como dijo el cantautor cubano Pablo Milanés cuando apenas transitaba los 20, “nos vamos poniendo viejos”, pero también las mudanzas hormonales nos recuerdan los cambios de almanaques.
No hay dudas. La mujer acepta mejor la incorporación a las filas estadísticas de la tercera edad que su compañero en la procreación, aunque todas, en un momento, anhelemos esa cuchilla mágica que realza los senos.
Al recorrer los distintos buscadores, encontramos que en los países nórdicos o en los caribeños, estamos mejor preparadas para incorporarnos a proyectos dedicados al simple y puro goce de continuar marcando nuestro hálito indispensable en el respirar de los pueblos.
En el ejemplo cubano salta a la vista. Temprano en la mañana, en parques y plazas, las abuelas realizan ejercicios físicos. Pocos abuelos las acompañan. La imagen se repite en las aulas de las filiales de la Universidad del Adulto Mayor, en los grupos asistentes a las numerosas variables culturales, de entretenimiento y de aprendizaje y desarrollo de oficios deficitarios, donde son protagonistas u observadoras.
Y, por supuesto, al representar una mayoría absoluta, son las líderes y organizadoras. Si bien a estas propuestas se integran rápidamente las jubiladas, el sector de las amas de casa va acercándose a más velocidad que los retrasados hombres.
Si recordamos que ya el 16 por ciento de la población cubana arribó a los 60 años y la inobjetable realidad indica que el pronóstico del 26 por ciento para el año 2025 se cumplirá, apreciemos el peligro presentado por este hombre que no se acerca a las vías sociales que pueden ayudarlo a la aceptación de los cambios físicos y psíquicos de obligatorio cumplimiento.
Se les encuentra en el barrio, formando corros donde idealizan sus antiguas batallas sexuales y tratan de arreglar el mundo a su antojo. Ante la pregunta indagadora de su ausencia a estos proyectos, ellos contestan de acuerdo a su grado de machismo: “Ahí las mujeres se reúnen para chismear”, “las que mandan ahí son las mujeres”, “no me alcanza la jubilación y tengo que hacer trabajitos”.
Detrás de estas respuestas, se esconde un cóctel de machismo ligado con la no asimilación oportuna de la vejez, y este último componente es el mayor en ese amargo trago.
La jubilada cubana, tanto por el vacío a mediados de mes del bolsillo como por su sembrado apego a sentirse plena y útil, busca contratos en su especialidad o se asoma a otros aprendizajes y tareas. Y qué decir de esa ama de casa que cuida niños ajenos, prepara confituras de frutas que ofrece en venta a sus vecinos o confecciona de materiales reciclados, útiles y adornos para la cocina.
Sobre la hipótesis de los chismes, es otro de los antiguos “sambenitos” colgados a la mujer y nacidos por aquel encierro en los hogares, desprovistas de educación y, por tanto, de temas para la conversación.
En la actualidad, si usted desea enterarse de las últimas noticias de sus vecinos, acuda a esa reunión de viejos aburridos que, después de hablar de béisbol, analizarán la vida de los no presentes, sobre todo de las mujeres.
Sin duda alguna, lo que más les duele es la presencia de las mujeres en su papel de líderes de estas propuestas. Si en el área laboral, la fuerza del tiempo y la destreza demostrada los hizo aceptar su mando en algunas ocasiones, ya en el barrio lo rehúsan ante sus otros congéneres.
La creciente vejez de la población cubana obliga, en lo material, a cambios profundos en la concepción de una sociedad y exigirá modificaciones en la seguridad social, los planes de la salud pública, la renovación de la fuerza laboral e, inclusive, en el desarrollo del futuro potencial científico técnico.
El otro aspecto, y en donde la mujer ofrece ejemplos satisfactorios desde su integración a círculos y casas de abuelos creados en los años ochenta del pasado siglo, es el aprendizaje, asimilación y adaptación a la etapa final de la vida que, según los datos estadísticos, se prolonga, como promedio, 17 años después de los 60 en este archipiélago cubano.
El demostrado protagonismo de las féminas indica que habrá que llamar a sus puertas en la confección de estrategias para sumar a los varones en este intento. Ellas acumulan experiencias y resultados concretos, ya que han sabido aprovechar todas las brechas abiertas en la búsqueda de una vida estable y feliz.
A pesar de las esquiveces del varón para sonreír ante su dirección, los ardides femeninos, esa dulzura maternal que nunca abandonamos, contribuirá a convencer a estos “viejitos” ilusos en sus ganas de escapar del redil de la tercera edad. Además, la fuerza punzante de la realidad obligará a los graduados de retrógrados, a desmantelar sus posiciones ante la mayoría femenina.
En los tiempos remotos, ella permanecía cuidando el fuego, símbolo y sostén de aquella incipiente humanidad. Hoy, por lo menos en Cuba, se ha ganado el puesto y tendrán que aceptarla como líder de las huestes de ancianos que ya han empezado a pulular por nuestras calles.
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