No a las prácticas culturales que violan derechos humanos

Leticia Artiles Visbal, antropóloga cubana. [11-04-2008]

El hecho de que muchos antropólogos señalen la necesidad del respeto a las prácticas culturales es algo que suscribo, pero siempre que no se violenten los derechos humanos de las personas. 
Este tema lleva a reflexiones importantes para la toma de decisiones en las agendas y políticas públicas.
Algunos especialistas apuntan, por ejemplo, que empoderar a las mujeres para que no se sometan a la mutilación genital significa una trasgresión al grupo y a la mujer, aduciendo que ésta quedaría excluida del resto y su posición social sería más relegada de lo que prevalece en culturas africanas, amerindias y asiáticas.
Más de doscientos millones de mujeres son víctimas de este proceder, considerado eufemísticamente como un “rito de paso” para la entrada en la sociedad, para casarse y crear una familia.

Hay que conocer que la mutilación consiste en la extirpación del clítoris (clitoridectomía), acompañada en algunos casos de la eliminación de los labios mayores y menores, y de su cierre casi total, dejando un mínimo orificio para las necesidades fisiológicas (infibulación). Esta operación se realiza en condiciones antihigiénicas, con instrumentos rudimentarios como cascos rotos de botellas, borde afilado de una lata, o arrancamiento con un imperdible; el cosido se hace con fibras vegetales, hilo de pescar o alambre. Como consecuencia, se presentan infecciones, hemorragias, retención de la sangre menstrual acompañada de dolores bajo vientre y, sobre todo, la incapacidad total de experimentar placer sexual. De no someterse a esta práctica, la mujer o niña es condenada al “ostracismo” dentro de la comunidad.
En los países islámicos, tal práctica se ampara en la interpretación de algunos pasajes del Corán, por lo cual se explica desde su conveniencia moral hasta las características abominables de la intervención.
El símil masculino es la circuncisión, también considerada en algunas culturas como un “rito de paso”; pero a diferencia de la primera, no priva de ningún órgano ni afecta el disfrute del placer sexual en los hombres.
La inequidad es lacerante para las mujeres de estas culturas. Luego, es necesario condenar y eliminar de la faz de la tierra estas prácticas que son expresión de las inequidades de género y que incrementan la vulnerabilidad ante la muerte.
Si esto es grave, lo es mucho más lo que acaba de declarar Félix Fuentenebro, director de Médicos Mundi, quien ha denunciado que habitantes de muchos países africanos -continente que presenta la mayor prevalencia de VIH/sida, y escenario donde es recurrente la práctica de la clitoridectomía-, “mantienen relaciones con niñas para eliminar la infección”.
Se considera que si un adulto se infecta con el virus, el tratamiento a seguir es “mantener relaciones sexuales con una niña menor de 15 años, las veces que sea necesario, para eliminar la infección”.
Esto significa que las niñas tienen alta probabilidad de convertirse en seropositivas y transformarse, a su vez, en cadenas de transmisión del Virus de la Inmunodeficiencia Humana. Conocer la cantidad de casos, según declara el directivo, es difícil, porque “los hombres no quieren que se les identifique y las víctimas temen la vergüenza y prefieren callar”.
Esta denuncia vuelve a colocar el tema de la violencia ejercida contra la mujer y, más específicamente, contra el cuerpo de la mujer y de la niña, como una violación de los derechos humanos más elementales.
Ello se asienta en el hecho de asignarle al cuerpo femenino un valor diferencial, de reservorio reproductivo y de limpieza, como en este caso; o como estigma, en determinados momentos de su ciclo vital; muy arraigado en estas culturas signadas por la pobreza, la desinformación y falta de educación; donde la magia y el simbolismo se convierten en principales herramientas para dar una explicación a fenómenos que están lejos de sus capacidades de explicación.
Sabemos que el cuerpo de la mujer está cargado de representaciones: la menstruación, en algunas culturas, separa a la mujer de la comunidad por considerarla contaminante; en otras, la menstruación representa el momento del vinculo obligado a la pareja y la reproducción; en algunas, este vínculo matrimonial se produce desde la niñez, excluyéndolas de toda participación y decisión, que quedan en manos de la familia.
El cuerpo excluido es de los otros: de los padres, de la familia, del clan. Esta condición le confiere su pertenencia al grupo; sus derechos individuales no existen.
Hay que gritar a los hacedores de políticas, sustentados en el mandato vinculante de la Organización Mundial de la Salud (OMS) -que ha considerado el género, la sexualidad y la etnia como determinantes sociales estructurantes de la diferenciación y vulnerabilidad de la sociedad, lo que tiene un efecto directo sobre la salud y la enfermedad-, a recabar la ayuda de profesionales de la antropología para instrumentar vías y contribuir al cambio de las prácticas culturales desde dentro. La antropología tiene que ser un instrumento de lucha para contribuir al cambio de estas prácticas denigrantes, violatorias de los derechos humanos de las mujeres.
No se puede esperar más para la denuncia y el ejercicio práctico del cambio, para lograr ese mundo mejor que todos y todas necesitamos y deseamos.

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