Las violencias ocultas

[07-12-2017]

La violencia contra las mujeres se manifiesta de formas diversas y a menudo es un hecho oculto, naturalizado, invisible, que se enmarca en una estructura social patriarcal. En la mayoría de los casos, las mujeres se encuentran en una posición de subordinación con respecto al hombre, por lo que son más vulnerables ante la violencia. Esto explica que, en su cotidianidad, se presenten con frecuencia una serie de prácticas sutiles de violencia que a menudo no son identificadas como maltrato.

Todas están pautadas por el ejercicio del poder masculino y conforman una vía de autoafirmación de la identidad de los hombres a partir de la construcción de las masculinidades en una cultura machista. ¿Qué ocurre con estas maneras sutiles de maltrato cuando estas mujeres son muy jóvenes? ¿Cómo se manifiestan? La doctora en Ciencias Iyamira Hernández Pita, socióloga, profesora e investigadora auxiliar del Centro Integral de Salud del municipio de Boyeros, en La Habana, conversa con SEMlac a propósito del tema.

¿Qué entendemos por microviolencias y violencia sutil?
Las microviolencias son pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder cuasi normalizados que los varones ejecutan permanentemente. Son formas de dominación suave, modos larvados y negados de dominación que producen efectos dañinos que no son evidentes al comienzo de una relación, pero se van haciendo visibles a largo plazo. Dada su invisibilidad, se ejercen, generalmente, con toda impunidad.
Buscan reafirmar la identidad masculina, asentada con fuerza en la creencia de superioridad con respecto al sexo femenino. Por ende, constituyen una forma de violencia que puede ser tan dañina para las mujeres como la propia agresión física.

¿Cómo se manifiestan estas formas de maltrato en las relaciones de pareja y noviazgo entre las personas más jóvenes? ¿Cuáles son sus consecuencias más evidentes?
Las microviolencias aparecen desde la etapa de noviazgo, entre los más jóvenes, como los primeros signos de alarma, donde el agresor va tanteando la personalidad de su víctima y comienza a ejercer control y poder desde el discurso sexista simbólico, a través de los silencios, la falta de intimidad propiciada por el varón, la desautorización, buscando la infravaloración de la mujer, la no participación del varón en lo doméstico, el aprovechamiento y abuso de las capacidades femeninas, la manipulación emocional, la intimidación, el control del dinero, el victimismo, el seudo apoyo o el hipercontrol. Este orden simbólico arbitrario se instaura sobre la diferencia sexual.
De esta manera se instituye la violencia simbólica. Esta forma de maltrato impone una coerción que se crea por medio del reconocimiento distorsionado que la parte dominada -las mujeres-, presta a la dominante -los hombres-, al no disponer, para pensarlo y pensarse a sí mismas, más que de instrumentos de conocimiento que tienen incorporada, naturalizada, la relación de dominación.
De tal forma, la violencia simbólica encuentra su eficacia y confirmación en el propio comportamiento de las mujeres mediante el “amor fatal”, que lleva a las víctimas a entregarse y abandonarse al destino al que socialmente están consagradas. En consecuencia, se instaura y la víctima queda atrapada en el ciclo de la violencia que se prolonga en este tipo de relación de pareja. Los daños pueden asociarse a conductas de depresión, miedo, autoagresiones, suicidio y muertes por violencia de género, en su máxima expresión.

¿Qué caminos seguir para la atención y prevención de estas formas de violencia? ¿Por dónde comenzar?
Considero que se ha logrado visibilizar el problema, no quizás como quisiéramos, pero aún debemos ganarle el tiempo a la prevención. Para ello, los medios de comunicación, en particular la televisión y la radio, serían espacios importantísimos para la comprensión, sensibilización y compromiso con el tema.
Debemos crear espacios para el debate, con presencia de expertos en el tema; ofrecer películas, testimonios, documentales, sesiones de derecho y violencia, donde se involucre a los proveedores y decisores de las instituciones educativas, de salud y control social, para que las personas se informen y se orienten en materia de derechos y conocimientos generales sobre estos asuntos. Soy del criterio de que lo vivencial moviliza la conducta y debemos aprovechar la ventaja que ofrecen los medios para ello.

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De la redacción

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