La violencia del silencio

[11-04-2008]
Por Ilse Bulit

Noche de sábado. Reunión de amigos profesionales. Ahora la rodean a ella, indagando. Fue entrevistada en la televisión por su último éxito investigativo. Su esposo sonríe y escucha en silencio. Su mirada es más fría que el cubito de hielo que menea su dedo en el vaso con ron.
Otra mujer, otro hombre, idéntico proceder: con alegría, ella entra en el hogar. Corre al dormitorio en busca del esposo. Lo abraza, mientras le grita un "¡me publicarán mi tesis!". El pronuncia un inaudible "felicidades".
En apariencia, la vida continuará su ritmo normal en ambas parejas. El recogerá al niño en la guardería, irá al centro comercial en busca de la leche y hasta podrá ayudarla en la limpieza general del fin de semana. Sin embargo, una minúscula grieta se ha abierto entre estas parejas.
La falta del reconocimiento de sus alcances intelectuales daña a la mujer en su dignidad humana. Es un golpe traidor que no deja huellas en el cuerpo, es un puñal invisible bien dirigido a la mente y los sentimientos femeninos.
Descartamos aquí a los esposos que colocan trabas materiales al crecimiento individual de la mujer. Estos repiten frases conocidas, con toques al corazón: "los niños te necesitan", "¿qué será del hogar?", "primero, yo haré mi doctorado". Estos son más explícitos, porque provocan la confrontación y exigen definiciones rápidas.
Los otros continuarán siendo admirados en su barrio por la ayuda prestada a su cónyuge. Y, si la sutil discriminación de él cobra primeros dividendos, ella podrá sentirse hasta culpable.
Es la violencia del silencio, la entonación acusadora cuando el padre le dice al hijo: "mamá está en el ordenador ahora, no puede atenderte". Al instante, la frase se destroza en la inseguridad de sus dedos sobre el teclado y será otro punto ganado por él. Nunca habrá un reproche directo. Con la persistencia de las gotas de agua, la irá minando.
Si esta mujer no advierte estos prólogos de su futura derrota, estará inmovilizada. Sin darse cuenta, con la pérdida de su ascenso profesional, el amor se irá diluyendo y, un día, se preguntará a dónde fue a parar el disfrute del orgasmo.
El porqué de estas diferencias, con sus características particulares, continúa su reproducción, en mayor o menor escala, según la propia interiorización de estos iconos culturales trasladados de generación en generación.
Estos casos de machistas escondidos tras la máscara de la aceptación, podrán proceder de una guardería, donde jugaban todos a la familia con las muñecas y los utensilios de cocina, pero el miedo a la homosexualidad petrificaría los cambios profundos al regreso al hogar.
Entrenarlo en algunos quehaceres es un minúsculo paso válido; mas superar las incongruencias entre el patrón hombre y el patrón mujer exige romper con otros eslabones de la cadena del sexo, porque la virilidad se ha atado con determinadas formas de pensar y actuar.
Ayudar a recoger la mesa es sólo un gesto de bondad hacia la madre y la hermana, si no implica la real comprensión de una masculinidad plena.
Se repetiría, entonces, la crianza que grita: Tú, macho, naciste para ser el más fuerte físicamente, más inteligente y mejor capacitado para dirigir y sobresalir dentro de las cuatro paredes o en ese exterior llamado mundo. Ellas estudiarán, trabajarán, vivirán a tu lado, pero si te sobrepasan te herirán en tu honor de hombre y lo sentirás como una especie de castración simbólica.
En la educación primaria se le perdonará a la niña ser la más inteligente. Ya en la secundaria, con los atisbos de la atracción sexual, ellos intentarán dominar la situación. En las aulas universitarias, mirarán con sorna a las estudiantes destacadas. Y en la plaza laboral, a pesar de la excelencia de su expediente, ante la opción del trabajador varón, será relegada ella.
Estas amargas verdades obligan a estar en guardia hasta en la hora del amor.
Las parejas de profesionales nacen durante los estudios de ambos, por relaciones surgidas en el trabajo, o por esa amplia gama de circunstancias provocadoras de una unión en vida compartida.
Aunque el corazón lata desaforado al contemplar sus ojos y su mano provoque sensaciones electrizantes en la piel, los indicios preocupantes podrán advertirse a tiempo.
El egoísmo es uno de los defectos que más conspira contra el desarrollo feliz de la humanidad. La envidia también desacelera los mejores procesos, cuando lleva el apellido profesional. Y todo ello, unido a ese machismo disfrazado, todavía no resuelto en sus reales entretelas, conforma un cóctel venenoso preparado contra la mujer.
Ante las señales de peligro, hay dos caminos: el primero; la conversación directa sobre el tema, la respuesta abierta contra las insinuaciones del egoísmo, la envidia o el machismo, poner en claro las metas de superación y la senda escalonada para obtenerlas, sacar a flote sus verdaderos pensamientos al respecto.
Si se rehuye la discusión provechosa; si se descubre que envuelve en dulzuras sus reales ideas, que hay resortes ocultos sin manifestar, queda sólo el otro camino: apúrese a tomar el trago fuerte de la despedida, antes de probar el cóctel de su posible desajuste emocional en lontananza.
(Marzo/2006)
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