Intersecciones de las violencias: una soprano desde un “llega y pon”

Aracely Malagón. Especial para SEMlac Cuba [05-08-2020]
Ilustración de Aaron Lewis. Ilustración de Aaron Lewis.

El arte de pregonar, sin dudas, ha sido relegado por los aparatos tecnológicos que repiten hasta el cansancio ritmos ensordecedores y martirizantes y, en algunos casos, ni siquiera permite entender qué producto es el que se ofrece, debido a la mala pronunciación de sus promotores, haciendo que se disuelva la parte importante de la relación entre pregonera/o-mercancía.

El pregón ha servido para transmitir y legar el espíritu genuino de un producto, oficio casi extinto al menos en la capital, quizás porque ya no son los mismos productos que le daban esa tipicidad u originalidad a la auténtica relación. Lo cierto es que es difícil encontrarse en La Habana un pregón verdadero fuera del contexto turístico dolarizado de la Habana Vieja.
Sin embargo, hay pregones y pregoneras necesarias, no solo por la mercancía que promueven siempre útil, sino por lo que son capaces de transmitir. Es el caso de una mujer que se ha hecho imprescindible. Por más de 10 años, una vez a la semana, se le escucha y más que pregonar hace de su voz una verdadera opereta, con una destreza y maestría que nos hace preguntarnos cómo es que esta mujer no está en la nómina de alguna de las versátiles empresas musicales.
Y en este caso, el pregón –y la pregonera- también pueden ser evidencia de prejuicios y estereotipos que apuntan directamente a cómo se entretejen y naturalizan muchas violencias simbólicas, derivadas del género, el color de la piel, el origen geográfico u otras, en la cotidianeidad cubana.
De esta pregonera, nadie conoce su nombre, solo se sabe que es una mujer, negra, oriental, que canta lindo y es muy “fina”. En cuanto comienza a cantar, o sea, a pregonar, enseguida acude su público a portales y balcones, para escucharla. La letra no va más allá de nombrar los productos, pero la melodía que le pone, la rítmica, los cambios de voces, el porte elegante con que se presenta hace que se escuche como un verdadero canto lírico.
El escenario de esta “soprano” popular tiene características muy especiales: Es ambulatorio y se monta y desmonta en un santiamén. Solo ella puede equilibrar esa pesada carga, digna de la mejor malabarista, entre escobas, palos, cubos de aluminios, enseres plásticos y jarros. Ella es una vendedora ambulante y desempeña su labor con tanta profesionalidad y respeto que nadie duda que es una diva del meroliqueo .
La manera en que proyecta la voz, la gracia con que lo hace, la pronunciación perfecta son rescate de la cultura desde la subalternidad en su legítima humanidad, parafraseando a Eugenio Hernández Espinoza . Es una acción de reivindicación desde el propio lenguaje, sencillo pero perfecto. Para aquellas personas que discriminan a quienes emigran desde las zonas orientales por no pronunciar las eses, ella es una muestra de cómo acallar un prejuicio, pues en su mejor español de Cervantes y Saavedra, digno de catedrática de la gran academia, pronuncia de forma impecable: “escobas, haraganes, jarros…”.
Es el contradiscurso de una mujer negra, con bajo nivel escolar, emigrada, ilegal, que vive una zona de asentamiento (en los llamados llega y pon) de San Miguel de Padrón. Pero su arte meroliquero no la salva de las miradas racializadas del “otro u otra”, en una expresión constante de ese racismo sofisticado y confirmado, a juicio de Roberto Zurbano, que se manifiesta cuando aseguran que ella es una especie “rara” y se preguntan cómo una negra, del llamado bajo mundo, puede ser tan educada, con esa hermosa voz y, como colofón, merolica o vendedora ambulante.
La pregonera nunca tiene tiempo para detenerse a conversar, siempre pasa como ráfaga, muy solicitada por sus fieles clientes. Aprovechando el pretexto del aislamiento, la atraigo hacia mi casa y le brindo agua y jugo para que calme la sed de su fatigosa tarea; también un café que sé que no toma; solo es pretexto para una conversación (a distancia) y poder entender esas interrogantes que mantengo desde hace años cuando me la encontré una vez, por casualidad, en el lugar donde vive.
Mi interés es saber cómo ella, desde su posición, desmonta estereotipos de raza y clase apenas sin percatarse. Me confiesa que es complejo despojarse de la imagen preconcebida que tienen las personas sobre las mujeres negras, orientales, ilegales y merolicas; que son siempre tildadas de chusmas, bajas y “del ambiente” . Pero, según ella, eso es lo que más le satisface, “el dar una galleta sin manos”, y me confiesa: “ha sido un reto buscar clientes en esta zona y mantenerlos por años, siendo una mujer con mis características”.
Hay muchas cosas que no sabe explicarse, le llama carisma a su manera de “luchar”, la manera popular que en Cuba le llaman a buscarse la vida. Lo interpreto como una manera de resistir desde su comportamiento, lo cual ella, desde su sencillez, percibe como un reto. A mi entender también es una posición política, es la expresión de un pensamiento filosófico, diría yo, construido desde su experiencia de vida. Y de ese modo, intento revalorizar la narrativa de su propia historia, analizándola desde la subalternidad. Su historia misma, entonces, resulta denuncia de una realidad que para nada ha sido fácil. Quizás las discriminaciones, los golpes de la vida, la disfuncionalidad de su familia y de ella misma fueron la palanca que la catapultaron para que, dentro de ese mundo marginalizado, ella pudiera levantar ese espíritu de guerrera “suave”, en un terreno altamente minado de desigualdad, pobreza e ilegalidades. Su vida pone en evidente análisis apologético el hecho de que “ser de” no te hace “parte de”. O sea, nacer en determinado contexto no te hace, necesariamente, parte de él. Una enseñanza que subraya la certeza de que las violencias y los estereotipos se pueden “desaprender”.
Esta mujer asegura saber lo que es ser marginada y marginal, no solo porque vive allí donde todas y todos lo son, sino porque ejerció ciertas prácticas como parte de esa marginalidad. Y no se avergüenza de ello; todo lo contrario. Más que bochorno, le da cierto coraje hablar del contexto donde vive. Dilucidar entre lo bueno y lo malo es un aprendizaje y la capacidad de decidir lo que se quiere está en la persona. Ahora lo dice muy fácil, pero sabe que aprenderlo ha sido un proceso muy complejo. De hecho, lo hace con mucho orgullo porque ya no es la misma (refiriéndose a su comportamiento) y no se justifica por las cosas que pudo haber hecho en su pasado. Cuando se está dentro de ese marco, limitado solo por una calle, una señal que separa a los de allá y los de aquí, respondes de manera automática a códigos de convivencia, de subsistencia y te dejas llevar por lo que está bien dentro de la ética del medio, asegura mi entrevistada.
Le pregunto cómo se puede vivir dentro de la marginalidad sin serlo:
“Es complicado, pero se puede, es más difícil cuando ya no me comporto de ciertas maneras, ni hago determinadas prácticas que son normales dentro de este mundo. Cuando empiezas a cambiar, es cuando realmente es peor, porque eres rechazada por tu propia gente, que entiende que esa es la norma y tú eres la excepción”.
Y en parte tiene razón “porque hay un mundo que te seguirá mirando como lo que eres, una negra del llega y pon, aunque aparentemente te acepten”.
En esta historia permanece el susurro endémico de la discriminación por la raza y la clase.
“Lo percibo siempre que salgo a vender. En realidad, prefiero que ni me elogien porque, en el fondo, son actos discriminatorios”. El elogio siempre llega desde las miradas a la “otra”, una “otra” que es educada, que pregona muy bien, pero que sigue siendo “otra” -negra, marginada, vendedora. Pocas veces se ve: es, simplemente, a la muchacha o la mujer que vende.
Romper con estereotipos de género, raza y clase a través del pregón es una cualidad que poseen pocas personas. Demostrar que ser mujer no es una limitante para sostener una gran carga física, que no es una constante la formula “mujer-negra-oriental-merolica igual a “escandalosa-chusma-marginal”, deja por sentado que nada de lo anterior determina si perteneces o no a una clase social, a un mundo, a un espacio.
Mi entrevistada lleva muchos años lidiando con esos males. Su larga historia de vendedora comenzó cuando su madre vino a La Habana allá por los duros años 90, de manera ilegal, una condición que aún mantiene, en busca de mejores condiciones. Ella estudiaba y le ayudaba a vender caramelos, maní, rositas de maíz; lo que fuera. En realidad, no le gustaba vender porque siempre ha sido más bien tímida y caminaba más de lo que vendía por todo el malecón, arriba y abajo. Hasta que poco a poco se fue acostumbrando, no había de otra. Entonces fue que se propuso que, si lo iba hacer, lo haría de la mejor manera posible.
Luego pasó a la venta de enseres del hogar. Como había muchas personas vendiendo por aquellos años, necesitaba algo que la diferenciara y buscó “un mercado que pudiera mantener” y un signo que la distinguiera: su “pregón bien cantado”. En eso no tendría competencia.
“Las personas piensan que es vender por vender y no es así”. Todo tiene su táctica porque, como es ilegal, se enfrenta a inspectores y policías cada vez que sale. La misma dulzura con que vende también le ha servido, en determinados momentos, para librarse de multas y decomisos. Pero, no obstante, le encanta hacer su trabajo; siempre vende en la misma zona porque ya tiene sus clientes de muchos años, que han pasado casi a una categoría de amistad. El modo en que se comunica crea empatía y no solo lo hace para vender, aunque de eso vive; también se nutre de él. Es una herramienta que utiliza para demostrar que ser de la zona oriental y vivir en un asentamiento ilegal no puede ser una etiqueta de lo marginal. Esa es su bandera.
Le pregunto cuál es su desafío hoy y cuáles son sus sueños. El primero lo enfrenta a diario por el solo hecho de ir en contra de las normas establecidas donde vive, en tratar de demostrarle a su gente que no necesariamente la marginalidad tiene que marcar los comportamientos; sobre todo a los jóvenes, empezando por su propia familia. Les muestra que es posible deconstruir una realidad y que no necesitan aferrarse a ese destino que les ha marcado la vida, solo por venir de donde vienen, ser ilegales y negros. No se considera una heroína, al contrario, asegura que le quedan en el camino muchas piedras por vencer, saltar o evadir.
Su sueño pasa por siempre levantarse y decirse a sí misma que se merece algo mejor. Por eso lucha; se siente una Reina con corona y todo. Nadie se lo ha dicho, pero está convencida de que un día va a reinar en su propio negocio; anhela que ese sea su gran escenario y asegura que en él dará su mejor espectáculo. Ha marcado pautas de éxito en diferentes mercados informales, pero sabe que ese no es el camino para un verdadero emprendimiento.
También sueña con una sociedad más justa, en la cual las personas admiren a las demás por lo que son; una donde la coletilla de “es negra, oriental o marginal” no sea la varilla con la que midan a su gente. Por el momento, aunque la covid-19 ha afectado sus ventas, ella busca otras maneras de sobrevivir (peina, hace escobas, hace manicure), porque no puede poner en riesgo la salud de su familia, ni la de sus clientes. Además, los productos se han encarecido y no le parece justo subir los precios, cuando la mayoría de las personas están comprando lo básico para vivir. Ella ha pasado por muchas crisis sin haber pandemia y ha sobrevivido. “Esta es solo una coriza con la que hay que tener mucho cuidado”, se ríe.
Hoy solo está pregonando nasobucos para regalar a personas vulnerables y recordar, cuando los entrega, que ella viene de ese otro lado de la ciudad, el de los marginados, los olvidados, los que no salen en la TV, pero donde hay personas que también hacen su aporte y, sobre todo, aplauden de corazón. Sabe que hay mucha gente que la espera con ansias; a ella, la Negra que canta bonito, la fina, la que conversa, la que sana el alma de muchas personas que viven solas.
Me quedaron muchas cosas por saber de la vida de esta soprano peculiar, pero estoy satisfecha. Al fin sé el nombre de la merolica, la cantante, se llama Pilar...
Y con ella doy fe de ese viejo proverbio: “no hace falta ser Cristo para compartir, ni profeta con una biblia para predicar”.

 

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