El hecho de que muchos antropólogos señalen la necesidad del respeto a las prácticas culturales es algo que suscribo, pero siempre que no se violenten los derechos humanos de las personas. 
Este tema lleva a reflexiones importantes para la toma de decisiones en las agendas y políticas públicas.
Algunos especialistas apuntan, por ejemplo, que empoderar a las mujeres para que no se sometan a la mutilación genital significa una trasgresión al grupo y a la mujer, aduciendo que ésta quedaría excluida del resto y su posición social sería más relegada de lo que prevalece en culturas africanas, amerindias y asiáticas.
Más de doscientos millones de mujeres son víctimas de este proceder, considerado eufemísticamente como un “rito de paso” para la entrada en la sociedad, para casarse y crear una familia.

El advenimiento de nuevos contextos histórico-sociales ha cambiado numerosas esferas de la realidad en que vivimos, caracterizada por tener como máxima, para muchas personas, el logro de una equidad (sea de clases, razas, ideologías, género, etc.). 
El rol paterno, muestra por excelencia del poderío que identifica la imagen viril, no ha estado exento de estas transformaciones. Estudios recientes evidencian que estamos siendo testigos, consciente o inconscientemente, de la transición de un modelo de paternidad patriarcal hegemónico hacia otros que se cuestionan al padre, como la máxima autoridad de su familia, el proveedor principal en ella, el corrector por excelencia de las conductas “inadecuadas” de sus miembros y, por tanto, a quien todos deben admiración, respeto y obediencia.

En el terreno de la salud, se requiere sensibilizar acerca de las múltiples formas de maltrato y los efectos que tienen en las víctimas y en la familia, así como hace falta una revisión de las creencias y mandatos culturales que impregnan la socialización de género en toda la población y, muy en especial, en cada uno de los trabajadores del sector de la salud.
Las creencias que sustentan hoy el maltrato debido a las emociones, comportamientos, frustraciones y expectativas de ejercicio de poder que promueven son, en lo individual, la concreción de una cultura que legitima la violencia y que aún asigna derechos diferenciados a mujeres y hombres.
Algunas de estas creencias, que se manifiestan en la vida cotidiana y que escuchamos en el barrio, en la comunidad e incluso en boca de algunos profesionales, son: ella se lo buscó, entre marido y mujer nadie se debe meter (estribillo de una canción, de muy mal gusto, del personaje humorístico Antolín el Pichón), a ella le gusta que le peguen, es masoquista, yo no sé para que ella discute si los hombres son así, ella parece policía, todo lo pregunta, no deja a ese hombre vivir.

El filme Fresa y Chocolate ha sido utilizado de forma recurrente para hablar de un antes y un después respecto a la homofobia en Cuba.
No es menos cierto que el tema, que la película trató con tanta sensibilidad, puso en la mesa de algunas casas una serie de realidades que fueron discutidas por la población, ganándose alguna valoración mejorada respecto a este tema; pero aún falta mucho.
Fueron muchos los días y las colas para enfrentarse a un intercambio poco habitual, pero fructífero. No es posible dejar de reconocer que, de alguna manera, el filme le movió el piso al imaginario social; sin embargo, no sucedió así en relación con la lesbofobia, es decir, el rechazo al tema del lesbianismo. Este sigue siendo menos asimilado... ni fresa, ni chocolate.

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