Es una de las paradojas de estos tiempos reconocer el maltrato, el abuso y la violencia. A pesar de sus múltiples consecuencias negativas, no aparece con claridad a los ojos ajenos y propios. La violencia física, en toda la gama de sus modos de expresión, resulta más fácilmente identificable. Incluso la violencia verbal, colocada en las palabras y acompañada de gestos, puede mostrarse visible. Pero si se trata de la violencia psicológica (presente en todo tipo de violencia), y la que se muestra específicamente a través de los silencios, entonces la invidencia parece expulsar los significados de nuestra racionalidad más consciente.

Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

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