“No le damos las gracias a la hierba por crecer ni le pagamos un salario a las fresas salvajes por estar ahí; la energía solar será más económica porque el calor del sol nos viene dado como un regalo, como regalo son las aguas de las fuentes, ríos y manantiales,

La materia prima que el ser humano encuentra a su alcance es lo que el hombre llama `naturaleza` y la cultura, su cultura, consiste en descubrirla, dominarla, utilizarla y explotarla. Y entre las materias primas de la naturaleza el patriarcado incluye a las mujeres…”

Victoria Sau

La violencia contra la mujer ha sido asumida a nivel internacional como un serio problema social derivado de las desiguales relaciones de poder en las interacciones entre hombres y mujeres a nivel individual, grupal… y en estos momentos es difícil encontrar, en el ámbito institucional, quienes desconozcan la legitimidad de la igualdad de derechos entre ambos sexos.

Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

Los medios de difusión, con frecuencia, reconocen el maltrato sexual desde el estupro, la lascivia, el acoso, la violación, que marcan, sin dudas, a cualquier mujer, adolescente o niña, si no para siempre, como huella que queda permanente en el recuerdo, como herida en el corazón.

La incapacidad de los tiempos modernos para resolver viejos problemas y el replanteamiento postmoderno de los paradigmas, nos incita a retomar algunos asuntos que hemos sedimentado en nuestro intelecto con el paso de los años y que quizá nos estén limitando para encontrar opciones frente a la violencia.

Si fuéramos a hacer un recuento histórico, tendríamos que concluir que la historia de la violencia no es otra que la de la humanidad misma. Desde sus antecedentes filogenéticos, el homo habilis no sólo se desarrolla al crear instrumentos para el trabajo (y aquí cabría replantearnos si realmente es el trabajo el determinante en la aparición del ser social), sino que estos rudimentarios instrumentos líticos, permitieron a los homínidos imponerse, al utilizarlos como armas contra su entorno hostil, en su afán de preservar la especie.

Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos-desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones. 

Las sociedades patriarcales —aún prevalecientes— se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólico-sociocultural que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

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