En el terreno de la salud, se requiere sensibilizar acerca de las múltiples formas de maltrato y los efectos que tienen en las víctimas y en la familia, así como hace falta una revisión de las creencias y mandatos culturales que impregnan la socialización de género en toda la población y, muy en especial, en cada uno de los trabajadores del sector de la salud.
Las creencias que sustentan hoy el maltrato debido a las emociones, comportamientos, frustraciones y expectativas de ejercicio de poder que promueven son, en lo individual, la concreción de una cultura que legitima la violencia y que aún asigna derechos diferenciados a mujeres y hombres.
Algunas de estas creencias, que se manifiestan en la vida cotidiana y que escuchamos en el barrio, en la comunidad e incluso en boca de algunos profesionales, son: ella se lo buscó, entre marido y mujer nadie se debe meter (estribillo de una canción, de muy mal gusto, del personaje humorístico Antolín el Pichón), a ella le gusta que le peguen, es masoquista, yo no sé para que ella discute si los hombres son así, ella parece policía, todo lo pregunta, no deja a ese hombre vivir.

El filme Fresa y Chocolate ha sido utilizado de forma recurrente para hablar de un antes y un después respecto a la homofobia en Cuba.
No es menos cierto que el tema, que la película trató con tanta sensibilidad, puso en la mesa de algunas casas una serie de realidades que fueron discutidas por la población, ganándose alguna valoración mejorada respecto a este tema; pero aún falta mucho.
Fueron muchos los días y las colas para enfrentarse a un intercambio poco habitual, pero fructífero. No es posible dejar de reconocer que, de alguna manera, el filme le movió el piso al imaginario social; sin embargo, no sucedió así en relación con la lesbofobia, es decir, el rechazo al tema del lesbianismo. Este sigue siendo menos asimilado... ni fresa, ni chocolate.

Es una de las paradojas de estos tiempos reconocer el maltrato, el abuso y la violencia. A pesar de sus múltiples consecuencias negativas, no aparece con claridad a los ojos ajenos y propios. La violencia física, en toda la gama de sus modos de expresión, resulta más fácilmente identificable. Incluso la violencia verbal, colocada en las palabras y acompañada de gestos, puede mostrarse visible. Pero si se trata de la violencia psicológica (presente en todo tipo de violencia), y la que se muestra específicamente a través de los silencios, entonces la invidencia parece expulsar los significados de nuestra racionalidad más consciente.

Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

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