Hace más de 15 años que Verónica Noret, harta de tantos golpes, sintiéndose menos que nada, mató a su esposo en el baño de su propia casa. “Yo ni me acuerdo de que ese hombre existió en mi vida.”, asegura. Pero no convence. A esta mujer que hoy ya está reincorporada socialmente, aún se le rompe la voz cuando narra su tragedia, “para que a otras no les pase”. 

Y una se pregunta en qué pensaba Verónica el día en que esperó a que el hombre del que se había enamorado con 21 años entrara a bañarse, confiado en que tras la paliza habitual, sólo las lágrimas, el silencio, o la fuga momentánea dominarían la casa. Qué pasaría por su cabeza mientras lanzaba el combustible ardiendo. Hay historias ásperas, cuyas secuelas estarán ahí para siempre: 15 años de cárcel, un niño sin padre, una familia destruida...

Si de violencia de género se trata, el tránsito de las diferencias a las desigualdades sociales en función del género, marcadas por la injusticia y la inequidad, se coloca sobre una amplia plataforma de diversas construcciones sociohistóricas y comportamientos asociados.

Dicho de forma más directo, la existencia de diversas concepciones y conductas atravesadas por diferencias y desigualdades de género sostienen o se conectan, de algún modo, con expresiones de violencia en función de estas relaciones.

“Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. 

Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes”.                                                                                         Pierre Desproges.

La posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas e insinuaciones es lo que se llama “violencia perversa” o “acoso moral”, fenómeno universal del cual no está exenta nuestra sociedad.

Analizar la especificidad de la relación perversa nos previene contra cualquier intento de trivialización. Por ello considero importante que las personas conozcan el funcionamiento de ese proceso en la pareja, la familia y el trabajo: una especie de espiral depresiva, cuando no suicida, que arrastra irrevocablemente a las víctimas en su caída mortal.

Isabel era feliz. Se cumplía el sueño de tener casa propia. Era un pequeño apartamento, el sexto al final de un pasillo angosto, que se le antojaba un palacio al compararlo con aquel sofá-cama acomodado en la sala de la casa de los padres, testigo de su intimidad de mujer recién casada. Ahora, que vinieran los hijos.

Pero, a poco de instalarse en el añorado hogar, una madrugada despertó entre gritos y ofensas, ruido de objetos que se estrellaban contra las paredes y amenazas de muerte. Los hijos de la familia más cercana a su casa peleaban como perros y gatos, alcohol por medio.

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