"Pies para qué los quiero, si tengo alas para volar"
Frida Kahlo

Aun cuando la sexualidad continúe siendo para algunos un tema prohibido, lo cierto es que muchas de esas ideas, no tan absurdas si se tiene en cuenta el momento histórico en que se produjeron, se han logrado desbancar con el paso del tiempo.

Hoy ya es común escuchar hablar sobre los derechos sexuales, la salud y educación sexual, etcétera. En fin, sobre toda una gama de conceptos que integran la sexualidad a la vida de los seres humanos "potencialmente capaces de asumirla". Lamentablemente, el tratamiento de esta temática para el caso de las mujeres con discapacidad no ha transcurrido con la misma suerte.

Desde diferentes campos del conocimiento, resulta evidente la necesidad de mantener un trabajo sistemático por la No violencia hacia las mujeres. Pero no debe quedar limitado a campañas; es preciso profundizar, ininterrumpida y sistemáticamente, en la atención a todos los elementos que contribuyen a que la violencia hacia las mujeres y entre ellas mismas se mantenga. 

Uno de los aspectos básicos a analizar es el condicionamiento cultural a que estamos sometidas desde niñas. Mediante los juegos de roles, los juguetes, la transmisión oral de experiencias y conocimientos de nuestras madres y abuelas, entre las figuras femeninas más importantes, nos llegan entrenamientos diversos y se nos responsabiliza en el proceso del maternaje, que incluye no solo la maternidad, sino el cuidado del resto de la familia, de la pareja y, en muchas ocasiones, incluso, hasta de las amistades.

 

La historia pasada y reciente ilustra cómo el cuerpo de las mujeres ha sido objeto de trueque, trofeo, tributo, mercancía, medio de pago, transacciones matrimoniales o de control de la fecundidad, por lo que es importante remitirse a la memoria de las víctimas para su comprensión como fenómeno social.

De igual modo, las matrices teóricas resultan de la filosofía que impone la cultura patriarcal. Autores como Engels (1974) Kate Mille (1969), Bourdieu (1995) y Foucault (2006) son fundamentales para entender la dominación masculina; asimismo, Bonino (2005), Tames (2007), Gilberti y Fernández (1992) aportan elementos que definen la violencia en lo cotidiano o las maneras poco visibles del ejercicio del poder sobre las mujeres.

Varios han sido los congresos y conferencias internacionales que han promulgado la necesidad de la atención y estudio de la familia como grupo social, por el papel que desempeña como mediadora de los procesos entre los individuos, otros grupos y la sociedad. En este sentido, cabe destacar que, aunque la familia cubana ha estado a nivel enunciativo e intencional en todos los programas y acciones que tienen lugar en el país, no ha sido atendida desde una política global1.

En otras palabras, ha faltado el enfoque de familia como un todo, y resulta casi una constante que el significado de la familia sea más bien sinónimo de individuo. Se ha tratado a la mujer, a niñas y niños, a las personas mayores o discapacitadas, pero no a la familia como sujeto de acción colectiva.

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