La proclamación de América Latina y el Caribe como zona de paz no debe detenerse a las puertas
de los hogares, sino rebasar el denominado espacio público y adentrase para impactar las
realidades familiares y de género, a fin de transformar la vida de hombres y mujeres. En este
contexto, la violencia contra las mujeres es un desafío latente, cuyas dimensiones ascienden
reforzadas por la continua agudización de las desigualdades sociales. Un estudio del Observatorio
de Género en la región1 confirma que: “La violencia física o sexual infligida hacia una mujer por su
pareja o expareja está generalizada en todos los países relevados, es transversal a todos los
estratos socioeconómicos y tiene diversidad territorial”.

La división sexual del trabajo es aquella distribución de las esferas de producción que se estructura a partir del sexo de las personas y genera inequidades de género. Estas se expresan en la dicotomía trabajo productivo-reproductivo y en la segmentación del mercado de trabajo. Las teorías de género ayudan a la comprensión de estos temas.

Sobre la variable género, las diferencias entre hombre – mujer, las inequidades, la división sexual del trabajo y los estereotipos presentes alrededor de todo ello, George Ritzer apuntaba que las diferencias de género marcan diferencias psicológicas, biológicas e institucionales[1]. En el caso de las mujeres, este considera la responsabilidad de la maternidad como uno de los principales determinantes de la más amplia división sexual del trabajo, que vincula a las mujeres en general con las funciones de esposa, madre y ama de casa; con la esfera privada del hogar y la familia y, por tanto, con una serie de eventos y experiencias vitales muy diferentes a las de los hombres.

La división sexual del trabajo aún está presente en nuestras sociedades porque aun cuando se alteraron algunas de sus modalidades, sus principios esenciales siguen presentes: la separación del trabajo de hombres y mujeres, y una jerarquización en la que los hombres tienen acceso al trabajo con mayor valor agregado y no asumen de modo efectivo la responsabilidad del trabajo doméstico y de la atención a los miembros de la familia.

La idea de escribir estas reflexiones surgió alrededor del Día Internacional de la Mujer. Una jornada que se utiliza, en muchas partes del mundo, para homenajearlas y rendirles culto por la labor que realizan a diario, la cual pasa generalmente inadvertida al ser considerada, según los preceptos de la cultura hegemónica patriarcal, parte de su esencia (“el deber ser”). De igual modo, esta fecha constituye un marco ideal para armar nuevas tribunas y reclamar, desde el feminismo, los derechos de las mujeres visibilizando las consecuencias nefastas que el sistema de dominación machista trae aparejadas para el bienestar de estas y el peligro que este representa para su propia existencia.

“Cuando una mujer tiene confianza en sí misma, es dueña del mundo y tiene el poder de cambiarlo”.

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti: 1-7)

En su memorable “Ética a Nicómaco”, Aristóteles escribía, hace ya algún tiempo: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

¡Qué razón tenía el estagirita! ¡Cuán espinoso es el camino para entenderse con los otros!

Resulta que las relaciones humanas constituyen procesos básicamente psicosociales, cuya finalidad es unir y trazar relaciones entre las personas, lo suficientemente estables como para que se puedan formar colectividades, tanto en lo que es común, como en las diferencias. Basta con analizar la historia de la humanidad para percibir que gran parte de los conflictos y desacuerdos entre los seres humanos provienen de la incapacidad para crear y mantener relaciones adecuadas entre ellos.

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