“Cuando una mujer tiene confianza en sí misma, es dueña del mundo y tiene el poder de cambiarlo”.

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti: 1-7)

En su memorable “Ética a Nicómaco”, Aristóteles escribía, hace ya algún tiempo: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

¡Qué razón tenía el estagirita! ¡Cuán espinoso es el camino para entenderse con los otros!

Resulta que las relaciones humanas constituyen procesos básicamente psicosociales, cuya finalidad es unir y trazar relaciones entre las personas, lo suficientemente estables como para que se puedan formar colectividades, tanto en lo que es común, como en las diferencias. Basta con analizar la historia de la humanidad para percibir que gran parte de los conflictos y desacuerdos entre los seres humanos provienen de la incapacidad para crear y mantener relaciones adecuadas entre ellos.

La violencia, en tanto fenómeno social, ha estado presente desde los primeros vestigios de la sociedad, transitando a través de las diferentes formaciones económicas y sociales sucedidas a lo largo de la historia de la humanidad.

Hoy día la violencia contra las mujeres, sin importar su orientación sexual ni su identidad de género, se ha reconocido como un problema a escala mundial y un grave obstáculo para el desarrollo, la salud y la paz. Su puesta en discusión como tema de debate internacional ha permitido apenas visualizar la punta del iceberg de la victimización femenina en el hogar, el trabajo y la sociedad, una situación invisibilizada durante mucho tiempo.

El antecedente de este trabajo fue una ponencia presentada en el primer encuentro Maribrujas, con un conjunto de reflexiones sobre la violencia de género expresada en la maternidad y la paternidad, como procesos en torno a los cuales se tejen relaciones de poder desiguales.

Aquellas ideas han servido de base para las que ahora comparto, cuya intención es conducir la mirada a puntos identificados con la violencia y llamar la atención sobre otros indicadores de sus manifestaciones, aunque pudiera pensarse, a simple vista que no guardan necesariamente una vinculación.

Llegaron para quedarse, entrometiéndose en nuestras vidas, cambiando la manera en que nos relacionamos, multiplicando nuestras identidades hasta crear realidades alternas al día a día, sustituyendo el abrazo por un círculo sonriente con ademán semihumano; el gesto de apoyo por un click que comparte un enlace que pocas veces leemos por completo; la intimidad de un abrazo por la desmesura de una foto viral.

Facebook, Twitter, Instagram, You Tube, entre otras redes sociales de internet, han incorporado a las relaciones humanas nuevos escenarios que reproducen, en lo virtual, cierta ilusión de realidad en la cual ya no somos solamente las personas marcadas por el cuerpo físico, sino también lo que construimos en nuestras ciberidentidades.

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