Para adentrarnos en esta reflexión sería bueno hacerlo desde el cuestionamiento sobre si la violencia es simplemente dar golpes a una persona. Durante mucho tiempo se consideró que esta era la única forma de violencia. Sin embargo, diferentes investigaciones antropológicas, sociológicas, psicológicas y jurídicas, han demostrado que existen otras manifestaciones que constituyen una amenaza para la dignidad humana y aun para la vida. Es por eso que todo análisis integral de la violencia debe empezar por definir las diversas formas que esta adopta, con el fin de facilitar su medición científica.

La violencia laboral se genera en las relaciones sociales en el trabajo o durante el desempeño de este y está mediada por relaciones de clase, género y etnia, entre otros elementos. Tiene relación con prácticas sociales discriminatorias, a la vez que responde a formas de organización del trabajo, orientadas a influir sobre su rendimiento.

Los hechos violentos sufridos deben ser considerados accidentes de trabajo y deben otorgárseles a los trabajadores todo tipo de prestaciones que requieran, pues ha quedado demostrado que ocurren cuando lo permiten factores de tipo objetivo, como son las condiciones y medio ambiente laboral, la insuficiencia de personal ante una demanda creciente de trabajo y las malas condiciones de infraestructura.

Desde hace algunas décadas, diversas organizaciones no gubernamentales buscan aunar esfuerzos para contribuir a neutralizar, disminuir y hasta eliminar, si fuera posible, la violencia que existe hacia personas lesbianas, fays, bisexuales, transgénero e intersexuales (LGBTI) en el contexto general y particular de las instituciones educativas. El anhelo de construir una sociedad inclusiva y sin discriminación es compartido tanto dentro como fuera de Cuba. Sin embargo, aún queda mucho por hacer en función de promover, respetar y garantizar el pleno derecho a la educación de estas personas. Se conoce que adolescentes y jóvenes LGTBI son cuatro veces más propensos a suicidarse que las y los heterosexuales, debido a la violencia que sufren en las instituciones educativas, situación que frecuentemente se refuerza por la falta de apoyo en sus familias.

En el caso de las mujeres, la violencia estructural se refleja mejor en el concepto de dominación, algo que va más allá de lo económico. Se trata de una violencia de género derivada del lugar que ellas ocupan en el orden económico y de poder hegemónicos. El que la estructura de la propiedad y de los salarios sea desigual, cobrando menos las mujeres por trabajos iguales a los de los hombres; que la pobreza en el mundo tenga rostro de mujer –la feminización de la pobreza–, es violencia estructural contra ellas. También lo es que el poder con mayúsculas, responsable de la toma de decisiones importantes que atañen a las vidas de hombres y mujeres, esté sesgado a favor de los hombres. Ellos son quienes ocupan los cargos importantes, las presidencias de los gobiernos, las jefaturas de las iglesias, los puestos dirigentes de la mayoría de las instituciones y corporaciones del mundo[1].

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