Múltiples han sido las teorías, polémicas y estrategias de respuestas en torno a la prostitución. Sin embargo, esta vez se sugiere una mirada poco usual, anclada desde los feminismos poscoloniales latinoamericanos y caribeños. Se trata de un posicionamiento que permita (de) construir enfoques, prácticas cotidianas e imaginarios sociales sobre el tema. Valdría cuestionarse por qué son precisamente estos feminismos el punto de partida en el análisis. La respuesta a tal interrogante distingue la posición contrahegemónica que los define como: "Una metodología revolucionaria para la despatriarcalización de la vida cotidiana hasta la letra"[1].

El ámbito de las relaciones sexuales y el contexto en que se producen develan estrategias de poder y control sustentadas en normas sociales que buscan mantener el orden patriarcal. Responder a las interrogantes de cuándo, con quién, dónde, por qué y en qué condiciones tienen lugar las primeras experiencias sexuales coitales y su continuidad ofrece pistas acerca de valores culturales que sostienen las desigualdades subyacentes a este evento.

Para adentrarnos en esta reflexión sería bueno hacerlo desde el cuestionamiento sobre si la violencia es simplemente dar golpes a una persona. Durante mucho tiempo se consideró que esta era la única forma de violencia. Sin embargo, diferentes investigaciones antropológicas, sociológicas, psicológicas y jurídicas, han demostrado que existen otras manifestaciones que constituyen una amenaza para la dignidad humana y aun para la vida. Es por eso que todo análisis integral de la violencia debe empezar por definir las diversas formas que esta adopta, con el fin de facilitar su medición científica.

La violencia laboral se genera en las relaciones sociales en el trabajo o durante el desempeño de este y está mediada por relaciones de clase, género y etnia, entre otros elementos. Tiene relación con prácticas sociales discriminatorias, a la vez que responde a formas de organización del trabajo, orientadas a influir sobre su rendimiento.

Los hechos violentos sufridos deben ser considerados accidentes de trabajo y deben otorgárseles a los trabajadores todo tipo de prestaciones que requieran, pues ha quedado demostrado que ocurren cuando lo permiten factores de tipo objetivo, como son las condiciones y medio ambiente laboral, la insuficiencia de personal ante una demanda creciente de trabajo y las malas condiciones de infraestructura.

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