En Cuba, el conocimiento actual sobre los procesos humanos (culturales) acerca del embarazo, el parto y el puerperio es deficiente y fragmentado, ya que el nacimiento ha sido abordado fundamentalmente como un evento médico, desde sus aristas clínicas. También se habla poco sobre violencia obstétrica, todavía menos desde el sector de la salud, lo que ha contribuido en parte a que el tema se mantenga velado en el propio entendido académico- investigativo y práctico. Y ni qué decir de su ausencia en el debate público. No obstante, en el más reciente congreso organizado por la Sociedad Cubana de Ginecología y Obstetricia, varias fueron las ponencias y trabajos que aludieron a este asunto, aun cuando los términos que se emplearan, en algunos casos, intentaran eufemísticamente edulcorar la realidad.

La adolescencia tiene sus regularidades desde todas las aristas del desarrollo humano. Es un período durante el cual ocurren cambios significativos desde lo biológico, psicológico y social, solo comparables con el primer año de vida de las personas.

Una de las esferas donde más transformaciones ocurren es, justamente, la sexualidad, un proceso de cambios que prepara a la persona para la juventud y la vida adulta. Durante esa etapa se llama la atención sobre cuestiones relacionadas con el género y el erotismo, las que con frecuencia se invisibilizan en los diversos intercambios educativos en que partician públicos adolescentes.

La comprensión de la violencia de género como problema social es cada vez más reconocida y la necesidad de combatirla se impone no solo entre especialistas y autoridades, sino también en el imaginario social. Sin embargo, estas percepciones no alcanzan aún las convicciones necesarias para la actuación transformadora de esa realidad de manera integral.

En los medios de prensa, y desde publicaciones especializadas, afloran historias que obligan a decirlo con dureza y serenidad: la violencia contra la mujer existe en Cuba. A finales de 2016, un equipo de investigación en el Instituto Minero-Metalúrgico de Mao[1], al este del archipiélago cubano, colocó en perspectiva un tema que merece la mayor atención posible. Sus integrantes concluyeron que, frente al total de la población de esa zona semiurbana, era elevada la cifra de mujeres, niñas y adolescentes víctimas de violencia de género.

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