La comprensión de la violencia de género como problema social es cada vez más reconocida y la necesidad de combatirla se impone no solo entre especialistas y autoridades, sino también en el imaginario social. Sin embargo, estas percepciones no alcanzan aún las convicciones necesarias para la actuación transformadora de esa realidad de manera integral.

En los medios de prensa, y desde publicaciones especializadas, afloran historias que obligan a decirlo con dureza y serenidad: la violencia contra la mujer existe en Cuba. A finales de 2016, un equipo de investigación en el Instituto Minero-Metalúrgico de Mao[1], al este del archipiélago cubano, colocó en perspectiva un tema que merece la mayor atención posible. Sus integrantes concluyeron que, frente al total de la población de esa zona semiurbana, era elevada la cifra de mujeres, niñas y adolescentes víctimas de violencia de género.

Son grandes los avances de la ciencia y la tecnología a nivel mundial y muchos los cambios que traen a todas las esferas de la vida. Sin embargo, las familias continúan siendo pilar fundamental de la sociedad y cumplen funciones que son irreemplazables, por lo que se impone un trabajo intencionado de promoción y prevención para eliminar todas las manifestaciones de violencia que ocurren al interior de los hogares. La violencia intrafamiliar se ha convertido en un flagelo global: visibilizarlo y atenderlo es un desafío urgente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia es “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”[1].

En espacios anteriores de SEMlac y en otros intercambios con especialistas hemos conversado sobre la violencia y el acercamiento metodológico para su investigación, partiendo de comprender las dificultades para obtener información fiable y verdadera sobre el tema. Esta necesidad se deriva de las propias características del fenómeno de la violencia, que suele considerarse privado y no permite la inclusión de una tercera persona cuando ocurre en el ámbito de una pareja, o de alguien ajeno cuando es una familia. Por tanto, cuesta mucho conseguir un acercamiento eficaz a las parejas o familias afectadas, lo cual obliga a revisar con mucho detalle la metodología de las investigaciones.

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