La violencia basada en género resulta un foco de atención en las agendas de los países y de las agencias internacionales; sin embargo, cuando nos detenemos en los datos que se reportan sobre la que se ejerce hacia las mujeres y las niñas, se confirma que aún queda un largo camino por andar.

Por estos días en que la Covid-19 ha puesto en posición de jaque al mundo, en aislamiento obligatorio en algunos casos y autoconsciente en otros, está a prueba la capacidad de una sociedad como la nuestra, que por esencia es resistente portadora de un gen camaleónico patriarcal, donde las mujeres nos llevamos el premio gordo. Es un hecho que el trabajo doméstico es feminizado, sumándole a los malabares de la recarga resultante, la situación de confinamiento y los intentos de hacer economías domésticas con pocos recursos, en esa legendaria labor asignada de cuidar, alimentar, proveer y multiplicar. No se afectan de igual manera hombres y mujeres en estos casos, situación que se agrava en tiempos de pandemia. Y vuelvo una vez más a las mujeres, porque son más vulnerables, es en ellas donde más inciden y reproducen los índices de desigualdad humana y de inequidad de género.

Cuando la pandemia de la Covid-19 comenzó a expandirse por el mundo, en enero de 2020, hubo un proceso sincrónico: el estrepitoso aumento de la violencia hacia mujeres y menores en los espacios domésticos.

Entre las deudas históricas que deben saldar y replantear los nudos feministas en Cuba[i], están las que se corresponden con las violencias simbólicas. La construcción histórica de la imagen femenina está hilvana por varios hitos y la belleza se lleva el gran premio. Como trofeo, se alza el cabello: preferiblemente caucásico, lacio, largo. Esos son los cánones que han determinado, por décadas, el discurso de la feminidad, la belleza y la sexualidad, entre otros atributos.

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