Audiovisuales y violencia

[25-10-2010]

¿Modelan los audiovisuales los comportamientos humanos? ¿Se imita la violencia que se ve o escucha en dramatizados, musicales y propuestas cinematográficas? ¿Cuál es el papel de las y los realizadores? Sobre el tema reflexionan para No a la Violencia, la profesora Danae Diéguez, del Instituto Superior de Arte (ISA), especialista en el análisis de los temas de género en el cine cubano, y la periodista Lirians Gordillo, del equipo de Comunicación del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).

 

¿Cómo se manifiesta la violencia en el audiovisual cubano y cuáles serían sus causas más importantes?

Danae Diéguez: Lo primero es intentar definir de qué audiovisual estamos hablando: el documental, la ficción, el videoarte, la animación u otros; pues cada uno posee códigos de representación que los define en el lenguaje que usan y en los propios modos de representación. Por ello, la violencia como eje temático en el audiovisual cubano tendría que ser leída y entendida, primero, desde estos presupuestos, sin perder de vista que, sin desconocer la impronta ideológica que tiene el audiovisual, en tanto texto cultural, es, según desde el lenguaje que se hable, una obra de arte.

Es difícil hablar de la violencia y su representación y no abordar que la obra de arte, el audiovisual, es también un lenguaje, una forma, un estilo que estéticamente tiene significados; y que también son enunciadores de la complejidad, o no, de la obra en cuestión. Partiendo de ahí, asunto que confieso lleva para mucho más, diría que la violencia es uno de los temas más visibles en el documental y la ficción en Cuba, y estamos hablando de los diferentes tipos de violencia. Creo que las y los realizadores viven una realidad oportuna para ello: el mundo de hoy hace de la violencia un leitmotiv cotidiano, por lo tanto, su naturalización no pasa inadvertida para quienes tienen la necesidad de contar historias desde la visualidad. Además, sabemos que como la violencia es, en sí misma, relaciones de poder, permite encarnar una dualidad provocadora desde la dramaturgia: el dominante y el dominado.
 
Lirians Gordillo: Hasta donde conozco, en nuestro país no existen muchas investigaciones que caractericen la representación audiovisual de los distintos tipos de violencia según los formatos (la televisión, el cine), géneros y público; tampoco abundan -ni se divulgan- los estudios de recepción. Esa es una costosa carencia.

No obstante, lo más frecuente es la reproducción de la violencia desde una posición acrítica: así sea a partir de la puesta en pantalla de una realidad -que puede ser profundamente problemática y violenta-, o como parte de las estrategias dramatúrgicas que pueden dinamizar y hacer más “entretenido” o “aceptado” el producto audiovisual.

Resulta significativo, en materia de medios de comunicación masiva, y específicamente el audiovisual, el visualizar la violencia también como las representaciones fundamentadas en estereotipos y prejuicios, en las cuales se estandariza la diversidad humana; violencia es también la discriminación, la subvaloración, el silencio, el ignorar al otro u otra.

Entre otros factores, esto podría estar relacionado con la reproducción de roles, actitudes y conflictos que responden a un modelo hegemónico de relaciones humanas. En la pervivencia de ese modelo y su presencia en el audiovisual, juega un papel fundamental el sistema patriarcal, pues, a través de sus instituciones y orden simbólico, se han naturalizado roles y actitudes violentas, relaciones que se basan en un posicionamiento desigual, entre dominador/a y subordinado/a.

Sobre las causas, percibo principalmente desconocimiento y contradicción entre las políticas editoriales y culturales --en el caso de la televisión nacional--. También me parece cardinal la falta de conocimiento sobre el consumo y recepción de estos productos, qué lecturas hacen las personas, cómo estas representaciones se suman o no a sus maneras de ver la vida, de valorar y asumir los vínculos interpersonales.

¿En su opinión, están los realizadores de audiovisuales conscientes de los mensajes violentos que transmiten en sus obras?

DD: Me vuelvo a remitir a la primera respuesta: depende desde qué código se expresen. Creo que en la creación hay una dosis importante de intuición, pero… ¿se han preguntado cómo denunciar la violencia si no se representa? No es lo mismo un audiovisual de bien público, que una ficción que no necesita dar explicaciones y mucho menos ser didáctica. Otra cosa es el video-clip o el spot publicitario; allí la representación carga con otros presupuestos. Hasta en el propio cine, no es lo mismo el comercial o el cine de autor, allí notaremos la diferencia, pero la violencia está de todas formas. Hasta donde conozco, los realizadores no son ingenuos, pero no creo que la frase sea que “son conscientes de los mensajes violentos que trasmiten”, sino que, sencillamente re-presentan un tema, en este caso, la violencia, en la que la dosis de ética es muy importante para marcar el punto de vista desde donde se posicionan, desde el que, en muchos casos, está implícita la denuncia.

Claro, siempre ha sido conflictual la relación entre estética y ética y habría que analizar obra por obra, desmontarla y leerla a partir de estos tópicos, pero no creo que transmitan mensajes violentos así, indolentemente, aunque hablo de los jóvenes realizadores y sus propuestas, fundamentalmente
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LG: Esa es una buena pregunta, e inclusive un problema a investigar. Por ejemplo, durante mi investigación sobre la representación de género en el video clip cubano actual pude entrevistar a varios realizadores y, para muchos de ellos, la representación estereotipada de la mujer y del hombre constituye una regla más de este género audiovisual; un género que nació para promocionar una imagen y que sienta sus bases en el placer, en lo lúdico y la seducción del cuerpo. No obstante, algunos realizadores y realizadoras si asumen un papel más cuestionador.
Un ejemplo es el video clip El revolver, de Alejandro Gil para Gerardo Alfonso, que cuenta con numerosas escenas violentas, pero tanto la imagen como el tema musical se cuestionan ese estado de cosas. Con este ejemplo quiero destacar el papel del realizador. Resulta importante saber qué piensa sobre el fenómeno, cómo se cuestiona sus propios sistemas de referencia, cuáles son los objetivos que persigue con una obra; sin contar con todos los otros factores externos que también median en la realización de un material, desde su idea inicial hasta el producto final.
Quizá las y los realizadores sí sepan que reproducen la violencia en sus mensajes. Faltaría preguntarse si son conscientes, entendiendo que conciencia lleva un posicionamiento crítico ante cualquier situación o problemática.

¿Por dónde deben encaminarse las acciones para enfrentar este fenómeno?

DD: Sin dudas, los realizadores y realizadoras necesitan saber más sobre violencia, género, etc. Pero creo que quienes leen el audiovisual, quienes lo interpretan y necesitan utilizarlo constantemente como modelo de sus investigaciones, también necesitan conocer sobre el lenguaje de la representación.

Siempre he dicho que al audiovisual le exigen que sea, muchas veces, un informe de investigación, las Ciencias Sociales lo usan continuamente para ejemplificar sus categorías y objetos de análisis, pero pocas veces las ciencias sociales leen con la seriedad debida algo tan complejo como es el lenguaje, la gramática del documental, de la ficción u otros géneros. Creo que una de las claves está en la alfabetización de todos y todas sobre los saberes que impiden una lectura efectiva, seria, del audiovisual y/o una realización comprometida con la tesis que intenta visibilizar.

De todas formas, el debate de si es el cine quien modela los patrones a seguir y, por lo tanto, modela patrones de violencia en la sociedad; o si es la sociedad la que necesita de la violencia para verla en la pantalla, es aún un debate que perdura desde hace muchos, muchos años y que se mantiene, parece ser, ad infinitum.

LG: Me parece que pudieran vincularse la revisión de las políticas culturales y editoriales –y sobre todo su cumplimiento-, con un sistema de formación que parta de la universidad.

A los planes de estudio deberían sumárseles asignaturas y temas que traten las problemáticas de género, violencia, racismo, poder, como mismo se habla de filosofía, historia del arte, dramaturgia. Estos temas influyen en cómo se conciben los conflictos, los personajes... Pero creo que ésta debería ser una enseñanza basada, fundamentalmente, en lo vivencial; que sensibilice y supere la transmisión de un conocimiento dogmático.

Febrero 2010

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