Amor en campo minado

[21-02-2008]

No sabe definir en qué momento su relación pasó del amor a la amargura, pero Magdalena Benítez asegura que los últimos cinco años de su matrimonio “fueron un verdadero infierno”.
Benítez, habanera, profesional y madre de dos hijos, reconoce que le fue muy difícil decidir el divorcio, asumir la soltería e iniciar una nueva vida: “A todo te acostumbras poco a poco, y un buen día te das cuenta de que, por ese camino, te da lo mismo que te griten o que te ignoren”.

La suya es una historia común y cotidiana, aparentemente normal y repetida: se enamoró apasionadamente a los 25 años, se casó a los 28 y parió el primer hijo al siguiente año. El segundo llegó justo antes de ella cumplir los 31.
“Primero pensé que mi suegra era la fuente de todos mis conflictos, porque siempre quería opinar y decidir sobre nuestras vidas. Pero luego nos fuimos a vivir solos, mi marido, mis hijos y yo, y todo en vez de mejorar, empeoraba”, relata a SEMlac.
Benítez hacía su jornada diaria como empleada en la red de comercio, pero igual seguía trabajando cuando llegaba a la casa: se encargaba del baño y las tareas escolares de los niños, de preparar la comida, las meriendas y los uniformes para el día siguiente; de recoger, limpiar y fregar antes de irse a la cama.
“Mi esposo siempre se complicaba en el trabajo y llegaba más tarde. Se fue desentendiendo de todo, creo que hasta de mí. Un buen día reparé en que casi ni nos hablábamos, yo casi era invisible para él, o sino, así me sentía”, confiesa.
“Jamás me pegó ni me gritó, pero no hacía falta. A veces el desdén, el silencio y la ignorancia calan más hondo y hacen mucho daño. Dejamos de hablar el mismo idioma”, dice ahora, cuando repasa mentalmente su pasado.
La violencia menos visible había hecho su entrada en la vida de Benítez y su esposo, como sucede a otras parejas, sin apenas darse cuenta. “Es el silencio tan profundo y soez que se puede cortar con un cuchillo”, según la define a SEMlac la periodista Aloyma Ravelo.
Especializada en temas de género y sexualidad, Ravelo agrega que la violencia invisible es también aquella que “queda cimbrando en el cuarto matrimonial, cuando un hombre obliga a la mujer a tener un sexo que ella no desea. Es una violencia no contabilizada de la que ella misma, muchas veces, no es consciente, pero de la que habla en susurro con la almohada”, señala.
“Se efectúa entre silencios hirientes, que insultan, aplastan la autoestima y te hacen sentir como un insecto”.
En su opinión, entre los conflictos más frecuentes en las parejas cubanas están “los de comunicación, que empeoran por día”.
Con varios años de experiencia e intercambio con lectores –mujeres y hombres--, Ravelo atiende una sección fija de la revista Mujeres, donde intercambia criterios y sirve de puente, muchas veces, entre público y especialistas.
Sin subestimar el peso de las penurias y dificultades diarias, la periodista apunta directamente a los motivos que se mueven detrás de los conflictos de pareja, a juzgar por las cartas que recibe.
“Si bien las carencias, las difíciles condiciones del vivir cotidiano en Cuba no generan violencia por sí mismas, crean un ambiente tenso, particularmente en las parejas disfuncionales, donde el modelo de comunicación es cruzada: ella habla de aguacates y él de limones. No se ponen en sintonía ni resuelven sus problemas porque no saben hacerlo, nadie los enseña, y se tratan a gritos, a ofensas, de manera habitual”.
En un ambiente tenso, disfuncional, “es sólo cuestión de acercar el fuego a la leña seca. Empieza el hombre golpeando, ella se defiende y araña y muerde. La mujer cubana no se deja atacar pasivamente, pero la fuerza masculina se impone y ella termina lesionada, callando su pena, sin denunciarlo porque se siente ante todo desconfiada de la ayuda que puede recibir, y muchas veces ni siquiera sabe a dónde acudir”.
De acuerdo con las misivas que recibe, es muy común el maltrato verbal. “Cuentan cartas de mujeres casi una idéntica situación: malestares contenidos por días, semanas, de los que no se habla hasta que, un día, salen en cascada, arrollando con toda delicadeza en el trato, la palabra.
“No hay entonces concilio, sino todo lo contrario: ofensas, insultos, cuestionamientos, agravios, que se clavan en el alma, en el recuerdo y que pesan como fardos al otro día de ser dichas”.
Otra forma de violencia que, en su opinión, va mostrando sus fauces de manera ascendente en la pareja, es la económica. “Quizá en este tipo de maltrato se aprecie mejor el silencio femenino, la docilidad, la humillación que profiere quien demuestra que, el que tiene la plata, manda”.

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Sara Más

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