Acoso sexual a mujeres lesbianas, bisexuales y trans denota doble violencia

[20-05-2019]
“Si una mujer es lesbiana es porque decide que el cuerpo que ama es igual al suyo y no quiere estar en contacto con esa otredad de lo masculino. Imponerlo es violencia extrema”, señaló la activistaTeresa de Jesús. Foto SEMlac Cuba “Si una mujer es lesbiana es porque decide que el cuerpo que ama es igual al suyo y no quiere estar en contacto con esa otredad de lo masculino. Imponerlo es violencia extrema”, señaló la activistaTeresa de Jesús. Foto SEMlac Cuba

A la violencia que la sociedad patriarcal les impone a las mujeres por su condición de género, se suman para lesbianas, bisexuales, intersex, trans y personas con cuerpos feminizados, las consecuencias de transgredir lo pautado por la sociedad como lo “mejor” y “natural”: la heteronormatividad.

En ello coincidieron investigadores y activistas el pasado 14 de mayo, durante la celebración de un panel organizado por el Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR) en la sede de de la Asociación Cubana de Naciones Unidas (ACNU) y dedicado al acoso sexual, una forma de violencia que en estos grupos “se duplica”.

“Aún silenciada, en tanto está legitimada por la cultura, el acoso sexual, ya sea callejero o en instituciones laborales, escolares y familiares, es una de las expresiones de violencia que más debemos denunciar. Supone ese binomio de dominación/ subordinación, en el que las cuotas de poder no están distribuidas acorde a un criterio de equidad”, apuntó Maité Díaz Álvarez, especialista de OAR.

El encuentro buscó abordar uno de los ejes psicológicos de la Campaña Evoluciona, impulsada por OAR desde 2018 junto a la Federación de Mujeres Cubanas, el Centro de Estudios de la Juventud y el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex): desmontar imaginarios vigentes en las juventudes y vinculados con el acoso y el control del cuerpo de las mujeres y sus relaciones sociales.

Para el médico y destacado activista por los derechos de la comunidad LGBTI, Alberto Roque, lo primero es entender que “la violencia tiene sus bases ideológicas en el patriarcado, atraviesa todos los saberes y estructuras de la sociedad, y en ella el género viene a ser ese nudo sobre el cual se establecen relaciones de poder entre los seres humanos”.

En ese orden, los hombres heterosexuales, “con derecho a tener varias parejas al mismo tiempo, que deben ser violentos, temerarios y tener dominio del espacio público”, son asumidos como la cúspide de una pirámide y todo lo que no se parece a ese núcleo de masculinidad hegemónica es considerado subordinado, inferior, y tiene que ser controlado y sometido”, apuntó.

De acuerdo con Roque, “si las disidentes de ese poder son mujeres lesbianas —percibidas por el patriarcado como sexualidades improductivas, porque supuestamente no producen descendencia ¨natural¨— o mujeres heterosexuales que desean una reproducción independiente y una construcción de familia sin participación masculina, se percibe como que están violentando las normas”.

Lo mismo sucedería con las mujeres trans, expuestas a muchas situaciones agravadas de violencia, y para quienes la exclusión se genera desde los propios espacios familiares hacia el resto de la sociedad, dijo.

Violencias: un juego de poder

“Si naces hembra debes sentirte mujer y construir una visión hegemónica de la feminidad, complacer al patriarcado y ser heterosexual y productiva. Desde esa noción biológica de la descendencia, se ha hecho sufrir a muchas mujeres y se ha generado angustia y sufrimiento también a muchos hombres”, refirió el activista.

A su juicio, en nuestro contexto, “es tan fuerte esta perspectiva, que los cuerpos de las personas transexuales, para que sean reconocidos por la ley y tengan legitimidad en un funcionamiento social lo mejor posible, deben ser transformados de acuerdo a cómo la cultura los percibe y pasar ese lente”.

Teresa de Jesús Fernández, filóloga y coordinadora de la Red de Mujeres Lesbianas y Bisexuales asociadas al Cenesex, señaló que el mandato impuesto de convertir lo trans en una hiperbolización de lo femenino, para acercarse al ideal de mujer desde la construcción patriarcal, es una de las mayores violencias y acoso que sufren estas mujeres.

“La no ruptura con los esquemas binarios una vez que toman el camino de construirse como mujeres y hombres trans, y el tener que emprender un recorrido acelerado hacia una extrema masculinización o feminización para despejar dudas, no solo trae numerosas pérdidas, sino que rompe la lógica de lo trans: una persona que logre construirse libremente”, dijo.

No es menos violento para las mujeres lesbianas. “A los acosos que han sufrido las mujeres heterosexuales, se suman muchos otros para las lesbianas. Ello incluye el estigma, los insultos, el degradarla por no estar dispuesta a cumplir con el mandato de que la mujer es para el hombre”, señaló la filóloga.

Para Roque, el discurso juega un rol esencial, pues atraviesa todas esas expresiones de violencia, que en el caso del acoso reproduce el concepto de que todas las mujeres son potencialmente poseíbles por cualquier hombre.

Un tipo de acoso frecuente que viven las mujeres lesbianas se percibe desde la niñez, cuando tienen definido cómo quieren construirse, independientemente de lo que después sería su deseo erótico afectivo, explicó De Jesús Fernández.

“Es muy preocupante cómo se sexualiza de manera increíble a las niñas desde muy pequeñas, sin reparar en los daños. Las están esclavizando, diciéndoles muy pronto que deben seguir un modelo de feminidad que es la que vale, la que es buena y las hará triunfar, en función del deseo y aprobación del hombre”, dijo.

En su opinión, otro de los acosos que viven las mujeres lesbianas es la representación que de ellas se hace tanto en el imaginario popular como en la televisión o el cine. “Imaginarlas de una cierta manera y basta, cuando somos de todos los modos posibles”, apuntó.

De ahí el discurso de que “pueden ser convertidas”, o lo que les sucede es que “no han tenido un buen hombre que las haga sentir bien”, acotó el doctor Alberto Roque.

Muchas mujeres lesbianas han sufrido tocamientos, violaciones y golpes relacionados con su orientación sexual. “Si una mujer es lesbiana se debe a que decide que el cuerpo que ama es igual al suyo y no quiere estar en contacto con esa otredad de lo masculino. Imponerlo es violencia extrema”, abundó De Jesús Fernández.

Este pensamiento se transmite y evoca continuamente, “porque en definitiva son cuerpos que están para ser servidos. A las mujeres bisexuales se les percibe como confusas, bajo la necesidad de definirse, y el acoso funciona como otro vehículo para el control de esos cuerpos”, explicó por su parte Roque.

Incluso, si hablamos del piropo callejero, estamos frente a una intromisión en la individualidad, los cuerpos y el espacio de cada persona. “Nada es más privado que el propio espacio público, donde hay derechos que no deben transgredirse”, agregó.

En el caso de las mujeres trans, el acoso tiene que ver, justamente, con cómo van al espacio público, donde siguen siendo predominantemente destinadas a ocupar una hora del día: la madrugada, en tanto han sido empujadas a los márgenes sociales y a ejercer el trabajo sexual. “En esos espacios son blanco de agresiones o violencia que reproducen los mismos mecanismos de dominación masculina”, señaló Roque

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