Toda conversación que busque adentrarse en cómo ha contado la violencia de género el proyecto sociocultural Palomas y qué lecciones han dejado esas historias a su impulsora, la realizadora cubana Lizette Vila, pasa necesariamente por la palabra justicia.

El acoso es una expresión de violencia y lo sufren las mujeres en múltiples espacios públicos. Despierta airadas polémicas, pues suele ser justificada con mitos y estereotipos patriarcales diversos. Bajo el nombre Evoluciona y el llamado El acoso te atrasa, este año Jornada Cubana por la No Violencia hacia las Mujeres y las Niñas centró su campaña comunicativa en este fenómeno. Para reflexionar acerca de los desafíos que implica visibilizar el tema en la sociedad cubana, No a la Violencia invitó a cuatro profesionales del campo de la comunicación: Mayra García Cardentey, periodista y directora de la revista Alma Mater, la comunicadora Tamara Roselló Reina y la psicóloga Yohanka Valdés Jiménez, ambas especialistas del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), que decidieron responder las preguntas “a cuatro manos” y la joven periodista de Cubadebate y activista en las redes sociales, Ania Terrero.

La transferencia de datos en los celulares cubanos –la popular 3G- llegó para quedarse. Más temprano que tarde la comunicación con el mundo, el acceso a redes sociales múltiples, las conversaciones por WhatsApp, tan familiares en otros contextos, serán también algo común en nuestras calles, en ómnibus abarrotados y en la soledad de una habitación adolescente. Si hace apenas un par de años era difícil el acceso a internet desde entornos domésticos o al aire libre, ahora esa realidad está ahí mismo, cada vez más cerca.
Lo realmente significativo no es solamente la novedad de poder almacenar y transmitir información en un nuevo soporte, o de acceder al mismo ritmo del resto del mundo a aplicaciones móviles que se generan todos los días y dejan obsoletas, en apenas meses, a las que se consideraban hasta ayer el “último grito tecnológico”.

La violencia machista encarna en maltratos, vidas aniquiladas, silencios y miedos que se enquistan en la sociedad. En el oriente cubano, diversos actores sociales reconocen y trabajan para frenar este problema social.

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