Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

El niño es todo movimiento; sus manos no paran mientras juega con el muñeco de peluche, pero escasamente levanta la cabeza y habla en tono muy bajo.
Cerca, en la misma habitación alfombrada, limpia y colmada de juguetes para escoger, un hombre le habla con calma y confianza. Poco a poco pasan las primeras tensiones y el niño responde a sus preguntas, le cuenta un secreto muy bien guardado: le dice todo lo que le hizo su amigo, el vecino, más de una vez, a unas puertas de su casa.

La documentalista cubana Lizette Vila acaba de presentar en La Habana su documental La deseada justicia, un acercamiento al tema de la violencia de género en la isla.  Promotora del proyecto Palomas y autora de cerca de una treintena de obras, Vila ha abordado con desprejuicio y crudeza las experiencias de personas viviendo con VIH/sida, trasvestis y religiosas, entre otros muchos temas. La deseada… es su cuarto audiovisual sobre la violencia de género, asunto de difícil enfrentamiento por la manera en que se manifiesta. Sobre su impacto, la autora conversó con SEMlac.

Por Ilse Bulit

Numerosos humoristas han ganado el pan con los chistes gráficos u orales en los que las mujeres inventan estratagemas para ocultar la edad.
Y es cierto el descalabro matemático de algunas al contabilizar sus años y meses de nacidas, en especial, en aquellos escalones sociales donde la juventud y la belleza son las cartas de triunfo y en las que, consciente o inconscientemente, concentran la altura de su autoestima en la piel hacia el exterior.

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