El embarazo en la adolescencia es un problema que puede generar grandes brechas sociales y modificar el curso de la situación social del desarrollo en esta edad. En ocasiones, puede engendrar violencia psicológica y violación de los derechos sexuales y reproductivos, sobre todo de las muchachas. Las vulnerabilidades del contexto familiar y la relación de pareja pueden agudizar la situación y aumentar el riesgo a la violencia.

Investigaciones realizadas en Cuba sobre el tema[1]evidencian que, aunque el embarazo adolescente no es causa directa de la violencia, si lo son algunas de las condiciones en las que se produce este evento y los factores asociados a él.

                                La violencia de género en los espacios educativos supone una ramificación de los conflictos de género no abordada frecuentemente. La ausencia de investigaciones nacionales sobre el tema y los modos poco visibles de presentarse impiden muchas veces identificarla, calcular su magnitud real y hacer generalizaciones al respecto. Sin embargo, es una forma frecuente y preocupante en que se manifiesta este problema. En busca de reflexiones, No a la Violencia invitó a tres profesionales de diferentes perfiles y áreas de desempeño. Esta vez responden a nuestras interrogantes la pedagoga Yohanka Rodney y las psicólogas Kenia Lorenzo Chávez y Yuliet Cruz.

Aunque la violencia hacia las mujeres suele ser más visible en parejas adultas en América Latina y el Caribe, también ocurre entre jóvenes, quienes todavía la consideran "normal". Así lo revela el informe de Oxfam "Rompiendo moldes: transformar imaginarios y normas sociales para eliminar la violencia", presentado el pasado 25 de julio en Bogotá, Colombia.

Como parte de los objetivos del Decenio Internacional de los pueblos afrodescendientes (2015-2024), se requieren nuevas lecturas del problema racial en Cuba. Mi propuesta es hacerlas en clave decolonial. El enfoque del tema desde esta perspectiva sitúa la premisa de comprender que “el racismo en las relaciones sociales cotidianas no es, pues, la única manifestación de la colonialidad del poder, pero es sin dudas la más perceptible y omnipresente. Por eso mismo, no ha dejado de ser el principal campo de conflicto”[1].

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