El título de este trabajo, tomado de un cartel de la artista Laura Moran, constituye una expresión de la ocurrencia, tras bambalinas, de la violencia cotidiana, invisibilizada para muchas y muchos porque transcurre en el día a día y porque, a pesar de los pesares, todavía es cuestión restringida a la vida privada.

La historia de América, una mujer que a los 50 aparenta tener menos años, hermosa, rubia, de ojos claros, vestida de blanco, elegante a la par que discreta; podría ilustrar el fenómeno.

Ella está casada, hace quince años, con Alberto, un mulato de buen ver, de 63 años, alto, fuerte. De esos cubanos que hay que mirar, a pesar de las “canas en las sienes”, a decir de las novelas del corazón.

Alberto es director de un conjunto musical con amplia demanda en el exterior, proveedor por excelencia del dinero, de los alimentos, de adornos y arreglos florares que a ella le “gustan” porque su placer es “tener la casa bonita, para sentirme bien”.

Cuenta América que dejó de trabajar porque “él me lo daba todo y me halagaba siempre”.

Su música suave sirvió de fondo para una relación “ideal”: “me encantaba que tocara lo que a mí me gustaba, sentía como si fuera su única inspiración”, dice. Y agrega que “esta relación con la música fue verdaderamente un puente de unión y una de las razones que contribuyó a que me enamorara de él”.

La violencia es uno de los fenómenos más extendidos actualmente en el planeta y no sólo vinculado a situaciones de abierto conflicto. En nuestra vida cotidiana se hace tan común, que se naturaliza.
Reconocer que la violencia se da en múltiples formas, grados y ocurre en cualquier medio social, es fundamental para visibilizarla.
Recibimos a una señora de 40 años llamada cariñosamente Lola, casada desde hace 20 años: hoy es ama de casa, tiene dos niños y antes de parir a su segundo hijo trabajaba en una farmacia.
Ella nos explica,… “me siento muy mal, estoy siempre cansada, no me alcanza el tiempo para nada. En la casa siempre hay que hacer algo, y más con eso del alquiler en el que mi esposo quiso meterse. Es una esclavitud, debo atender la casa, a los niños, lavar, limpiar diario las habitaciones de los turistas; apenas tengo tiempo para mí.
“Mi esposo se ocupa de atender el negocio, él cree que con eso de anotar en el libro, de ir a inmigración, a las reuniones, es todo. Luego, cuando llega la noche, estoy muerta, y entonces se pone bravo porque yo no tengo deseos, y te digo más: a veces yo lo hago sin deseos porque, figúrate, se va a pensar que ya no me gusta, o quién sabe si se busca otra por ahí, si es que ya no la tiene, porque yo ni caso le hago. Como pelea por todo, tenemos discusiones casi a diario, porque él se va para la calle y viene a lo hora que le parece, con dos o tres cervecitas de más, y no hay quien le pregunte nada”.

El hecho de que muchos antropólogos señalen la necesidad del respeto a las prácticas culturales es algo que suscribo, pero siempre que no se violenten los derechos humanos de las personas. 
Este tema lleva a reflexiones importantes para la toma de decisiones en las agendas y políticas públicas.
Algunos especialistas apuntan, por ejemplo, que empoderar a las mujeres para que no se sometan a la mutilación genital significa una trasgresión al grupo y a la mujer, aduciendo que ésta quedaría excluida del resto y su posición social sería más relegada de lo que prevalece en culturas africanas, amerindias y asiáticas.
Más de doscientos millones de mujeres son víctimas de este proceder, considerado eufemísticamente como un “rito de paso” para la entrada en la sociedad, para casarse y crear una familia.

El advenimiento de nuevos contextos histórico-sociales ha cambiado numerosas esferas de la realidad en que vivimos, caracterizada por tener como máxima, para muchas personas, el logro de una equidad (sea de clases, razas, ideologías, género, etc.). 
El rol paterno, muestra por excelencia del poderío que identifica la imagen viril, no ha estado exento de estas transformaciones. Estudios recientes evidencian que estamos siendo testigos, consciente o inconscientemente, de la transición de un modelo de paternidad patriarcal hegemónico hacia otros que se cuestionan al padre, como la máxima autoridad de su familia, el proveedor principal en ella, el corrector por excelencia de las conductas “inadecuadas” de sus miembros y, por tanto, a quien todos deben admiración, respeto y obediencia.

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