Por Sara Más

Aunque a veces admiten ser víctimas de diferentes formas de maltrato en la vida familiar, no pocas de las cubanas que padecen violencia en sus hogares se resisten aún a solicitar ayuda especializada.
Tener alto nivel de escolaridad, independencia económica y vida compartida con varios miembros de la familia no impide que muchas mujeres sufran actos de violencia, según indica un estudio local publicado en una revista médica cubana.
Tampoco esos requisitos parecen ayudar lo suficiente para que algunas víctimas rompan el muro de silencio que rodea a la violencia y soliciten atención médica especializada a sus casos.
La gran mayoría de las mujeres afectadas por violentada no solicitaron ayuda profesional, concluyeron los autores del estudio "Mujer y violencia: ¿un problema de salud comunitario?", que entrevistó a 310 mujeres entre 15 y 49 años, en Camaguey, provincia del interior del país.
De ellas, casi las tres cuartas partes refirieron haber padecido algún tipo de violencia en el hogar, en el mismo orden que han revelado otros estudios aislados.
En primer lugar, predominó el maltrato psicológico, reportado por la mitad de la muestra, seguido por el sexual presente en una tercera parte. La física fue la manifestación menos frecuente y admitida solo por el 16,38 por ciento.
Por Raquel Sierra

Los quiere con el alma. Cada vez que "los suena" o les grita, les pide perdón una y otra vez y los colma de besos, tratando de borrar la imagen violenta. Si alguien le preguntara si maltrata a sus hijos no dudaría en responder: "¿Yo? Primero, muerta".
Lo considera parte de la educación. Rosaura Sosa, residente en el municipio de Arroyo Naranjo, en la capital de Cuba, no concibe que esas sean algunas de las manifestaciones más comunes del maltrato infantil, un concepto que incluye desde palabras fuertes y desatención hasta golpes y abuso sexual.
No es el hecho que sólo haya terminado la enseñanza preuniversitaria lo que lleva a Sosa al desconocimiento. Esa escena, con matices, se repite en el hogar de Rodolfo Medina, un profesional de 41 años para quien "unas buenas nalgadas y castigos enseñan respeto y obediencia".
"Mi padre buscaba el cinto cada vez que me portaba mal o hacía una travesura que se pasaba de la raya. Trato de hacer lo mejor por Rafael Daniel, pero no son golpizas que puedan hacerle daño", piensa.
"Creo que hay una línea divisoria muy fina entre la educación y el maltrato. Los padres estamos sobre esa cuerda floja, siempre con el peligro de traspasar los límites", comenta, preocupado con su actuar.
Por Ilse Bulit

Guardo todavía la asustada carita de aquel pequeño en mi memoria, a pesar de que han transcurrido más de 15 años. Salía yo de un mercado del periférico barrio de San Agustín, de la Ciudad de La Habana, y una joven, de unos 25 años, gritaba palabras mal sonantes a un parvulito menor de dos.
Ella, posiblemente la madre, lo acusaba del pecado de no marchar a su paso. Como yo, la muchacha cargaba una gran bolsa de tela repleta de papas frescas, con las que haría sabrosos purés para ese mismo pequeño: pero ahora, aquel niño era su enemigo, enemigo inventado y necesario.
Y como este diminuto enemigo estaba paralizado por el terror, lo tomó de la mano y procedió a arrastrarlo. El cayó al suelo y sus rodillas extraían un ruido sordo al pavimento, unido a su llanto de dolor y las vociferaciones de la madre. No pude contenerme e intervine: la amonesté por su actitud violenta.
La joven se volvió hacia mí y sus ojos destilaban un odio como si yo fuera la culpable de todos sus males. Libre de sus improperios vergonzosos, reproduzco su mensaje: "No se meta en lo que no le importa, yo lo parí y hago con él lo que me da la gana".
Otras mujeres con idénticos pechos construidos para la lactancia, como las dos protagonistas, nos observaban en silencio, invitadas a un espectáculo virtual sin consecuencias reales para sus destinos.
Por Sara Más

Aunque la violencia infantil la padecen tanto niñas y niños, las primeras son las principales víctimas de familiares y personas conocidas, fundamentalmente.
Esta parece ser una constante en el mundo y también en Cuba, donde especialistas y estudiosos del tema identifican características particulares del fenómeno, pero también aspectos comunes al panorama internacional, como que la violencia se naturaliza, permanece oculta y se presenta en todos los grupos culturales, estatus económicos y sociales.
"El maltrato se calla y, en muchos casos, lamentablemente se justifica", asegura la jurista Perla Delgado Valle, fiscal de la provincia de Cienfuegos, a más de 250 kilómetros de la capital cubana, y autora de la investigación "Las niñas y los niños, su derecho a la protección contra la violencia".
Delgado indagó en los hechos de maltrato infantil en su ciudad, a partir de todas las denuncias hechas entre enero y diciembre de 2003 relativas a conductas violentas contra niños y niñas, así como las causas radicadas en la Sala Penal Primera del Tribunal Provincial Popular por delitos sexuales con víctimas menores de edad, hasta diciembre del mismo año.
De las 3.090 denuncias por hechos delictivos ante la policía, en sólo 40 casos las víctimas fueron niñas o niños. En tanto, de un total de 417 causas radicadas en el tribunal, 23 correspondieron a delitos típicamente sexuales, cuyas víctimas resultaron ser menores de edad.
La jurista apunta que estos datos son relativos, debido a que hay un subregistro de historias que se ignoran, porque no son procesadas, estudiadas o investigadas. No obstante, reconoce que ayudan al análisis, sobre todo "para que padres, profesores, médicos y sociedad en general tomen conciencia".

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