Por Sara Más

El niño es todo movimiento; sus manos no paran mientras juega con el muñeco de peluche, pero escasamente levanta la cabeza y habla en tono muy bajo.
Cerca, en la misma habitación alfombrada, limpia y colmada de juguetes para escoger, un hombre le habla con calma y confianza. Poco a poco pasan las primeras tensiones y el niño responde a sus preguntas, le cuenta un secreto muy bien guardado: le dice todo lo que le hizo su amigo, el vecino, más de una vez, a unas puertas de su casa.
Por Sara Más

Más que permitirles expresarse en algunos espacios, facilitarles servicios de atención, ayuda y orientación, tenderles una mano, las personas transexuales, bisexuales, homosexuales y travestis en esta isla del Caribe –y en muchas partes del mundo– abogan y necesitan ser aceptadas como son.

Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

El niño es todo movimiento; sus manos no paran mientras juega con el muñeco de peluche, pero escasamente levanta la cabeza y habla en tono muy bajo.
Cerca, en la misma habitación alfombrada, limpia y colmada de juguetes para escoger, un hombre le habla con calma y confianza. Poco a poco pasan las primeras tensiones y el niño responde a sus preguntas, le cuenta un secreto muy bien guardado: le dice todo lo que le hizo su amigo, el vecino, más de una vez, a unas puertas de su casa.

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