La vida cambió de repente para la población de Cuba que en menos de 15 años experimentó el fin del socialismo en Europa y ahora vuelve a vivir la incertidumbre de la cercanía del enemigo.

"¿Quién viene después de Iraq?", es la pregunta que se hacen muchos dentro y fuera de esta isla del Caribe y para no pocas personas está clara la posibilidad de que Cuba entre en el esquema de la "guerra preventiva" de Estados Unidos.

Para analistas de diferentes tendencias, Washington tendría una razón más a su favor con el encarcelamiento este mes de más de 70 opositores al gobierno de Fidel Castro y el fusilamiento de tres secuestradores de una lancha de pasajeros el pasado día 11.

Ambas medidas generaron un amplio rechazo internacional y fueron un argumento más para la aprobación de una resolución crítica a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra.

La violencia genera violencia y las crisis internas o externas de Cuba, por muy graves que sean, no deben conducir al "uso precipitado y desproporcionado de medidas de fuerza justificadas por peligros reales o esperados", advierte un editorial de la revista católica Vitral.

"La fuerza política se demuestra por la capacidad de maniobra de un gobierno, por su capacidad de encauzar las fuerzas internas de su propia sociedad. Cuando un estado tiene que recurrir a medidas excepcionales es porque siente amenazada su estabilidad", asegura el texto.

Aparecido en el último número de la publicación del Arzobispado de Pinar del Río, a 140 kilómetros de La Habana, el editorial analiza la situación que en abril pasado desembocó en duras sanciones a un grupo de unos 70 disidentes políticos y a la ejecución de tres secuestradores de una lancha de pasajeros.

Cerrar "la puerta al diálogo, a la tolerancia, a la solución pacífica de las crisis" pone "en manos de los enemigos de nuestra soberanía y nuestra dignidad los motivos para entrar en la dinámica de la confrontación que a nadie más que a los violentos sirve", afirma.

Muchas personas comunes no consideran como violencia de género aquella que se enrosca entre sábanas y silencios, cuando una mujer presta su cuerpo para ser usado sexualmente. No reconocen como maltrato sexual la descarga seminal de un hombre que cree que ella ha de prestarse siempre para el acto sexual, si no con ganas, al menos dócilmente, que no es lo mismo pero a él le da igual.

Hace años me intereso por el tema de la violencia sexual. Investigo, escribo sobre este aspecto y las cartas que recibo, los correos electrónicos, son además un termómetro. Quizá por ello tengo la convicción de que no sólo es ruin, sinuosa y dañina para la salud mental femenina; resulta también muy secreta, tan secreta que apenas si se habla de ella.

Los medios de difusión, con frecuencia, reconocen el maltrato sexual desde el estupro, la lascivia, el acoso, la violación, que marcan, sin dudas, a cualquier mujer, adolescente o niña, si no para siempre, como huella que queda permanente en el recuerdo, como herida en el corazón.

Por Dalia Acosta

Hace días que le cuesta trabajo sonreír, levantarse en las mañanas, concentrarse en el trabajo o, simplemente, vivir. Apenas duró unos minutos y, aún así, no puede librarse del escalofrío en la piel, las imágenes en su memoria, las lágrimas que vuelven a sus ojos.
"Sentí miedo, asco, pero, sobre todo, mucha impotencia. Estábamos él y yo solos en aquella habitación, sin un testigo. Él con todo su prestigio y poder y yo una mujer que iba a pedir ayuda", cuenta una profesional cubana de 41 años que buscaba financiamiento para una iniciativa cultural.
El funcionario, que con anterioridad le había brindado su ayuda, se convirtió de pronto en acosador. "Me vino arriba, trató de besarme y sólo atiné a darle un empujón e irme", relata.
Casi dos décadas antes, su madre había vivido también una experiencia de acoso sexual en el ámbito laboral. Un proyecto que dirigía desapareció de la noche a la mañana y sin razón aparente. Todo porque ella se negó a tener relaciones sexuales con quien era su jefe directo.
"Entonces no hice ni dije nada, pero cuando supe lo que le pasó a mi hija no pude quedarme callada. Las cosas tienen un límite", asegura la madre, que solicitó el anonimato.
Tras varias cartas, la familia supo que el funcionario en cuestión fue "debidamente advertido para que situaciones como esa no se repitan"; sin embargo, conservó su puesto y también su prestigio. Ellas no lo llevaron a los tribunales; ni siquiera sabían que podían hacerlo.

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