La incapacidad de los tiempos modernos para resolver viejos problemas y el replanteamiento postmoderno de los paradigmas, nos incita a retomar algunos asuntos que hemos sedimentado en nuestro intelecto con el paso de los años y que quizá nos estén limitando para encontrar opciones frente a la violencia.

Si fuéramos a hacer un recuento histórico, tendríamos que concluir que la historia de la violencia no es otra que la de la humanidad misma. Desde sus antecedentes filogenéticos, el homo habilis no sólo se desarrolla al crear instrumentos para el trabajo (y aquí cabría replantearnos si realmente es el trabajo el determinante en la aparición del ser social), sino que estos rudimentarios instrumentos líticos, permitieron a los homínidos imponerse, al utilizarlos como armas contra su entorno hostil, en su afán de preservar la especie.

Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos-desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones. 

Las sociedades patriarcales —aún prevalecientes— se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólico-sociocultural que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

Después de casi dos décadas de estudiar la violencia, tanto en investigaciones sobre la prostitución como el maltrato infantil, asociado a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, me he percatado de que a cualquier individuo le resulta difícil confesar que ha sido víctima de esta dentro de su propia familia. 
Cuando hablamos de violencia, lo primero que nos viene a la mente son los golpes del hombre hacia la mujer, de la madre al hijo; manifestaciones que quedan encerradas en el silencio de cuatro paredes, dígase de una casa, un cuarto, un albergue.
A estos espacios los llamaré espacios vacíos, vacíos de afecto, amor y comunicación, dónde las personas no son capaces de expresar, con palabras, sus sentimientos, emociones y sensaciones de bienestar, e inician su “dominio” en espacio familiar, a manera de Violencia-Poder-Fuerza.

El título de este trabajo, tomado de un cartel de la artista Laura Moran, constituye una expresión de la ocurrencia, tras bambalinas, de la violencia cotidiana, invisibilizada para muchas y muchos porque transcurre en el día a día y porque, a pesar de los pesares, todavía es cuestión restringida a la vida privada.

La historia de América, una mujer que a los 50 aparenta tener menos años, hermosa, rubia, de ojos claros, vestida de blanco, elegante a la par que discreta; podría ilustrar el fenómeno.

Ella está casada, hace quince años, con Alberto, un mulato de buen ver, de 63 años, alto, fuerte. De esos cubanos que hay que mirar, a pesar de las “canas en las sienes”, a decir de las novelas del corazón.

Alberto es director de un conjunto musical con amplia demanda en el exterior, proveedor por excelencia del dinero, de los alimentos, de adornos y arreglos florares que a ella le “gustan” porque su placer es “tener la casa bonita, para sentirme bien”.

Cuenta América que dejó de trabajar porque “él me lo daba todo y me halagaba siempre”.

Su música suave sirvió de fondo para una relación “ideal”: “me encantaba que tocara lo que a mí me gustaba, sentía como si fuera su única inspiración”, dice. Y agrega que “esta relación con la música fue verdaderamente un puente de unión y una de las razones que contribuyó a que me enamorara de él”.

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