Por Raquel Sierra

Ernesto tiene 43 años y es alcohólico. Sentado a la entrada de su casa, se debate entre ir a buscar más bebida u ofrecerle disculpas a su esposa, quien se llevó a los niños a dormir a casa de una amiga, tras la violenta escena que desató el marido al llegar del trabajo.
No es la primera vez. Aunque generalmente es un hombre tranquilo, sabe que puede salirse de sus casillas, incluso sin tomar. Pero cuando ingiere alcohol sus reacciones son mucho más violentas.
El alcohol y la violencia no siempre andan juntos; sin embargo, en no pocas ocasiones, se acompañan. Según especialistas, aunque no generan la violencia, el alcohol y otras drogas son factores de riesgo, al reducir los umbrales de inhibición.
Mayda López, la esposa de Ernesto, ha buscado la ayuda que él todavía no acepta. "Fui al psicólogo, a Alcohólicos Anónimos y conversé muchas veces con él, pero no entiende que está enfermo y todos dicen que esa aceptación es el primer paso para darle una solución al problema. La situación resulta intolerable, y los niños, viéndolo así".
Por Sara Más

Aunque no faltan quienes identifican formas muy sutiles de violencia en su vida diaria, en Cuba muchas personas la siguen asociando, únicamente o en primer lugar, con acciones físicas muy evidentes, lo mismo dentro que fuera del hogar.
Ejercer la violencia es, sobre todo, agredir físicamente a una persona o violarla, según declararon 341 entrevistados, el 53 por ciento mujeres, que fueron consultados por SEMlac en seis provincias del país: Pinar del Río, Ciudad de La Habana, Cienfuegos, Villa Clara, Camagüey y Holguín.
El sondeo periodístico, con respuestas anónimas, fue ejecutado en 2006 y contó con el apoyo de la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (Cosude). Su propósito fundamental fue explorar cómo las personas identifican, valoran y viven las diferentes formas de violencia, ya sea como víctimas o ejecutoras.
"Mi padre fue mi vida, fue lo que más quise y fue también la persona que más violencia ejerció sobre mí, pero no puedo sentir odio ni rechazo hacia él. Después comprendí que papá trabajaba el día entero y éramos 12 hijos; no podía reaccionar de otro modo", contó a SEMlac una trabajadora estatal de 58 años, residente en la oriental provincia de Granma, ciudad a 733 kilómetros al este de la capital cubana.
Por Sara Más

Muchas personas admiten que existe y quienes estudian el tema lo consideran como la forma más común de manifestación de la violencia en la isla. Sin embargo, del maltrato emocional o psicológico apenas se habla o se le soslaya frente a otras expresiones más agresivas y violentas.
La realidad es que, conceptualmente hablando, no pocas personas suelen reconocer que la violencia psicológica existe, como también la física, la sexual o la económica, aunque no siempre se reconozcan a sí mismas como víctimas o victimarios.
Un sondeo de opinión realizado por SEM en la provincia de Cienfuegos, a más de 250 kilómetros al este de la capital, constató que no faltan quienes han padecido ese tipo de actos, aunque no siempre con una clara percepción de los hechos.
"Es posible", fue la respuesta de un trabajador estatal, de más de 50 años de edad, al preguntársele si había sido víctima, alguna vez, de algún tipo de violencia. Su frase, quizá, no era dubitativa, sino más bien afirmativa, como la de alguien que se detiene por primera vez a pensarlo, pues de inmediato admitió haber sufrido gritos, golpes, ofensas, humillaciones, amenazas de palabra, de gestos y hasta silencios forzosos de parte de familiares, en diferentes momentos de su vida.
Por Sara Más

No sabe definir en qué momento su relación pasó del amor a la amargura, pero Magdalena Benítez asegura que los últimos cinco años de su matrimonio “fueron un verdadero infierno”.
Benítez, habanera, profesional y madre de dos hijos, reconoce que le fue muy difícil decidir el divorcio, asumir la soltería e iniciar una nueva vida: “A todo te acostumbras poco a poco, y un buen día te das cuenta de que, por ese camino, te da lo mismo que te griten o que te ignoren”.
La suya es una historia común y cotidiana, aparentemente normal y repetida: se enamoró apasionadamente a los 25 años, se casó a los 28 y parió el primer hijo al siguiente año. El segundo llegó justo antes de ella cumplir los 31.
“Primero pensé que mi suegra era la fuente de todos mis conflictos, porque siempre quería opinar y decidir sobre nuestras vidas. Pero luego nos fuimos a vivir solos, mi marido, mis hijos y yo, y todo en vez de mejorar, empeoraba”, relata a SEMlac.

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