Por Sara Más

Además de aprender a reconocer la violencia en sus formas más sutiles, pasar de la pasividad a la denuncia y educar en la tolerancia y la equidad, poco puede avanzarse en la erradicación de ese mal si no se vencen las falsas creencias que le acompañan.
"Los mitos salen de la gente y con el tiempo se van convirtiendo en leyes no escritas", afirma Silvia García, psicóloga cubana e investigadora del Ministerio de Justicia. Y también impiden ver claramente los motivos reales que amparan el abuso.
Que las mujeres son masoquistas y les gusta el maltrato, que los abusadores son hombres con trastornos o actúan así por culpa del alcohol, son algunas de esas convicciones.
También se cree "que los más pobres y menos educados son los más violentos", comprobó la especialista entre mujeres y varones de una localidad de la capital cubana.
Pero "si se tratara sólo de hombres con trastornos, sería mucho más fácil de resolver", sostiene la psicóloga.
Por Sara Más

Las creencias y prejuicios establecidos por el tiempo y aún vigentes en la actualidad no sólo mediatizan una comprensión realista y abarcadora del fenómeno de la violencia, sino que, a veces, la naturalizan y legitiman.
"En Cuba hay pocos esposos que agreden a las mujeres, hemos eliminado esos rasgos del pasado", aseguró a SEMlac un joven de 28 años, técnico medio y trabajador estatal, residente en La Habana.
La suya es una entre varias opiniones que, bajo absoluto anonimato, ofrecieron más de 300 personas consultadas por SEMlac en seis provincias del país. El sondeo periodístico, realizado con apoyo de la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (Cosude), abarcó los territorios de Pinar del Río, Ciudad de La Habana, Cienfuegos, Villa Clara, Camagüey y Holguín.
De acuerdo con las respuestas más reiteradas, los mitos más enraizados en la población consultada tienen que ver con las causas que motivan este tipo de actos, entre las cuales apenas se hizo referencia a los desequilibrios de poder entre víctimas y agresores, ni a la transmisión de este tipo de relaciones en la vida familiar y social.
Por Raquel Sierra

Ernesto tiene 43 años y es alcohólico. Sentado a la entrada de su casa, se debate entre ir a buscar más bebida u ofrecerle disculpas a su esposa, quien se llevó a los niños a dormir a casa de una amiga, tras la violenta escena que desató el marido al llegar del trabajo.
No es la primera vez. Aunque generalmente es un hombre tranquilo, sabe que puede salirse de sus casillas, incluso sin tomar. Pero cuando ingiere alcohol sus reacciones son mucho más violentas.
El alcohol y la violencia no siempre andan juntos; sin embargo, en no pocas ocasiones, se acompañan. Según especialistas, aunque no generan la violencia, el alcohol y otras drogas son factores de riesgo, al reducir los umbrales de inhibición.
Mayda López, la esposa de Ernesto, ha buscado la ayuda que él todavía no acepta. "Fui al psicólogo, a Alcohólicos Anónimos y conversé muchas veces con él, pero no entiende que está enfermo y todos dicen que esa aceptación es el primer paso para darle una solución al problema. La situación resulta intolerable, y los niños, viéndolo así".
Por Sara Más

Aunque no faltan quienes identifican formas muy sutiles de violencia en su vida diaria, en Cuba muchas personas la siguen asociando, únicamente o en primer lugar, con acciones físicas muy evidentes, lo mismo dentro que fuera del hogar.
Ejercer la violencia es, sobre todo, agredir físicamente a una persona o violarla, según declararon 341 entrevistados, el 53 por ciento mujeres, que fueron consultados por SEMlac en seis provincias del país: Pinar del Río, Ciudad de La Habana, Cienfuegos, Villa Clara, Camagüey y Holguín.
El sondeo periodístico, con respuestas anónimas, fue ejecutado en 2006 y contó con el apoyo de la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (Cosude). Su propósito fundamental fue explorar cómo las personas identifican, valoran y viven las diferentes formas de violencia, ya sea como víctimas o ejecutoras.
"Mi padre fue mi vida, fue lo que más quise y fue también la persona que más violencia ejerció sobre mí, pero no puedo sentir odio ni rechazo hacia él. Después comprendí que papá trabajaba el día entero y éramos 12 hijos; no podía reaccionar de otro modo", contó a SEMlac una trabajadora estatal de 58 años, residente en la oriental provincia de Granma, ciudad a 733 kilómetros al este de la capital cubana.

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