Por Sara Más

No sabe definir en qué momento su relación pasó del amor a la amargura, pero Magdalena Benítez asegura que los últimos cinco años de su matrimonio “fueron un verdadero infierno”.
Benítez, habanera, profesional y madre de dos hijos, reconoce que le fue muy difícil decidir el divorcio, asumir la soltería e iniciar una nueva vida: “A todo te acostumbras poco a poco, y un buen día te das cuenta de que, por ese camino, te da lo mismo que te griten o que te ignoren”.
La suya es una historia común y cotidiana, aparentemente normal y repetida: se enamoró apasionadamente a los 25 años, se casó a los 28 y parió el primer hijo al siguiente año. El segundo llegó justo antes de ella cumplir los 31.
“Primero pensé que mi suegra era la fuente de todos mis conflictos, porque siempre quería opinar y decidir sobre nuestras vidas. Pero luego nos fuimos a vivir solos, mi marido, mis hijos y yo, y todo en vez de mejorar, empeoraba”, relata a SEMlac.

La incapacidad de los tiempos modernos para resolver viejos problemas y el replanteamiento postmoderno de los paradigmas, nos incita a retomar algunos asuntos que hemos sedimentado en nuestro intelecto con el paso de los años y que quizá nos estén limitando para encontrar opciones frente a la violencia.

Si fuéramos a hacer un recuento histórico, tendríamos que concluir que la historia de la violencia no es otra que la de la humanidad misma. Desde sus antecedentes filogenéticos, el homo habilis no sólo se desarrolla al crear instrumentos para el trabajo (y aquí cabría replantearnos si realmente es el trabajo el determinante en la aparición del ser social), sino que estos rudimentarios instrumentos líticos, permitieron a los homínidos imponerse, al utilizarlos como armas contra su entorno hostil, en su afán de preservar la especie.

Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos-desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones. 

Las sociedades patriarcales —aún prevalecientes— se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólico-sociocultural que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

Después de casi dos décadas de estudiar la violencia, tanto en investigaciones sobre la prostitución como el maltrato infantil, asociado a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, me he percatado de que a cualquier individuo le resulta difícil confesar que ha sido víctima de esta dentro de su propia familia. 
Cuando hablamos de violencia, lo primero que nos viene a la mente son los golpes del hombre hacia la mujer, de la madre al hijo; manifestaciones que quedan encerradas en el silencio de cuatro paredes, dígase de una casa, un cuarto, un albergue.
A estos espacios los llamaré espacios vacíos, vacíos de afecto, amor y comunicación, dónde las personas no son capaces de expresar, con palabras, sus sentimientos, emociones y sensaciones de bienestar, e inician su “dominio” en espacio familiar, a manera de Violencia-Poder-Fuerza.

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