“Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. 

Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes”.                                                                                         Pierre Desproges.

La posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas e insinuaciones es lo que se llama “violencia perversa” o “acoso moral”, fenómeno universal del cual no está exenta nuestra sociedad.

Analizar la especificidad de la relación perversa nos previene contra cualquier intento de trivialización. Por ello considero importante que las personas conozcan el funcionamiento de ese proceso en la pareja, la familia y el trabajo: una especie de espiral depresiva, cuando no suicida, que arrastra irrevocablemente a las víctimas en su caída mortal.

Isabel era feliz. Se cumplía el sueño de tener casa propia. Era un pequeño apartamento, el sexto al final de un pasillo angosto, que se le antojaba un palacio al compararlo con aquel sofá-cama acomodado en la sala de la casa de los padres, testigo de su intimidad de mujer recién casada. Ahora, que vinieran los hijos.

Pero, a poco de instalarse en el añorado hogar, una madrugada despertó entre gritos y ofensas, ruido de objetos que se estrellaban contra las paredes y amenazas de muerte. Los hijos de la familia más cercana a su casa peleaban como perros y gatos, alcohol por medio.

El estreno de la película Brokeback montain, del director Ang Lee, provocó, como todo buen arte, la intranquilidad en muchos de sus espectadores. La historia de amor entre dos cowboys estadounidenses, en la década del cincuenta, cuestionaba no solo la fragilidad de los paradigmas de la masculinidad hegemónica, sino la hipocresía de una sociedad injusta y sumamente agresiva, que llevó a la infelicidad a ambos personajes, para quienes fue imposible sobreponerse a prejuicios y exigencias sociales. La muerte a golpes de uno de ellos, al ser descubierta su identidad homosexual, constituye crítica eficaz a la violencia con que las sociedades patriarcales, basadas en los preceptos de una cultura judeo-cristiana y heteronormativa, han segregado por siglos a todo lo "distinto" a su sistema de reglas.

Fresa y chocolate, la genial película del cubano Tomás Gutiérrez Alea, hizo también visible la discriminación sexual latente en la sociedad cubana, al narrar la amistad entre un gay y un joven estudiante universitario, militante de la juventud. El acercamiento entre ambos retrataba a dos mundos aparentemente contrapuestos pero posibles de unificar en los afectos, como un canto a la necesidad de aceptación y de respeto entre todos los seres humanos.

Para quienes estamos comprometidos con alcanzar relaciones entre hombres y mujeres, signadas por la equidad, el respeto y el diálogo, fomentar una cultura de paz que revierta la violencia que subyace en las actuales relaciones de género se convierte en un objetivo ineludible.

Educar a las nuevas generaciones a través de la comprensión de las múltiples formas que adopta la violencia, la manera en que la construcción social de género se convierte en un catalizador de esta, y en la búsqueda de soluciones necesarias para eliminarla, se ha convertido en un elemento de prioridad dentro del trabajo de instituciones y especialistas que investigan el tema.

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