Por Sara Más

Elevar la valoración de sí mismas y su satisfacción e independencia personales son acciones que ayudan a las mujeres maltratadas a romper el ciclo de la violencia doméstica para poder salir de esas situaciones, con apoyo especializado, han comprobado especialistas en Cuba.
Profesionales de diversas disciplinas que atienden casos de este tipo en Bayamo, ciudad a 733 kilómetros al este de la capital cubana, sostienen que muchas veces las víctimas del maltrato se sienten incapacitadas de romper por sí mismas la dinámica de la violencia y necesitan, por tanto, la ayuda de terceras personas.
"Han establecido una relación de dependencia emocional que, en ocasiones, desemboca en trastornos psicológicos y problemas de salud, pues la ruptura de la relación propicia en ellas sentimientos de angustia y frustración", aseguran la socióloga María de los Ángeles Chávez y la psiquiatra Raida Rodríguez.
En su investigación "Comportamiento de la Conducta Autodestructiva en Mujeres Violentadas, atendidas por la Casa provincial de Orientación a la Mujer y la Familia en la provincia Granma", ambas autoras reconocen la presencia de la violencia doméstica en sus diversas manifestaciones.
Entre estas incluyen la descalificación, la humillación delante de los hijos u otras personas, las restricciones a su libertad, así como el excesivo control y posesión.
Por Sara Más

Lejos de lo que mucha gente suele pensar, la violencia no se da sólo entre personas iletradas, en barrios pobres, marginales o grupos de bajo nivel de instrucción.
A más de 250 kilómetros al este de La Habana, Cienfuegos es, para Ederly Cordero Carbonell, una ciudad "de un alto nivel cultural", pero eso no libra a sus profesionales "de padecer la violencia, en todas sus manifestaciones", asegura.
Con una población de 330.000 habitantes, se trata de una ciudad donde el 66 por ciento de la fuerza técnica y profesional está integrada por mujeres. Estas también se ven envueltas en situaciones de maltrato familiar y de pareja, la mayoría de las veces como víctimas.
"El tratamiento que necesitan es mucho más especializado", explica Cordero, graduada de Filosofía e Historia y al frente, desde hace dos años, de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en el municipio cabecera de la provincia.
La FMC es la única organización femenina en la isla que agrupa a las cubanas mayores de 14 años a nivel de barrio, poco más de cuatro millones de mujeres.
Tan difícil es atender y solucionar sus historias de maltratadas, como detectar su situación, porque si una característica distingue a la violencia entre profesionales es que suele ser todavía más silenciada que en el resto de la población.
Por Raquel Sierra

Son historias verídicas. Teresa, "la mocha", perdió la mano por una violenta cuchillada de su esposo. Angelita, "la ciega", fue víctima de una golpiza que la dejó prácticamente sin visión. La joven Cosette lleva en su frente y su mejilla las huellas de su victimario, su novio.
Todos esos hechos ocurrieron en la ciudad de Camagüey, 534 kilómetros al este de La Habana. Otra Teresa, veterinaria de 48 años, tuvo mejor suerte. Ni su cuerpo ni su cara muestran marcas de violencia. No así su alma.
"Pasados 30 años, lo recuerdo como ayer", dice esta mujer, cuyos ojos comienzan a rodearse de finas arrugas.
"Yo tenía 19 años. Él, Enrique, tres años mayor, era el muchacho más lindo del barrio y se preciaba de serlo. Todas lo deseaban y la mayoría lo conseguía. Un día se fijó en mí", cuenta con una mezcla de pudor y rabia.
"Yo estaba en el preuniversitario. Nos hicimos novios. Un día no quiso conformarse con los juegos amorosos y me forzó a tener relaciones sexuales. Salí embarazada y me hice una interrupción. Mi madre quiso que nos casáramos y ahí estuvo el segundo error".
Calla por unos minutos. Le cuesta desahogarse de ese pasado que preferiría olvidar, pero que la persigue siempre.
"Ni sé por qué quería casarse conmigo. Me coaccionaba, decía que nadie me iba a querer ni se casaría conmigo, que solo él lo haría".
Durante la luna de miel, "más bien de hiel", Teresa quedó embarazada. "Lo que muchas recuerdan como una etapa linda, fueron para mí nueve meses de tortura", dice.
Por Ilse Bulit

Noche de sábado. Reunión de amigos profesionales. Ahora la rodean a ella, indagando. Fue entrevistada en la televisión por su último éxito investigativo. Su esposo sonríe y escucha en silencio. Su mirada es más fría que el cubito de hielo que menea su dedo en el vaso con ron.
Otra mujer, otro hombre, idéntico proceder: con alegría, ella entra en el hogar. Corre al dormitorio en busca del esposo. Lo abraza, mientras le grita un "¡me publicarán mi tesis!". El pronuncia un inaudible "felicidades".
En apariencia, la vida continuará su ritmo normal en ambas parejas. El recogerá al niño en la guardería, irá al centro comercial en busca de la leche y hasta podrá ayudarla en la limpieza general del fin de semana. Sin embargo, una minúscula grieta se ha abierto entre estas parejas.
La falta del reconocimiento de sus alcances intelectuales daña a la mujer en su dignidad humana. Es un golpe traidor que no deja huellas en el cuerpo, es un puñal invisible bien dirigido a la mente y los sentimientos femeninos.
Descartamos aquí a los esposos que colocan trabas materiales al crecimiento individual de la mujer. Estos repiten frases conocidas, con toques al corazón: "los niños te necesitan", "¿qué será del hogar?", "primero, yo haré mi doctorado". Estos son más explícitos, porque provocan la confrontación y exigen definiciones rápidas.
Los otros continuarán siendo admirados en su barrio por la ayuda prestada a su cónyuge. Y, si la sutil discriminación de él cobra primeros dividendos, ella podrá sentirse hasta culpable.

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