Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos-desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones. 

Las sociedades patriarcales —aún prevalecientes— se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólico-sociocultural que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

Después de casi dos décadas de estudiar la violencia, tanto en investigaciones sobre la prostitución como el maltrato infantil, asociado a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, me he percatado de que a cualquier individuo le resulta difícil confesar que ha sido víctima de esta dentro de su propia familia. 
Cuando hablamos de violencia, lo primero que nos viene a la mente son los golpes del hombre hacia la mujer, de la madre al hijo; manifestaciones que quedan encerradas en el silencio de cuatro paredes, dígase de una casa, un cuarto, un albergue.
A estos espacios los llamaré espacios vacíos, vacíos de afecto, amor y comunicación, dónde las personas no son capaces de expresar, con palabras, sus sentimientos, emociones y sensaciones de bienestar, e inician su “dominio” en espacio familiar, a manera de Violencia-Poder-Fuerza.

El título de este trabajo, tomado de un cartel de la artista Laura Moran, constituye una expresión de la ocurrencia, tras bambalinas, de la violencia cotidiana, invisibilizada para muchas y muchos porque transcurre en el día a día y porque, a pesar de los pesares, todavía es cuestión restringida a la vida privada.

La historia de América, una mujer que a los 50 aparenta tener menos años, hermosa, rubia, de ojos claros, vestida de blanco, elegante a la par que discreta; podría ilustrar el fenómeno.

Ella está casada, hace quince años, con Alberto, un mulato de buen ver, de 63 años, alto, fuerte. De esos cubanos que hay que mirar, a pesar de las “canas en las sienes”, a decir de las novelas del corazón.

Alberto es director de un conjunto musical con amplia demanda en el exterior, proveedor por excelencia del dinero, de los alimentos, de adornos y arreglos florares que a ella le “gustan” porque su placer es “tener la casa bonita, para sentirme bien”.

Cuenta América que dejó de trabajar porque “él me lo daba todo y me halagaba siempre”.

Su música suave sirvió de fondo para una relación “ideal”: “me encantaba que tocara lo que a mí me gustaba, sentía como si fuera su única inspiración”, dice. Y agrega que “esta relación con la música fue verdaderamente un puente de unión y una de las razones que contribuyó a que me enamorara de él”.

La violencia es uno de los fenómenos más extendidos actualmente en el planeta y no sólo vinculado a situaciones de abierto conflicto. En nuestra vida cotidiana se hace tan común, que se naturaliza.
Reconocer que la violencia se da en múltiples formas, grados y ocurre en cualquier medio social, es fundamental para visibilizarla.
Recibimos a una señora de 40 años llamada cariñosamente Lola, casada desde hace 20 años: hoy es ama de casa, tiene dos niños y antes de parir a su segundo hijo trabajaba en una farmacia.
Ella nos explica,… “me siento muy mal, estoy siempre cansada, no me alcanza el tiempo para nada. En la casa siempre hay que hacer algo, y más con eso del alquiler en el que mi esposo quiso meterse. Es una esclavitud, debo atender la casa, a los niños, lavar, limpiar diario las habitaciones de los turistas; apenas tengo tiempo para mí.
“Mi esposo se ocupa de atender el negocio, él cree que con eso de anotar en el libro, de ir a inmigración, a las reuniones, es todo. Luego, cuando llega la noche, estoy muerta, y entonces se pone bravo porque yo no tengo deseos, y te digo más: a veces yo lo hago sin deseos porque, figúrate, se va a pensar que ya no me gusta, o quién sabe si se busca otra por ahí, si es que ya no la tiene, porque yo ni caso le hago. Como pelea por todo, tenemos discusiones casi a diario, porque él se va para la calle y viene a lo hora que le parece, con dos o tres cervecitas de más, y no hay quien le pregunte nada”.

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