El debate sobre acoso sexual callejero en Cuba renueva la polémica sobre el exhibicionismo, el voyerismo y el froteurismo como expresiones de violencia sexual contra las mujeres.

“Es frecuente que vayas caminando y un hombre te diga o te grite que estás buena o bonita. Pero hay otras manifestaciones del acoso sexual callejero que son más agresivas”, reconoce la comunicadora Karen Alonso.

El acoso es una de las maneras en que más frecuentemente se manifiesta la violencia de género. Y una de las más naturalizadas. Sufrido en su mayoría por mujeres en espacios públicos, justo esa naturalización se incluye entre los principales desafíos para su prevención y eliminación. En la legitimación de este tipo de prácticas, sostenidas sobre estereotipos patriarcales, la comunicación ha jugado -y juega- un papel fundamental.

Al cierre de la semana internacional contra el acoso callejero, No a la Violencia invita a cuatro periodistas involucrados con el activismo de género a dialogar sobre el acercamiento a este tipo de violencia desde los medios de prensa y la comunicación pública. Esta vez responden a nuestras interrogantes Carolina García Salas, investigadora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), Jesús Muñoz Machín, integrante de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (RIAM), Mónica Lezcano Lavandera, de Juventud rebelde y parte del proyecto Escaramujo, y Zulema Samuel del Sol, activista del proyecto MÁS, de la Facultad de Comunicación.

En los medios de prensa, y desde publicaciones especializadas, afloran historias que obligan a decirlo con dureza y serenidad: la violencia contra la mujer existe en Cuba. A finales de 2016, un equipo de investigación en el Instituto Minero-Metalúrgico de Mao[1], al este del archipiélago cubano, colocó en perspectiva un tema que merece la mayor atención posible. Sus integrantes concluyeron que, frente al total de la población de esa zona semiurbana, era elevada la cifra de mujeres, niñas y adolescentes víctimas de violencia de género.

Son grandes los avances de la ciencia y la tecnología a nivel mundial y muchos los cambios que traen a todas las esferas de la vida. Sin embargo, las familias continúan siendo pilar fundamental de la sociedad y cumplen funciones que son irreemplazables, por lo que se impone un trabajo intencionado de promoción y prevención para eliminar todas las manifestaciones de violencia que ocurren al interior de los hogares. La violencia intrafamiliar se ha convertido en un flagelo global: visibilizarlo y atenderlo es un desafío urgente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia es “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”[1].

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