Múltiples han sido los esfuerzos desde las ciencias sociales para impulsar propuestas participativas, dialógicas y que generen un sentido de identidad y compromiso en las organizaciones laborales. A ello se une los acelerados procesos de cambio y reordenamiento económico que vive el sector empresarial productivo y de servicios en nuestra sociedad, marcando una dinámica que se enfoca con más fuerza en la rentabilidad, en elevar los niveles de ingresos y garantizar así un flujo en su gestión, que tribute a elevar la calidad de vida y el bienestar subjetivo de los individuos.

Las brechas legislativas en materia de violencia de género y salud sexual y reproductiva en Cuba hacen que juristas y especialistas se inclinen por un ejercicio más proactivo para defender los derechos de niñas, niños, adolescentes y mujeres.

Estudios locales y sondeos de opinión en Cuba señalan que la violencia psicológica es la más recurrente entre las expresiones del maltrato sexista hacia las mujeres y las niñas, que viven los impactos de la también conocida violencia sin golpes.

La comunidad es un espacio vivo donde se entretejen las redes y relaciones diversas que marcan la cotidianidad de un país. Tanto especialistas como activistas en la atención y prevención de la violencia de género la consideran un escenario ideal para articular acciones encaminadas a erradicar este doloroso fenómeno social. ¿Pero cuáles son las claves que hacen de la comunidad ese espacio propicio, ideal para la prevención de la violencia? ¿Cómo aprovecharlas? Para reflexionar sobre el tema, No a la Violencia invitó a la máster en Ciencias Zulema Hidalgo Gómez, especialista del Centro “Oscar Arnulfo Romero y a la profesora Yerisleydys Menéndez García, coordinadora del proyecto comunitario Escaramujo, en la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana.

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