Son grandes los avances de la ciencia y la tecnología a nivel mundial y muchos los cambios que traen a todas las esferas de la vida. Sin embargo, las familias continúan siendo pilar fundamental de la sociedad y cumplen funciones que son irreemplazables, por lo que se impone un trabajo intencionado de promoción y prevención para eliminar todas las manifestaciones de violencia que ocurren al interior de los hogares. La violencia intrafamiliar se ha convertido en un flagelo global: visibilizarlo y atenderlo es un desafío urgente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia es “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”[1].

Una de las manifestaciones frecuentes de violencia es la intrafamiliar. Se entiende como aquella acción violenta cometida por algún miembro de la familia en detrimento de otro, afectando su integridad física o mental; así como su adecuado desarrollo y bienestar. Como en otros escenarios de la violencia, esta puede ser de tipo físico, psicológico u otro. Entender su alcance, manifestaciones y posibles consecuencias resulta vital para poder trabajar en su erradicación.

En espacios anteriores de SEMlac y en otros intercambios con especialistas hemos conversado sobre la violencia y el acercamiento metodológico para su investigación, partiendo de comprender las dificultades para obtener información fiable y verdadera sobre el tema. Esta necesidad se deriva de las propias características del fenómeno de la violencia, que suele considerarse privado y no permite la inclusión de una tercera persona cuando ocurre en el ámbito de una pareja, o de alguien ajeno cuando es una familia. Por tanto, cuesta mucho conseguir un acercamiento eficaz a las parejas o familias afectadas, lo cual obliga a revisar con mucho detalle la metodología de las investigaciones.

A falta de servicios integrales y protocolos para atender y prevenir la violencia machista, académicas y activistas desarrollan un modelo comunitario que articula acciones de este tipo en diferentes barrios de la capital cubana.

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