Vejez con rostro de mujer

Por Sara Más / Foto: Carmona [23-04-2007]

Gilda Camino tiene una frase predilecta cuando habla del antiguo Convento de Belén, en la capital cubana, y del grupo de más de 500 ancianos, la mayoría mujeres, que allí se encuentran a diario: “Es mi remanso de paz”, asegura esta señora de 72 años.

Cada mañana, sus pasos la llevan a la vetusta edificación religiosa del siglo XVIII habanero, en el centro histórico de la ciudad, y cada día encuentra allí nuevos motivos para sentirse feliz de estar viva. “La vejez sólo la siento en la piel, porque mi alma y mi corazón siguen siendo jóvenes”, comenta Camino, con más de 15 años al frente del “círculo de abuelos”, un grupo de personas adultas y ancianas que allí se reúnen.

La suya es una historia cada vez más común en la Cuba actual, donde la vida confirma el implacable pronóstico de las estadísticas y los demógrafos: una población progresivamente más reducida y envejecida.

Camino no cree, sin embargo, que con la vejez se termine la vida. Eso lo aprendió, de algún modo, con sus semejantes. “Llegué al grupo desanimada, enferma de los nervios, pero aquí he renacido”, confiesa.

En los amplios salones y patios del convento cada cual elige lo que quiere hacer, según su vocación y preferencia, pues además de los ejercicios físicos funcionan talleres para costura, artesanía, clases de canto, artes plásticas, teatro y espacios de juego, entre otras opciones para emplear útil y satisfactoriamente el tiempo.

Con una temprana transición demográfica, que combina el paso de altas a bajas tasas de fecundidad y un aumento de la esperanza de vida, la población cubana tiende a envejecer progresivamente. En la actualidad, el 16 por ciento de sus habitantes se incluye en el segmento de 60 y más años de edad.

El envejecimiento, el mayor reto demográfico que afronta actualmente la nación caribeña, se hará mayor en el futuro, pero tiene larga data, como herencia de los patrones culturales y de fecundidad que llegaron a la isla con la inmigración española.

“En la década del cincuenta del siglo pasado, ya Cuba se incluía en la lista de países con un bajo crecimiento demográfico, junto a Chile, Argentina y Uruguay”, comenta Alfonso Farnós, oficial cubano del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Esa tendencia se quebró en la década del sesenta del pasado siglo, momento del llamado “baby boom” cubano, cuando nacieron 250.000 niños y niñas, anualmente, como promedio. Fueron años de alta natalidad y las parejas tenían hasta cinco o seis descendientes.

Pero esa es ya historia antigua en muchos países, fundamentalmente desarrollados, y también en la isla caribeña. “Fue el crecimiento típico, posterior a cualquier conflicto bélico, pero inmediatamente retornó a valores bajos”, comenta Farnós.

Los cálculos del demógrafo indican que, en un siglo, los patrones cambiaron de seis hijos por pareja, como promedio, a menos de dos. En tanto, la población de 60 y más años de edad varió de cinco por ciento a 16 por ciento, en igual lapso.

Hace casi dos décadas que las cubanas no dejan, al final de su vida fértil, una hija que las reemplace en su función reproductiva. Aunque esta no es la única causa del bajo crecimiento poblacional y el envejecimiento en la isla, sí es una variable determinante.

Mientras arma, imaginariamente, un escenario demográfico perfecto, pero improbable para Cuba, Farnós asegura que “lo ideal sería que cada pareja tuviera dos hijos o más que garantizaran la reproducción y que, proporcionalmente, por cada 20 jóvenes y 20 ancianos, 60 personas trabajaran”. Pero, volviendo a la realidad, comenta: “Yo diría que hay que convencer a las parejas para que tengan, al menos, dos hijos”.

Entre las variables de la baja fecundidad, los especialistas advierten, en primer lugar, la elevación del nivel cultural y educativo de las mujeres y su incorporación a la vida social. De ello se deriva, en parte, la postergación de la maternidad, la reducción de la expectativa de hijos deseados y hasta la decisión de no tenerlos, para dar prioridad a otros planes personales.

Por otro lado, las dificultades económicas, la falta de viviendas y servicios de apoyo a la familia y la convivencia en grupos familiares amplios, donde confluyen varias generaciones, llevan a aplazar primero, y a veces desechar después, la idea de conformar una nueva familia o la decisión de tener descendencia. También incide la migración externa, pues la mayoría de las personas que emigran lo hacen durante la etapa reproductiva.

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