La violencia laboral se genera en las relaciones sociales en el trabajo o durante el desempeño de este y está mediada por relaciones de clase, género y etnia, entre otros elementos. Tiene relación con prácticas sociales discriminatorias, a la vez que responde a formas de organización del trabajo, orientadas a influir sobre su rendimiento.

Los hechos violentos sufridos deben ser considerados accidentes de trabajo y deben otorgárseles a los trabajadores todo tipo de prestaciones que requieran, pues ha quedado demostrado que ocurren cuando lo permiten factores de tipo objetivo, como son las condiciones y medio ambiente laboral, la insuficiencia de personal ante una demanda creciente de trabajo y las malas condiciones de infraestructura.

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La división sexual del trabajo es aquella distribución de las esferas de producción que se estructura a partir del sexo de las personas y genera inequidades de género. Estas se expresan en la dicotomía trabajo productivo-reproductivo y en la segmentación del mercado de trabajo. Las teorías de género ayudan a la comprensión de estos temas.

Sobre la variable género, las diferencias entre hombre – mujer, las inequidades, la división sexual del trabajo y los estereotipos presentes alrededor de todo ello, George Ritzer apuntaba que las diferencias de género marcan diferencias psicológicas, biológicas e institucionales[1]. En el caso de las mujeres, este considera la responsabilidad de la maternidad como uno de los principales determinantes de la más amplia división sexual del trabajo, que vincula a las mujeres en general con las funciones de esposa, madre y ama de casa; con la esfera privada del hogar y la familia y, por tanto, con una serie de eventos y experiencias vitales muy diferentes a las de los hombres.

La división sexual del trabajo aún está presente en nuestras sociedades porque aun cuando se alteraron algunas de sus modalidades, sus principios esenciales siguen presentes: la separación del trabajo de hombres y mujeres, y una jerarquización en la que los hombres tienen acceso al trabajo con mayor valor agregado y no asumen de modo efectivo la responsabilidad del trabajo doméstico y de la atención a los miembros de la familia.

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“Cuando una mujer tiene confianza en sí misma, es dueña del mundo y tiene el poder de cambiarlo”.

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti: 1-7)

En su memorable “Ética a Nicómaco”, Aristóteles escribía, hace ya algún tiempo: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

¡Qué razón tenía el estagirita! ¡Cuán espinoso es el camino para entenderse con los otros!

Resulta que las relaciones humanas constituyen procesos básicamente psicosociales, cuya finalidad es unir y trazar relaciones entre las personas, lo suficientemente estables como para que se puedan formar colectividades, tanto en lo que es común, como en las diferencias. Basta con analizar la historia de la humanidad para percibir que gran parte de los conflictos y desacuerdos entre los seres humanos provienen de la incapacidad para crear y mantener relaciones adecuadas entre ellos.

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La violencia, en tanto fenómeno social, ha estado presente desde los primeros vestigios de la sociedad, transitando a través de las diferentes formaciones económicas y sociales sucedidas a lo largo de la historia de la humanidad.

Hoy día la violencia contra las mujeres, sin importar su orientación sexual ni su identidad de género, se ha reconocido como un problema a escala mundial y un grave obstáculo para el desarrollo, la salud y la paz. Su puesta en discusión como tema de debate internacional ha permitido apenas visualizar la punta del iceberg de la victimización femenina en el hogar, el trabajo y la sociedad, una situación invisibilizada durante mucho tiempo.

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La violencia es un comportamiento aprendido, sostienen especialistas; por tanto, también puede “desaprenderse”. Muchas reflexiones teóricas apuntan a la necesidad de trabajar con públicos jóvenes y adolescentes para promover acciones de prevención ante todo tipo de maltrato. ¿Cómo funciona en este caso el activismo de pares? ¿Cómo personas jóvenes, comprometidas con este tema, pueden influir en sus contemporáneos? Tres activistas, integrantes de diferentes proyectos que trabajan prevención de violencia desde puntos de partida diversos, comparten sus criterios con No a la Violencia. Ellos son Karen Alonso Zayas, comunicadora social e integrante del Proyecto Escaramujo, de trabajo con adolescentes; Yasmani Díaz Figueroa, especialista del área de Equidad Social, Género y Desarrollo del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR) y coordinador de su Articulación Juvenil por la Equidad Social; y Ulises Padrón Suarez, coordinador nacional de la Red de Jóvenes por la Salud y los Derechos Sexuales, del Centro Nacional de Educación Sexual.

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Aurelí, Pedro Luis, Arcelio y Yuri viven en diferentes provincias cubanas, sus historias son diversas pero confluyen en la Articulación Juvenil por la equidad social, iniciativa que apuesta por la transformación desde las nuevas generaciones.

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Un grupo de narradoras cubanas llaman la atención sobre la violencia machista desde sus relatos en la antología Sombras nada más. 36 escritoras cubanas contra la violencia hacia la mujer, presentada el pasado 11 de febrero en la XVI Feria del Libro de La Habana. "En nuestro país el tema de la violencia contra la mujer es aún tabú, y pensarlo como un tema de discusión pública todavía parece una utopía demasiado irreal", destacó la ensayista Zaida Capote Cruz durante la presentación del volumen.
Para la crítica literaria esta iniciativa representa una muestra de solidaridad y un "gesto colectivo contra la violencia instaurada como práctica cotidiana".
La antología es fruto de la idea original de la escritora y poeta Marilyn Bobes y contó con la selección de la narradora Laidi Fernández de Juan.

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La ausencia de mecanismos eficaces para atender a mujeres y niñas que viven situaciones de violencia es una de las fallas actuales en la respuesta a este problema social, señalaron especialistas y asistentes al panel "Desafíos actuales para la atención integral y la prevención de la violencia hacia las mujeres y las niñas en Cuba", realizado el 2 de febrero en la capital cubana.

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En el caso de las mujeres, la violencia estructural se refleja mejor en el concepto de dominación, algo que va más allá de lo económico. Se trata de una violencia de género derivada del lugar que ellas ocupan en el orden económico y de poder hegemónicos. El que la estructura de la propiedad y de los salarios sea desigual, cobrando menos las mujeres por trabajos iguales a los de los hombres; que la pobreza en el mundo tenga rostro de mujer –la feminización de la pobreza–, es violencia estructural contra ellas. También lo es que el poder con mayúsculas, responsable de la toma de decisiones importantes que atañen a las vidas de hombres y mujeres, esté sesgado a favor de los hombres. Ellos son quienes ocupan los cargos importantes, las presidencias de los gobiernos, las jefaturas de las iglesias, los puestos dirigentes de la mayoría de las instituciones y corporaciones del mundo[1].

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Si bien concuerdan en que la prostitución es una de las formas más agravadas de la violencia de género y conlleva múltiples revictimizaciones para quienes la ejercen, especialistas reunidos en la capital cubana abogaron por no criminalizar a las mujeres que la ejercen.

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