Padres en temporada de cambios

[11-06-2007]
Por Sara Más


No son sólo, de forma absoluta, los patriarcas de la casa; ni llevan la única “voz cantante” en la familia. Aunque los padres de hoy, en esta isla del Caribe, se siguen pareciendo en mucho a sus antepasados varones, los más jóvenes empiezan a marcar también ciertas distancias y diferencias en el ejercicio tradicional de la paternidad, con una relación más abierta, afectiva y desprejuiciada con su descendencia.
“Para mí han sido un regalo de la vida”, dice convencido Frank Medina, electricista de 35 años y padre de dos hijos: una niña de 8 años y un varón adolescente. Medina habla a SEMlac durante una breve pausa, mientras espera a su pequeña, a la salida de la escuela.
“La vengo a buscar casi todos los días, me ocupo de que ella y el hermano hagan las tareas y luego jugamos un rato hasta que llega la hora del baño, la comida y el descanso”, dice, mientras habla de sus hijos y explica lo que le resta del día en la rutina familiar.
Medina agrega otras muchas tareas, actos y satisfacciones compartidas entre él y su esposa, en relación con sus hijos: estar juntos en el nacimiento de la más pequeña, las reuniones de padres, el disfrute de los primeros pasos y las palabras iniciales, los abrazos y las sonrisas, los regaños cotidianos, las fiestas de amigos, el susto por los golpes y las caídas, el tratar de aliviar los llantos de pequeños, las salidas apuradas para llegar temprano a la escuela, la preocupación nocturna cuando el mayor sale con amigos y demora en regresar…
“Mi esposa trabaja en un hospital y llega tarde a la casa, varias veces a la semana. Entre los dos nos repartimos los deberes como podemos, no hay de otra”, comenta.
Especialistas reconocen que los cambios sociales impulsados en Cuba desde hace más de cuatro décadas y la transformación de la vida de las mujeres han influido directamente en la vida familiar, aunque sin desterrar aún el modelo y la cultura patriarcales.
El acceso de la población femenina al empleo, su desarrollo profesional, la entera decisión sobre su cuerpo y su sexualidad, la feminización de la fuerza técnica, así como la promulgación de leyes que promueven la equidad entre mujeres y hombres han transformado la condición social de las primeras, con repercusión en la esfera familiar, social y la vida de los segundos.
Profesionales y especialistas que estudian estos temas en la sociedad cubana advierten que los signos de cambio más perceptibles en la vida de los hombres, al interior de la familia, se dan en el ejercicio de la paternidad, fundamentalmente entre personas jóvenes.
Entre otros cambios en las prácticas paternas contemporáneas, suele identificarse una relación más activa de los padres en la crianza y formación de sus hijos, en sus juegos y tareas escolares; una intervención más sistemática en las tareas del hogar y el desarrollo de una comunicación más frecuente y abierta, no sólo centrada en exigencias y regulaciones.
Sin embargo, muy pocos (cerca de 20) se han acogido hasta ahora a la “licencia de paternidad”, establecida desde 2003. El decreto posibilita que, una vez concluida la licencia postnatal, así como la etapa de lactancia materna, la madre y el padre pueden decidir de mutuo acuerdo cuál de ellos cuidará a su descendencia el resto del tiempo, hasta el primer año de vida.
Para la psicóloga Patricia Arés, “el primer cambio visible se aprecia en las parejas jóvenes, con formas de ejercicio de la paternidad muy cercanas y tiernas, en la primera etapa de desarrollo del niño”, comenta.
Entre los actos que los padres han comenzado a asumir con más naturalidad están el cambio del pañal, darle la comida al bebé, bañarlo, acariciarlo, llevarlo de paseo y hasta acunarlo.
Estudios recientes con grupos de hombres confirman el criterio de la especialista y al menos, desde la percepción personal, establecen claras diferencias acerca de qué significa ser padre para diversas generaciones.
Una investigación realizada en Santa Clara, 435 kilómetros al este de La Habana, constató que, en ocho grupos de reflexión integrados por adolescentes y jóvenes, sus padres y abuelos, todos identificaron los mismos elementos en sus representaciones sociales acerca de las funciones paternas: ofrecer seguridad, dar afecto, transmitir valores, proveer el sustento económico y dar el ejemplo personal.
Sin embargo, la valoración que se tiene de estos aspectos varió de una generación a otra, según constató Ramón Rivero Pino, profesor de la Universidad Central de Las Villas y autor del estudio “Representaciones sociales del rol de padre en grupos reflexivos de Santa Clara, Cuba. Implicaciones psico-sociopolíticas”.
Para los abuelos consultados, por ejemplo, la autoridad se vincula, preferentemente, a la figura paterna. En otras palabras, no conciben una familia en cuyo seno no exista un hombre que ordene y mande, como forma de mantener el respeto y la valoración de la familia por la sociedad.
En los grupos de padres, estos patrones manifiestan cierto cambio, pues el papel autoritario no se ve centrado exclusivamente en el hombre, sino compartido en la pareja.
Por último, el ejercicio del autoritarismo no está contenido en el ideal de padre de los jóvenes y adolescentes, quienes cuestionan fuertemente los métodos de ese tipo y expresan un profundo malestar por tener que cumplir órdenes mal impuestas.
Con un patrón familiar que preferentemente sitúa al padre en el trabajo “garantizando el sustento” y a la madre en casa, “con los hijos”, los adultos mayores no reconocen la existencia y posibilidad de la comunicación con los hijos, aun cuando sí anhelan y desean ese tipo de relación.
Como expresión de un nuevo modelo, los grupos de padres identificaron, en su práctica, algunas dificultades como la insuficiente conversación sobre temas imprescindibles para el conocimiento y comprensión mutuos, para identificar conflictos esenciales, así como la falta de habilidades para solucionarlos constructivamente.
Los jóvenes, por su parte, otorgan la mayor importancia a la comunicación y se quejan de que sus padres no los comprenden ni les tienen confianza. De ahí que prefieran acercarse más a los amigos a la hora de las confidencias personales.
“Las visiones oscilan desde la paternidad tradicional (autoritaria, proveedora y representativa) hasta la no tradicional (empática y participativa)”, concluye Rivero, autor de la investigación.
El estudioso agrega que predomina la imagen de un padre que transita de la primera forma a la segunda, cuya característica esencial es la ayuda a la madre en la atención y el cuidado de los hijos.
Los especialistas advierten, sin embargo, que estos signos de cambio, más perceptibles entre los padres jóvenes, suelen desvanecerse muchas veces después que sobreviene un divorcio.
“Entonces, no sólo es un reto ser padre viviendo con los hijos, sino serlo cuando ya no se vive bajo el mismo techo. Es la parte más complicada de la paternidad en Cuba”, comenta Patricia Arés, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana e integrante del equipo que atienden los temas de familia.
Cuba tiene una alta tasa de divorcio, que desde el año 2000 fluctúa entre 3 y 3,4 por cada mil habitantes, según datos oficiales. La mayoría de esas rupturas se produce en los primeros cinco años del matrimonio, cuando ya la pareja ha tenido descendencia, que queda generalmente a la guarda y cuidado de la madre. El tiempo promedio de duración de los matrimonios es aproximadamente de 10 a 14 años.
“Es muy frecuente la deserción del hombre de la vida familiar, mediado por el conflicto con la madre. Incluso, entre quienes se vuelven a casar, muchas veces un hombre ayuda a educar los hijos de su nueva esposa y los suyos los tiene en el lugar del olvido”, concluye Arés.

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