Las habaneras odian las bicicletas

[09-08-2010]

Por Ilse Bulit

Al principio, ¡una fiesta! En la infancia, los Reyes Magos les traían muñecas. Y deseaban, al igual que sus hermanos, ¡la bicicleta! Y en aquellos días, se las vendían o regalaban en sus centros de trabajo o de estudio. Otro paso y este obligado, en la equiparación de derechos y deberes entre los sexos.
Con pantalones anchos, en sayas largas, a veces enredada en los rayos de la rueda, o en el short de muslos afuera que en esos meses imborrables de los 90 saltaron del uso hogareño, la cubana acudía a las fiestas de fin de semana, a los exámenes en la universidad o a la fábrica donde era operaria.

El llamado Período Especial, nacido del derrumbe del campo socialista, entre su abanico de dificultades para la vida diaria del ciudadano de a pie, ostentaba la falta de transporte público por escasez de piezas o de petróleo. Estas bicicletas chinas fueron la solución primera de los años noventa del pasado siglo, en este acápite.
En principio, solución aplaudida por la gran mayoría, porque en gestiones imaginativas los cubanos emulan con Julio Verne.  Eran unas bicicletas chinas toscas y fuertes. Sin motores eléctricos, ni velocidades. Sólo puestas en movimiento con el empuje de las piernas y que respondían a los románticos nombres de Paloma y Forever.
Las damas cedieron al encanto de estos nombres y al brillo del metal nuevo. No captaron el peligro sustentado en un “forever” en el idioma de Shakespeare. Al principio, presumidas, ostentaban sus kilómetros cumplidos ante sus parejas o amigos. A cubo o a manguera, las lavaban en las noches, le colocaban adornos y luces, por ese maldito implante mental que las hace buscar o inventar lo bello bajo cualquier circunstancia.
Las pasadas de peso, jadeantes en los inicios, descubrieron como las libras se perdían al compás del esfuerzo de sus extremidades inferiores. Eran felices con esa felicidad dada por no quedar jamás exentas del grupo mayoritario. En las sendas programadas para los ciclos en las avenidas principales, circulaban mujeres de todas las edades.
Sus parejas, siempre dispuestas para que asumieran más responsabilidades molestas, les construían cestas de metal o madera reciclada para que llevaran a los bebés a la guardería o cargaran bolsas con viandas, compradas tras una larga fila. Tal vez, en estas señales olfatearon el peligro.
Detenidas en un ¡Pare! imaginario, lo idílico y deportivo del proyecto, les comenzó a variar cuando el pinchazo de la realidad, les ponchó las ensoñaciones.
Conocieron los amargos imprevistos de las gomas sin aire y el peso de esta armazón arrastrada en loma arriba; la imprudencia del fango saltarín que manchaba la falda recién planchada.
Supieron del sol del mediodía clavado en la espalda y de las imprevistas tronadas del verano isleño. La venganza machista del hombre en cuatro ruedas que le cerraba el paso. Los días de la menstruación en que, además de sufrir la escasez de almohadillas, aumentaban los dolores de algunas, y la preocupación de todas ante el percance de posibles visibles manchas. Y la diferencia entre el pedaleo por puro gusto a la hora y sitio elegido, a la obligación diaria sumada a otras impertinencias de su destino de hembra.
Porque la habanera, por designación de las costumbres familiares, era la responsable de la confección de los platos diarios. Cuando estos productos escasean, la pregunta del “to be or not to be” de Hamlet es un mero ejercicio filosófico, ante la preocupación de una mujer frente a las cazuelas vacías.
Esos genes de hembra cuidadora de cachorros, la hacían guardar lo mejor para los hijos y también, en ejercicio de creatividad, buscar recodos para contribuir al aumento de las finanzas hogareñas. En los apagones eléctricos nocturnos, espantaba con cartones los mosquitos de las cunas y al otro día, volvía a sonreír, pero su pedaleo era más lento.
Los primeros kilos perdidos, la alegraron. Los pantalones bailando sobre sus reconocidas nalgas y el cansancio que la invadía, la preocuparon. Comprobó las causas, tiempo después, cuando supo que en el clímax del Período Especial, el consumo calórico per cápita bajó en demasía.
La amargura no la doblegó, no por ser habanera ni cubana, sólo por ser una mujer que en todas las historias de los pueblos, representa la traslación de la supervivencia a toda costa.
Retornó a las religiones establecidas y a cultos sincréticos y esotéricos. Curó y se curó con terapias paralelas. Hasta la más dócil, cualquier color en la piel y nivel de instrucción, gritó un “no puedo más” que obligó a los machos a recorrer mercados y también, al denigrante acto para él, de llevar la bolsa de desperdicios al contenedor público.
Si bien desde hacía años, las leyes la igualaban en cuanto a derechos y deberes a la par de los hombres, dentro de las paredes de la casa, todavía el macho quería doblegarla. Las nuevas circunstancias aumentaron su rebeldía, cuajada en amarguras sin solucionar todavía.
La sacudida del Período Especial le incrustó una violencia interna nacida por razones obvias, -investigación merecedora de la atención de los académicos sociales-, que le arraigó a muchas y se les despliega en maltratos psíquicos contra sus adorados hijos y familiares ancianos.
Bajo tantas tensiones, dejó a un lado la bicicleta. Si las avenidas principales mantenían cierto decoro vehicular, en las calles aledañas los baches semejaban cráteres lunares. No aparecían las piezas de repuesto y las gomas conseguidas, reventaban como aquellos chicles de balón.
Los huesos, los tendones, los músculos les protestaban y, más tarde, conocería de qué incipientes males la alertaban. Prefirió entonces, montarse, mejor dicho, treparse a esos vehículos reproducidos por las artes visuales y retratados por los turistas, llamados “camellos”, donde apretujada y maltrecha, llegaba a su trabajo o estudio.
El siglo XXI le renovó las nunca abandonadas esperanzas. Un respiro, un mínimo respiro, en su supuesta armazón conforme y paciente.
Aumentó la duración en años de su existencia. Aquellos avisos de dolencias, engendrados en las escaséeles y desmesuras físicas y psíquicas, florecieron en la menopausia y después en la vejez agredieron la calidad de vida. Se remendaban gratuitamente en los policlínicos y módulos de rehabilitación.
Vio espigar a hijas y nietas. Eran aquellos bebés transportados en las cestas de las bicicletas, crecidas algunas con muñecas de trapo retornadas del pasado, oyentes de las tribulaciones familiares nacidas por no repetir en las ollas el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
También observadoras de las lujosas ropas y juguetes gigantes de aquella compañera en la escuela gratuita para todas y cuya familia marcaba una nueva diferencia en el barrio.
Fueron niñas sin miedo a la oscuridad, porque los apagones eléctricos las habituaron. Crecieron con un miedo mayor, no repetirse en la imagen de las dóciles abuelas. Conocen el uso del condón y empiezan a exigírselo a la pareja. Imponen su decisión en la planificación familiar y desean parir después de los 30.
La tienta la aventura de la migración, pero al saber los riesgos del género mujer en esos andares y porque la palabra familia le estalla en el corazón, lo piensan más de dos veces. Ansían la esbeltez, es saludable y está de moda, pero nunca lograda a pedaleo de bicicleta. Lo ideal, sería viajar en auto, pero todavía el consumismo, visitante con la visa de la globalización, no las atolondra en demasía.
Se conforman con el ciclo eléctrico o la moto. Jamás aceptarían como sus madres y abuelas, ni la Paloma, ni la Forever. Repiten, y es cierto, que estamos en los comienzos del año décimo del Siglo XXI del Tercer Milenio. El retorno al pasado sólo ocurre para ellas en los audiovisuales de ficción, porque hasta el libro promotor de estas probabilidades sin probar, “La máquina del tiempo” de Leéis, lo desconocen por pertenecer también al pasado.

Mayo 2010
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