Hemingway, Leopoldina, María Ignacia y yo  (parte V y final)

[12-10-2009]

Por Ilse Bulit

Con la sospecha, María Ignacia acudió a un médico amigo. Lo confirmó. Mi abuelo Abelardo le contagió la sífilis, regalo de los lupanares. La idea de la muerte, la vergüenza, la rabia contenida, saberse usada, irrespetada.

Con su madre Rosalía aprendió a ofrendar las lágrimas sólo a los muertos. Primero, someterse al tratamiento. Si su progenitora botó a cazuelazos a su padre por traidor a la patria, las normas blancas adquiridas en la casona de los Pedroso, le imponían otra táctica.

Habló con Abelardo, quien escondía su dolencia. Lo conminó a someterse a tratamiento como ella. El aceptó el "no me tocarás más". Ante los ojos ajenos, el matrimonio permanecía en paz.

Mejorada con el Salvasan, pero con el peligro en rojo hasta la llegada de la penicilina, María Ignacia decidió divorciarse. La??ley del divorcio aprobada en Cuba en 1918 era repudiada por los católicos y gran parte de la sociedad. Mi abuela perdió la protección de la familia Pedroso y su clientela de más moneda en la bolsa.

Regresada Leopoldina de Europa, hizo lujosa tienda aparte. Su hijo Albertico quedó al cuidado de mi abuela, a quien, por lo tanto, auxiliaba en lo financiero.

La doble moral, mostrada en los Evangelios en la escena entre Jesús, la adúltera y sus acosadores, despreciaba abiertamente a María Ignacia por su divorcio, mientras se hacía de la vista gorda ante Leopoldina porque pecaba en las alturas y con música de opereta vienesa.

Entre los triunfadores y los perdedores, las diferencias tuercen el cariño. Entre María Ignacia y Leopoldina, estas diferencias aflojaron los lazos. Nunca se rompieron, pero portaban actitudes distintas sobre el significado de la vida: sacar provecho de las circunstancias o cambiar las circunstancias.

Ambas eran mujeres de apariencia frágil, trato dulce y amable. Escondían un carácter firme y decidido, difíciles de doblegar en sus criterios y acciones. Leopoldina le reprochó siempre a mi abuela y también a mi madre, el haber despreciado oportunidades brindadas a la mujer en sus años de juventud y belleza.

Sólo la música desataba la lengua de mi abuela. En el habanero teatro Martí, ante la puesta de la zarzuela?La verbena de la Paloma, la oí suspirar por un mantón de Manila legítimo regalado por un diplomático llegado de China y que terminó en la casa de empeños como aquel relojito ganado en el danzón.

Si en lo físico se libró de la infección, en la mente la padeció y contaminó a mi madre con aquella mirada amarga sobre la sociedad, pero jamás pasiva y seguidora de quienes planteaban soluciones justas.

Mi madre y mi abuela participaron en el recibimiento?de las cenizas del revolucionario Julio Antonio Mella. Y yo niña, la acompañé en la marcha de los ortodoxos?por el Paseo del Prado en respaldo del político Eduardo Chibás.

La vi abofetear a?una curandera de los cultos sincréticos porque se interponía a que llevaran a una enferma hacia el hospital; la escuché convencer a un proxeneta para que permitiera el regreso de una muchachita a su pueblo. La vi confeccionar los trapos femeninos a los homosexuales que sólo en el desfile de la comparsa La Sultana por el barrio de Colón, podían realizar, en un único día, su sueño.

Volvamos a Hemingway y Leopoldina. Nací en 1941 y desde mis primeros recuerdos en la visita al apartamento de Leopoldina, se hablaba de Hemingway. Era un tema de orgullo para ella. Pasados los años, la unión entre ellos se mantenía. Por la calle Obispo, mi abuela y yo lo veíamos. El conocía a mi abuela. Nunca la saludó.

Confieso que su aspecto me repugnaba. Siempre despedía olor a sudor de blanco y alcohol. Ya con nueve años, supe que en ocasiones mi escuela se pagó con el dinero entregado a Leopoldina por él.

A esa edad, los ojos evaluadores de ella sobre mis espejuelos de miope y mi mulatez extraña, devaluada por los genes hebreos de mi padre, la hicieron afirmar, en palabras disfrazadas comprendidas por mí, que en mi caso sólo la inteligencia podría librarme de la pobreza.

Yo la admiraba. Sobre todo, ese color de piel que no sabía definir. Ya mujer y periodista, leía y releía a Hemingway, botón de muestra perfecto para narradores y colegas. Las imágenes de la infancia me lo devolvían altivo y áspero, separado del prójimo cubano.

Al leer, en edición extranjera,? sus relatos de sus andanzas por el golfo publicados después de su muerte, me reconcilié con él en lo sentimental. Al hablar de Leopoldina, nombraba su piel olivo. Sólo un amante apasionado restregado en esa piel, podía definirla.

Cuando Leopoldina enfermó, volvió a llamar a mi abuela "manina", como le balbuceaba en su infancia porque María Ignacia también fue su madrina de bautizo. El dolor anuda los lazos y ?olvida pasadas diferencias.

Hacía años que mis estudios habían disminuido mi presencia en su hogar. Aquella discusión entre Hemingway y ella por la tesis de El Viejo y el Mar me la devolvió entera y firme en sus ideas hasta el final. Sólo la piel olivo no la convirtió en imprescindible para él.

¿Quién puede escudriñar la mente de un hombre minutos antes de su posible suicidio? Alejado de una Cuba en que admiraba aquellos iniciales cambios, abrumado por la pérdida de esa memoria periodística, eje de sus novelas y relatos, quien sabe si aquellas palabras de Leopoldina sobre la imposibilidad humana de derrotar al dolor también lo impulsaron a oprimir un gatillo.

Confesión al lector: Mi idea inicial, centrarme en la relación entre el escritor y Leopoldina se desvió. Al hilvanar los recuerdos familiares, me incliné ante estas dos mujeres sorprendentes, a su modo, en la etapa social que les tocó vivir. Quedó Hemigway a un lado. Los hombres siempre tienen quien les escriba. Hablemos de las mujeres invisibles.

A principios del siglo XX, María Ignacia fue infestada de sífilis por su legítimo esposo. A principios del siglo XXI, las mujeres son infestadas con el virus del sida por sus esposos legítimos.

A principios del siglo XX, Leopoldina basó en su belleza su ascenso monetario. A principios del siglo XXI, esa historia se repite.

 Agosto de 2009

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