El sabor de la libertad

[01-02-2010]

Por Ilse Bulit

Mi amiga X probó la miel de la libertad y quemó sus naves. Hablé de ella en esta red el 21 de noviembre de 2008, bajo el título Discapacitadas cercadas por el Amor equivocado. Estaba en Madrid con su guitarra, su voz melodiosa, sus conocimientos académicos de música y su ceguera total.
Huía de su sacrificada madre. Quería freír unos huevos y saborearlos quemados o no. Elegir una camiseta aunque el vocablo rojo sólo se le asociara con el calor del fuego. Caer en una acera por equivocación de su bastón, pero guiado por su propia mano o recibir un desprecio o burla para enfrentarla con su inteligencia y posible ecuanimidad.

Quería ser ella. Alejarse de la sombra protectora de la familia. Con la mejor de las intenciones, vivía enjaulada. Hoy es independiente y arrostra los peligros de la independencia.
Anda con su guitarra en un metro europeo. En las noches, hila su sueño profesional. Un sueño diminuto sin aspiraciones a premios internacionales, ni escenarios de lujo. Integra un grupo de mujeres jazzistas.
En su Habana natal, escuchó conversaciones con ese dejo lastimero que tanto hiere, felicitaciones recibidas con ambigüedad por la pregunta interna: ¿Felicitan mi interpretación o mi ceguera?
Los  músicos ciegos están en un escalón superior dentro de los invidentes profesionales. En viejos cuadros, en narraciones, aparece la música endosada a la ceguera como si la falta de visión entregara esta vocación a cambio.
Por los sonidos específicos de una determinada calle, como son el ruido de una sierra, o el martilleo en un taller, el ciego identifica su camino, pero como cualquier hijo de vecino, el oído musical le puede ser negado.
Si ella hubiera escogido otra profesión, captaría conversaciones desalentadoras, porque en la presencia de los invidentes se habla de ellos como si no escucharan o carecieran de discernimiento.
A causa del paternalismo equivocado, se les desorienta respecto a las profesiones y oficios de mejor acceso y donde se les asegure el puesto laboral. Sus nombres se acumulan en estadísticas triunfales de asociaciones, secretarías o ministerios, mientras se aburren y marchitan en lugares donde no se aprovechan al máximo sus habilidades.
El ciudadano común que ve, oye, habla y palpa, desconoce características de los discapacitados, provocadoras de apreciaciones erróneas. Sin maldad o con maldad, juzga y, con esa anticientífica habilidad para las generalizaciones, los coloca a todos dentro del mismo saco.
Cada mujer, cada hombre es diferente a los otros de su género. Ocurre entre quienes pilotean aviones o “pilotean” ciclos adaptados a sus muslos sin piernas. Los retos puestos ante las distintas discapacidades, sí generan actitudes y aptitudes elaboradas consciente o inconscientemente para saltar sobre las dificultades de un mundo diseñado para quienes se consideran casi perfectos, por lo menos en lo físico.
Ya me referí a las conversaciones mantenidas en la presencia de los ciegos donde se habla de él o de otras cuestiones. ¡Y de las cosas que se enteran por ese error, con inclusión de los líos ajenos!
Si comentan, los acusarán de chismosos y si opinan de estas cuestiones, de agrios entremetidos. El vidente conversa con la mirada puesta en el rostro del otro y así mide sus palabras de acuerdo con las reacciones percibidas. Al ciego sólo le queda la posibilidad de captar la reacción después, con la respuesta hablada.
A los sordos les va peor en estas evaluaciones. Sus ojos, medio principal para robarse la realidad, se mueven inquietos de aquí para allá, husmean por los rincones, tratan de leer en los labios. Y los acusan entonces de curiosos, chismosos.
 
Octubre 2009

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