Suicidio: alarma por la muerte anunciada

[08-11-2006]

Ha pasado más de un año desde que perdió a su madre y todavía Laura Medina se reprocha por una muerte que, dice, “quizás pudo evitarse”.

El abrupto cambio de sus rutinas, a los 65 años, cuando se jubiló, tuvo mucho que ver con su negativa a la vida, asegura Medina. “Me preocupé cuando empezó a ponerse triste, a deprimirse, pero me pareció una reacción normal y creí que al final se adaptaría”, cuenta esta profesional de 32 años, residente en La Habana.

Pero la madre de Medina se veía cada vez más desanimada. Empezó a decir que no quería seguir viviendo. “Pensé que era una forma de querer llamar la atención, de desahogarse”, cuenta la joven, quien no reparó demasiado en las palabras de su madre, hasta el día en que esta dejó atrás las alusiones pesimistas y pasó a los hechos: se bebió, de un tirón, el contenido del frasco de sus píldoras antidepresivas, cuando estaba sola en la casa.

Ahora Medina trata de explicarse por qué su madre eligió su propia muerte como solución para sus agobios. "Ella era una persona muy activa, pero cambió mucho cuando se jubiló. La tristeza la fue invadiendo, se sentía inútil y desanimada. Casi no salía a la calle y se quedaba todo el tiempo sola, en la casa, tirada en la cama, mientras yo estaba en el trabajo”, relata.

La opción de la muerte como salida o solución personal a determinadas situaciones sigue siendo un problema de salud de atención en la Isla, aun cuando se han reducido los índices de suicidio, según estadísticas oficiales.

Las lesiones autoinflingidas intencionalmente dejaron de ser la séptima causa de muerte para mujeres y hombres de todas las edades en la Isla para convertirse en la novena, según se deduce del informe Situación de Salud en Cuba. Indicadores Básicos. 2004, emitido por la Dirección Nacional de Estadística del Ministerio de Salud Pública.

De 18, 3 defunciones por cada 100.000 habitantes en 1998, la tasa por suicidio se redujo a 13, 3 en 2004, cuando ocurrieron 1.499 fallecimientos, con un predominio entre personas de sexo masculino, de acuerdo con datos de esa fuente.

Con ello se confirma una norma universal según la cual las mujeres intentan más quitarse la vida, pero son los hombres quienes con mayor frecuencia consuman el hecho y se valen, además, de métodos más cruentos.

De acuerdo con los especialistas, la conducta suicida no es una enfermedad en sí, pero puede estar relacionada con alguna patología, con procesos bioquímicos a nivel del cerebro o con otros factores orgánicos, siempre en interacción con el medio.

“Se trata de un acto muy polémico, que no es privativo de una zona o región y también muestra una alta tasa en los países desarrollados. Es un fenómeno multifactorial y debe abordarse de forma holística, integral”, asegura la psiquiatra cubana Ana Sarracent.

Hay consenso entre especialistas acerca de la relación existente entre la conducta suicida y la depresión, un trastorno que afecta cada vez a mayor número de personas en el mundo, con estimados de 100 millones de pacientes anuales.

La literatura médica insiste en la necesidad de dar seguimiento a los casos de depresión y algunos autores reportan que entre el 15 y el 25 por ciento de pacientes depresivos no tratados terminan muertos por suicidio.

Informes de la Organización Mundial de la Salud indican que el suicidio se situaba, además, entre las 10 primeras causas de muertes en el año 2000, con un promedio de 74 años de vida potencialmente perdidos y tasas entre 20, 2 y 16, 5 por cada 100.000 habitantes.

Pero, más allá de esas estadísticas, existe un subregistro de casos que nunca se llegan a contar o a conocer, debido a los fuertes prejuicios que rodean a este hecho, que tiende a ser ocultado por allegados y familiares de las víctimas.

El suicidio fue una salida, incluso en práctica colectiva, entre los aborígenes cubanos: fue una forma de revelarse y enfrentar la esclavitud impuesta por España. La provincia de Matanzas, a 100 kilómetros de la capital, debe su nombre a la eliminación, por su propia mano, de un numeroso grupo de indígenas.

Cronistas e historiadores han señalado que, entre 1850 y 1860, el país mostraba una alta tasa de muertes por esa causa, concentradas sobre todo entre los negros esclavos arrancados a la fuerza de África y los culíes chinos sometidos a un duro régimen de trabajo.

Cuba exhibía una alarmante tasa de suicidio, de 84 defunciones por millón de habitantes, superior incluso a la de España e Italia, según un censo posterior a 1899. En un momento se acercó incluso a los indicadores de Bélgica y Austria, al alcanzar 133 muertes por millón de habitantes.

Esa opción de muerte voluntaria se mantuvo con fuerza aun años después de finalizada la II Guerra Mundial y, aunque Cuba nada tuvo que ver con la contienda bélica ni sus consecuencias, en1922 se reportaba una tasa de 40 por 100.000 habitantes, según refieren las fuentes documentales.

Más recientemente, durante la pasada década de los 80, la tasa de mortalidad por suicidio se incrementó paulatinamente hasta alcanzar niveles superiores a 20 por cada 100.000 habitantes, incluidos los peores años de la crisis, entre 1990 y 1994.

Para no pocas personas ese fue el momento de mayor crudeza, cuando se sintieron el rigor de la vida cotidiana, los cortes eléctricos, las carencias de alimentos y la falta de transporte, sin atisbarse una salida posible e inmediata.

A partir de 1996 se produce una reducción de la tasa de mortalidad y, a juicio de expertos, empezaron a recogerse lo frutos del Programa Nacional para la Prevención y atención de la conducta suicida, establecido desde finales de la década del 80.

El programa coordina la asistencia médica con la social, mediante la participación de psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y especialistas de casas de cultura y círculos de abuelos (centros de atención a adultos mayores).

Según el programa cubano, de amplia cobertura, a la persona que busca la muerte por primera vez se le establece un seguimiento, luego de mantenerla bajo observación hospitalaria. Después se mantienen evaluaciones regulares por parte de un equipo de salud mental y los especialistas de su comunidad o área de residencia.

“La idea es poder darle un seguimiento necesario al paciente en riesgo y promover estilos de vida adecuados, que realmente le ayuden”, asegura Sarracent, quien reconoció la efectividad del programa, durante la celebración en la capital cubana, el mes pasado, del encuentro científico Psicohabana 2006.

Durante la cita, profesionales de la salud identificaron, entre otros factores de riesgo para la conducta suicida, la presencia generalizada de sentimientos de desesperanza y culpa, la depresión aguda, el haber sobrevivido al intento suicida, los antecedentes familiares de suicidio, la falta de apoyo social y familiar, la presencia de impulsividad, ansiedad u hostilidad, así como la amenaza o presagio de suicidio.

Para la psiquiatra Elsa Gutiérrez, directora de la Clínica del Adolescente, en La Habana, se impone derribar algunos de los mitos más persistentes en torno al tema. Estos, lejos de ayudar, tienden a encubrir una posible conducta suicidada.

“La gente cree que si la persona dice que se va a matar no lo va a hacer. Y eso es un error. El suicida emite mensajes ambivalentes y hay que tener oídos muy receptivos, entender que esa amenaza o idea es importante. De alguna manera, lo dicen porque están buscando ayuda”, señaló.

La opinión especializada subraya que ese acto fatal no tiene que estar necesariamente acompañado por trastornos emocionales, psicológicos o psiquiátricos.

Para el doctor Roberto Curí Hallal, presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Brasil, el asunto demanda de programas bien estructurados, pero igualmente de una gran sensibilidad por parte de los profesionales de la salud mental.

“Es importante hacerles ver a esas personas que la vida es el arte de lo posible, que la vida se renueva todos los días”, comentó el médico. “La persona que se suicida lo ha dicho mil veces antes y no hemos sido capaces de ver su señal de alarma”, asegura Curí.

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Sara Más

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