Cantar y vivir después del sida

[15-06-2009]

“O cantas o te mueres”. Esa idea le pasa muchas veces por la mente; otras, lo hizo callar, o lo llenó de nostalgias y dolor, después de saber el veredicto de una prueba que, para él, no pasaba de pura rutina, hasta saber el resultado: VIH positivo. Era el año 2001  y a Fernando Marcoleta se le unieron cielo y tierra. “Mi vida cambió, todo cambió”, confesó en entrevista a SEMlac siete años después de aquel diagnóstico. “Esa noticia te mueve el piso; es impresionante…”

 

El virus interrumpió de golpe su carrera de tenor. De momento se esfumaron una atractiva oferta de trabajo que recién había conquistado, un disco en ciernes que se grabaría en Estrasburgo, Francia; un largo viaje en proyecto, posiblemente nuevas presentaciones y premios.  “Me recogí.

Tuve que dar la cara, primero, en Higiene y Epidemiología; hacer la identificación de la posible cadena de contagio; todo eso te aplasta. Y luego: tal día, a una hora, pasan a buscarte”. Marcoleta se fue a vivir a un sanatorio, una práctica establecida en esta isla del Caribe para las personas que son diagnosticadas seropositivas: ingresan en un centro de salud, con régimen interno, donde reciben atención directa y pasan un curso para apoyarlos en la aceptación de su condición y aprender a vivir responsablemente con ella, antes de reincorporarse nuevamente a la sociedad.  

“Yo estuve dos años en el sanatorio Menocal, en San José de Las Lajas, en la provincia de La Habana, donde pasé el curso de aprender a vivir con VIH”. Allí encontró una gran afinidad con la doctora que lo trataba y disponía de un cuarto para él solo, donde se rodeó de sus más preciados recuerdos profesionales.

Natural de la ciudad de Cárdenas, en la provincia de Matanzas, a  unos 100 kilómetros de La Habana, el joven se había establecido en la capital cubana en 1989, impulsado por su gran deseo de estudiar en el Instituto Superior de Arte y hacer su carrera. En el sanatorio, de momento su nueva casa, le hicieron cantar dos o tres veces, “pero a la fuerza, porque me costaba mucho trabajo” relata.

“Como no tenía mucho ímpetu espiritual para ir a la calle, me quedé allí más tiempo. Fue por depresión, por un problema sentimental, no por falta de medicamentos”, aclara. De una vez, dice, vivía los dos grandes pánicos a los que más temía en la vida: el encierro y el sida. “Para mí el VIH era algo lejano, pero sabía que en algún momento podía rozarme”. Por eso se hizo voluntariamente la prueba: “yo era una persona que no vivía al margen de la vida y quería saber”, precisa.

“Como le manifesté a la doctora, antes de abandonar aquel lugar, yo puedo decir que he sido feliz en el sanatorio. Allí me creé mi mundo, mantuve a raya a la gente que no me convenía y acepté a los que, por sus características, tenían que ver conmigo”. Comprometido con el dolor de las personas seropositivas, las visitaba en los centros de ese tipo cuando ni se imaginaba que un día estaría en la misma situación.  

“Sentía mucha misericordia por quienes tenían ese problema. Me identifiqué con ellas, pues vivían una situación límite. Pero le temía tanto a esta enfermedad que, hasta llegar a la casa y lavarme las manos, no era capaz ni de tocarme la cara, por miedo a contagiarme”, confiesa.

Con el diagnóstico llegó también, para él, la desaprobación de su familia. Casi toda le dio la espalda, excepto una hermana muy querida, que lo había criado de niño, y su madre; porque a ninguna de las dos se lo contó. Quiso evitarles ese dolor.  “Todos lo supieron, menos ellas”, precisa. “En mi familia la reacción no fue buena para nada, porque presumían que eso yo me lo había buscado”, es la única alusión que hace al respecto.

Una vez de alta del sanatorio, volvió sobre sus pasos, al grupo que antes había abandonado, sin aviso, al ser diagnosticado.ambién se había frustrado un proyecto muy tentador, con los monjes benedictinos, incluidos dos años en República Dominicana, cuatro para estudios de Filosofía en Brasil y uno en Roma para el conocimiento de la iconografía del canto gregoriano.

“Yo pasé de un monasterio benedictino a un diagnóstico de sida; es como ir de Nuestra Señora de París al campo de Auschwitz, aunque parezca un poco dramático”, comenta. “Cuando supe el diagnóstico, desaparecí, por eso luego volví para hablar con la directora del grupo y explicar qué había pasado. Preferí contarle la verdad, por muy dura que fuera, y apelé a su silencio”. Y un día regresó a donde no había pensado volver: Cárdenas, su pueblo natal, fue su refugio. “Cuando llegué a este pueblo, pude entender. El primer año fue muy duro. Enfermó mi hermana de cáncer y murió. Dejé de quererme un poco: no tenía amigos, nada ni nadie me interesaba”, recuerda.

Llegó a pensar que no llegaría a estar vivo a los 40 años. Los medicamentos comenzaron a deformarlo físicamente. “Entonces empecé a luchar contra eso, a hacer ejercicios, y logré un cambio absoluto en mí. Empecé a ocuparme de mí y a interesarme por sentirme bien conmigo mismo”, relata a SEMlac.

Pero si algo terminó de “revivirlo”, fue volver a cantar. “Sucedió por accidente de la vida”, asegura. A su casa llegó un día un muchacho pidiendo ayuda, porque quería cantar. “Y me invitó una noche a que me presentara en el teatro de Cárdenas. Yo hacía tres años que no cantaba”.  

“Me quedé sobrecogido con aquello y a partir de ahí no he parado de cantar”, asegura mientras la emoción y la felicidad se hacen notar en el tono de su voz y su rostro, sin perder tampoco el sentido del humor. La jefa de escena fue genial, recuerda.

“Me llevó hasta la pata del escenario y me dijo: ‘tranquilo, que todo va a salir bien’. No se sabía si me llevaba a cantar o a que me hicieran una cirugía”, bromea. También se presentó en algunos espectáculos nocturnos, algo absolutamente novedoso para él, casi por obra de la casualidad.

Trabajaba como albañil, lleno de cemento, en la construcción de los baños del Hotel Coral, en Varadero, cuando empezó a escucharse su voz por las bocinas del bar. Era un disco que recogía las interpretaciones de un concurso donde él había sido premiado.

El disco pasó del bar al jefe de animación, y este enseguida le propuso cantar en vivo: fueron cinco noches de cabaret.  “He tenido la satisfacción de que alguien me ha parado por la calle y me ha dicho: ‘compadre, que duro lo que hiciste, eres un bolao (muy bueno)’ Eso, que puede parecer una expresión vulgar, te deja intuir una sensibilidad, porque son personas a las que les tocaste una fibra, que se estremecieron con Shubert”, razona.

“Entonces ha habido como un concilio mío con este pueblo, con mi ciudad”. Más seguro y dispuesto, Marcoleta asegura que ahora el canto tiene para él otra connotación. “Con 42 años y siete de diagnosticado VIH positivo, estoy lleno de proyectos, de ganas de vivir, de alegrías”. Vuelve  a sentir la adrenalina al pararse en el escenario. “Cantar es una forma de transmitir lo que siento y llevo por dentro”, manifiesta.  “Porque yo amo muchísimo”, confiesa.

“He amado y me han amado; se han enfrentado a eso. Y también he perdido lo que he amado”, dice convencido de que todo eso es parte de la vida.  “La conclusión que saco es que el VIH es como cualquier otro tipo de enfermedad y esa espada de Damocles la tenemos todos encima. Ahora sé que tener sida no significa que la puerta se cerró, sino que se abre otra dimensión. “El sida sí es una cuchilla que cae como si fuera una guillotina en cámara lenta, que te viene encima en algún momento. Pero lo importante es asumir la vida con dignidad”, dice mientras saca cuentas de que ha cantado ya, desde que empezó, en más de 20 ciudades.  

“He vivido situaciones muy duras que nunca imaginé, como la enfermedad y la muerte de mi hermana, luego el diagnóstico y la enfermedad de mi madre, y he podido enfrentarlas, luchar y seguir bien. Será que Dios premia con salud lo que tanto se ha ungido con amor”, comenta. “O cantas o te mueres”, la frase que él mismo citó al iniciar su entrevista con SEMlac, se explica entonces al final, porque volver a cantar le ha dado fuerzas para volver a la vida. “Yo puedo decir aun con el VIH, con la incomprensión de toda mi familia y con millones de cosas en esta vida que soy una persona feliz, porque estoy lleno de optimismo. Y no pienso tirar la toalla”, asegura.

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Sara Más

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