Aprender a vivir con VIH

[21-11-2008]

Más breve o más extenso, el camino que se inicia cuando el virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH, causante del sida) llega a la vida de una persona es un arduo pasaje que se transita personalmente, con dolores y vacíos, pero al final un aprendizaje que también es parte de la vida.

De la mala noticia a la aceptación va un gran trecho. Sortearlo, enfrentarlo, transitarlo, dominarlo y crecer como ser humano sigue siendo el reto mayor para millones de personas, diariamente, en el mundo.

Tomasa Rodríguez es una de ellas. Tiene 46 años, habla de sí y de su familia con tranquilidad y transmite deseos de vivir en cada gesto y palabra, en cada historia que relata.

De mediana estatura, complexión robusta y pelo lacio, esta mujer no interpone reparos ni tiempo para conversar, más si el tema le interesa. “Además de que puedo ayudar a otras a pensar, a prevenir”, precisa.

Ella habla despacio y no muy alto. Es una cubana como otra cualquiera, en la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas, a unos 100 kilómetros de La Habana, y hace 10 años es portadora de VIH-sida.

Ahora lo dice sin titubear, con cierto convencimiento, porque ha recorrido su propia historia y, como en todo --cuenta a SEMlac--, lo más duro fue el principio. “El sida llegó a mí por mi esposo”, confiesa.

Luego de un tiempo de casada y una breve separación, con la reconciliación, entró el VIH a su casa.

Estuvimos separados. En ese tiempo, mi esposo tuvo ‘un desliz’ y a la vuelta, luego de reanudar la relación, es que supimos del sida. Él ni idea tenía”, explica ella.

Rodríguez coordina actualmente el proyecto de mujer y sida en Cárdenas y el pasado año fue distinguida en la central provincia de Matanzas con el Premio Esperanza, que reconoce a las personas por su aporte a la prevención de esta enfermedad en el país.

Trabajadora en un laboratorio y especializada en pruebas, ella tuvo cierta sospecha ante los análisis que, por supuesta hepatitis, le hacían a su esposo.

“Le pedí a mis compañeros que no me engañaran y me dijeran la verdad sobre lo que estaba pasando. Pensé que mi trabajo me preparaba un poco para eso, pero no es así; el impacto es tremendo.

“Me puse muy nerviosa y estuve un tiempo sin poder trabajar. Lo único que hacía era llorar. Mi familia me preguntaba qué me pasaba, pero nada podía decirles hasta tener un veredicto final”, relata. “Delante de mi madre no podía ni llorar. Yo estaba sufriendo sola, con él, lo que nos estaba sucediendo”.

Cuando el diagnóstico se confirmó, Rodríguez se lo comunicó a un hermano y, con su apoyo, le habló a la familia. “Fue muy doloroso, sobre todo enfrentar a mis hijos, explicarles…fue muy duro. Mi hija casi pierde su último año de carrera, su nota de Química bajó mucho, y yo ni pude ir a su graduación.

“En aquel momento no me explicaron lo que era el sanatorio, sólo me dijeron que tenía que ir para allá. No sabía si iba a volver a ver a mis hijos o qué iba a pasar conmigo. Viví tres años en el sanatorio, junto a mi esposo”.

La separación estuvo, alguna vez, entre las decisiones que Rodríguez estuvo valorando. Pero comprendió que “ya no tenía remedio ni era el momento de buscar un culpable, porque mi esposo nunca quiso el sida para él, ni para mí. Los médicos nos ayudaron a entender muchas cosas”, asegura a SEMlac.

En ese tiempo, el respaldo mayor lo recibieron de los círculos más cercanos. “Entonces no había el conocimiento que hay ahora, la gente temía al sida, existía un rechazo más evidente a tratar a las personas con esa enfermedad. Pero entre mis amistades, vecinos y familiares encontré mucho apoyo, hasta la actualidad”.

Sin embargo, Tomasa Rodríguez se vio precisada a cambiar de empleo. “Por el bien de mi propia salud, no podía seguir en el puesto del laboratorio de que era bactereología, pues estaba expuesta a muchos gérmenes que podían dañarme. Eso lo fui aprendiendo con los años”, dice.

Septiembre de 2008

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