Desde hace casi dos años, Marucha tiene una herida en el cuerpo y en el alma, pero no se deja vencer. Sus amigas más cercanas admiran su fuerza de voluntad, sus ganas de vivir y la lucha contra el enemigo que le roba pedazos de su figura: el cáncer de mama.

Profesora de artes plásticas, madre de dos hijos, esta mujer ocultó a su esposo y a sus hijos el endurecimiento que notaba en su seno izquierdo. Titubeaba a cada instante, hasta que decidió compartir sus temores.

“No, no… para eso están las mujeres, los hombres dejan de ser hombres si pierden su capacidad de procrear”. Esa fue la respuesta de Alfredo Sánchez, un ingeniero en comunicaciones, cuando se le preguntó si estaría dispuesto a practicarse la vasectomía.

Y es que este proceder quirúrgico, pese a constituir un método anticonceptivo poco riesgoso y bastante efectivo, es una práctica inusual en Cuba. Se realiza hace más de cuatro décadas y, aún hoy, cubanos y cubanas lo ven con profundo escepticismo.

Ha pasado más de un año desde que perdió a su madre y todavía Laura Medina se reprocha por una muerte que, dice, “quizás pudo evitarse”.

El abrupto cambio de sus rutinas, a los 65 años, cuando se jubiló, tuvo mucho que ver con su negativa a la vida, asegura Medina. “Me preocupé cuando empezó a ponerse triste, a deprimirse, pero me pareció una reacción normal y creí que al final se adaptaría”, cuenta esta profesional de 32 años, residente en La Habana.

Las avionetas con plaguicidas sobrevuelan los barrios de la capital cubana casi una vez por semana. Desde hace meses, los equipos de fumigación no tienen descanso. Las brigadas antivectoriales tocan una y otra vez a las casas en busca de focos de Aedes aegypti, el mosquito transmisor del dengue y otras enfermedades.

El insecto no quiere ceder terreno. En su camino, las hembras encuentran condiciones propicias: charcos y recipientes con agua, basura que favorece la acumulación del líquido y salideros donde depositar sus huevos, 120 en cada puesta y cinco puestas en su mes de vida.

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