Viste uniforme de dos tonos de azul, el atuendo de la enseñanza preuniversitaria. Se acerca en solitario a la máquina rectangular, también azul, que cuelga de la pared: un dispensador de condones. Deposita 20 centavos, gira la manigueta y, sin mediación de personas, miradas o juicios, recoge su cajita de tres preservativos.

Este es uno de los 12 equipos de ese tipo instalados desde diciembre pasado en La Habana, un experimento que mide la efectividad de ese sistema para su posible extensión y constituye un complemento a la distribución de la red de 83 farmacias y los más de 400 puntos no tradicionales (cafeterías y comercios) de venta de condones existentes en la capital cubana, donde habitan 2,2 millones de personas  y se concentra más de 50 por ciento de la epidemia del VIH/sida.

Clara tiene 76 años. Es una mujer negra, muy delgada. A los 59, le apareció la diabetes; meses más tarde comenzaron las crisis de epilepsia, con convulsiones que apenas avisaban.

"Los ataques no avisan, le dan cuando tiene la presión alta, fiebre o alguna emoción fuerte. Nos damos cuenta de que se avecinan porque le tiemblan los labios, es la única señal", explica su hijo Fidel, el único que vive con ella y quien se encarga de llevarla al médico.

 

"Mi otro hijo, Omar, se cayó una vez en el círculo infantil (guardería) y se dio un golpe muy fuerte en la cabeza. A partir de ahí le empezaron las crisis, no le podía subir la fiebre a más de 37,5 porque si no, empezaba a convulsionar. Tuvo tratamiento por siete años pero, con el desarrollo, todo se le quitó", recuerda Clara.

 

Como dentro de un globo. Así se sentía Yandi Alberto Betancourt cuando fue diagnosticado como seropositivo al VIH/sida, en 2004, tras pasar varios meses hospitalizado por una enfermedad que costó trabajo diagnosticar.

Nacido en Gibara, la llamada Villa Blanca de la oriental provincia de Holguín, este cubano, hoy con 26 años y residente en la central Ciego de Ávila, estudiaba entonces el cuarto curso de Ingeniería Mecánica, en el Instituto Técnico Militar osé Martí de la capital cubana. La noticia cambió su vida en muchos sentidos.

Es noche de jueves en La Habana y en la pantalla de un televisor, ubicado en el Centro Nacional de Prevención de las ITS/VIH/sida, la relación homosexual ocurrida en el siglo XVIII, entre un joven negro y un marinero holandés, acapara la atención de los asistentes.

Se desarrolla otra sesión de video debates para el proyecto de Hombres que tienen Sexo con otros Hombres (HSH), un colectivo de promotores que ha confirmado que disfrutar de una buena película resulta una vía efectiva de promover reflexiones acerca de la aceptación de la diversidad sexual y las conductas responsables frente al VIH/sida.

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