Clara tiene 76 años. Es una mujer negra, muy delgada. A los 59, le apareció la diabetes; meses más tarde comenzaron las crisis de epilepsia, con convulsiones que apenas avisaban.

"Los ataques no avisan, le dan cuando tiene la presión alta, fiebre o alguna emoción fuerte. Nos damos cuenta de que se avecinan porque le tiemblan los labios, es la única señal", explica su hijo Fidel, el único que vive con ella y quien se encarga de llevarla al médico.

 

"Mi otro hijo, Omar, se cayó una vez en el círculo infantil (guardería) y se dio un golpe muy fuerte en la cabeza. A partir de ahí le empezaron las crisis, no le podía subir la fiebre a más de 37,5 porque si no, empezaba a convulsionar. Tuvo tratamiento por siete años pero, con el desarrollo, todo se le quitó", recuerda Clara.

 

Como dentro de un globo. Así se sentía Yandi Alberto Betancourt cuando fue diagnosticado como seropositivo al VIH/sida, en 2004, tras pasar varios meses hospitalizado por una enfermedad que costó trabajo diagnosticar.

Nacido en Gibara, la llamada Villa Blanca de la oriental provincia de Holguín, este cubano, hoy con 26 años y residente en la central Ciego de Ávila, estudiaba entonces el cuarto curso de Ingeniería Mecánica, en el Instituto Técnico Militar osé Martí de la capital cubana. La noticia cambió su vida en muchos sentidos.

Es noche de jueves en La Habana y en la pantalla de un televisor, ubicado en el Centro Nacional de Prevención de las ITS/VIH/sida, la relación homosexual ocurrida en el siglo XVIII, entre un joven negro y un marinero holandés, acapara la atención de los asistentes.

Se desarrolla otra sesión de video debates para el proyecto de Hombres que tienen Sexo con otros Hombres (HSH), un colectivo de promotores que ha confirmado que disfrutar de una buena película resulta una vía efectiva de promover reflexiones acerca de la aceptación de la diversidad sexual y las conductas responsables frente al VIH/sida.

“O cantas o te mueres”. Esa idea le pasa muchas veces por la mente; otras, lo hizo callar, o lo llenó de nostalgias y dolor, después de saber el veredicto de una prueba que, para él, no pasaba de pura rutina, hasta saber el resultado: VIH positivo. Era el año 2001  y a Fernando Marcoleta se le unieron cielo y tierra. “Mi vida cambió, todo cambió”, confesó en entrevista a SEMlac siete años después de aquel diagnóstico. “Esa noticia te mueve el piso; es impresionante…”

 

El virus interrumpió de golpe su carrera de tenor. De momento se esfumaron una atractiva oferta de trabajo que recién había conquistado, un disco en ciernes que se grabaría en Estrasburgo, Francia; un largo viaje en proyecto, posiblemente nuevas presentaciones y premios.  “Me recogí.

Información adicional