Camina despacio por la calle San Pedro, en La Habana. Su cara, casi de niña, tiene ojos alegres. Sin embargo, algo en su cuerpo parece anacrónico, como en esos juegos donde es preciso hallar los detalles que no se corresponden con la época: su embarazo.

Yaneisy Ojeda tiene 16 años. Cuando sus coetáneos están de vacaciones y suelen divertirse juntos, su paseo es hacia el consultorio médico donde la espera su ginecóloga: será mamá días antes de cumplir los 17 años.

Entender cómo impacta de manera diferenciada la discriminación social al interior de los grupos de hombres que tienen sexo con hombres (HSH) en la isla, puede ayudar a diseñar mejores estrategias de prevención de las Infecciones de Transmisión sexual y del VIH/sida.

Asela Díaz trabaja en un centro de arte. Su amor por las artes plásticas la ha llevado a investigar a fondo buena parte de los pintores cubanos y contemporáneos. Sin embargo, solo puede dedicarle un tiempo a esa pasión; el resto de sus horas y neuronas quedan en su casa, donde su madre requiere de cuidados extremos.

La anciana  sufrió una enfermedad cerebrovascular que la llevó a una cama perenne. Desde hace años, no puede valerse por sí misma, pero los cuidados y esmeros de su hija la mantienen viva y en la mejor forma posible.

Las mujeres cubanas tienen una esperanza de vida de 80 años, viven más que los hombres y fallecen, fundamentalmente, por enfermedades crónicas no trasmisibles.

Eso significa que, en general, ellas gozan de buena salud y han experimentado avances en la atención a sus enfermedades. Pero también padecen y mueren, junto a los hombres, “de vida cotidiana”, como lo han dado en llamar especialistas para referirse a estilos y formas de vida que marcan culturalmente e inciden en la salud.

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