Asela Díaz trabaja en un centro de arte. Su amor por las artes plásticas la ha llevado a investigar a fondo buena parte de los pintores cubanos y contemporáneos. Sin embargo, solo puede dedicarle un tiempo a esa pasión; el resto de sus horas y neuronas quedan en su casa, donde su madre requiere de cuidados extremos.

La anciana  sufrió una enfermedad cerebrovascular que la llevó a una cama perenne. Desde hace años, no puede valerse por sí misma, pero los cuidados y esmeros de su hija la mantienen viva y en la mejor forma posible.

Las mujeres cubanas tienen una esperanza de vida de 80 años, viven más que los hombres y fallecen, fundamentalmente, por enfermedades crónicas no trasmisibles.

Eso significa que, en general, ellas gozan de buena salud y han experimentado avances en la atención a sus enfermedades. Pero también padecen y mueren, junto a los hombres, “de vida cotidiana”, como lo han dado en llamar especialistas para referirse a estilos y formas de vida que marcan culturalmente e inciden en la salud.

Marta no es su nombre real, pero su historia es verdadera. Tenía 18 años cuando contrajo el VIH  (virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida) “y una vida muy agitada”, como la de cualquier muchacha de su edad.

“Nunca sentí peligro alguno cerca de mí. Menos me podía imaginar que un día me darían una noticia así”, dijo a SEMlac, recordando su diagnóstico de seropositiva al VIH, casi 10 años después de aquel momento.

Las campañas de prevención frente al virus de inmunodeficiencia Humana (VIH), causante del sida, se centrarán en 2011, en Cuba, en promover un mayor conocimiento sobre la severidad de la enfermedad y sus consecuencias sociales, según Rosaida Ochoa, directora del Centro Nacional de Prevención de ITS/VIH/sida.

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