Por Raquel Sierra

Juana Fausto pasa en estos días por un infierno. A su casa, en una populosa barriada de La Habana, donde vive acompañada solo por el televisor, entró una familia de  guayabitos (pequeños ratones), la peor de sus pesadillas. Uno de sus hijos emigró; el otro, por exceso de trabajo, no ha tenido tiempo de ir a socorrerla de la plaga.
“Estoy sola, no tengo quién me ayude”, dice, en medio de una depresión que la dejó en la cama por más de un día, huyéndole a los dos roedores que se atreven a ir del cuarto a la sala en plena luz del día. Sin saberlo, es víctima de una de las formas que adopta el maltrato en la tercera edad: olvido y desatención. Un hecho que, por desconocimiento, algunas personas no consideran como tal.

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