La pobreza también tiene rostro de mujer

[09-08-2010]

En medio del escenario cubano actual, donde se agudizan las desigualdades, emergen situaciones de pobreza, vulnerabilidad social y marginalidad, las desventajas se asocian más a determinados grupos sociales, incluidas las mujeres.

“En ese contexto, se fortalecen las brechas de equidad de género, territoriales y raciales”, señaló la doctora Mayra Espina Prieto, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).
Quienes viven en situación de pobreza en esta isla caribeña son, fundamentalmente, mujeres, personas negras, mestizas, migrantes y ancianas, que no trabajan por discapacidad o por ausencia de condiciones diversas para hacerlo, dijo Espina durante el encuentro “Develando cauces de comunicación y encuentro”, organizado por el Grupo de Reflexión y Solidaridad “Oscar Arnulfo Romero” (OAR), de inspiración cristiana, con motivo de sus 25 años de  fundado.

El perfil de este segmento en pobreza se completa con un nivel escolar relativamente inferior a la media, que habitan viviendas precarias, en barrios marginales, disponen de un reducido repertorio de estrategias de vida, abandonan o interrumpen con frecuencia los estudios, tienen acceso nulo o muy bajo a la divisa y utilizan a los niños para apoyar sus estrategias en labores como el cuidado de hermanos más pequeños, la venta en el barrio de artículos elaborados o conseguidos, las tareas domésticas y otros encargos.
Otro rasgo que distingue al grupo es la reproducción generacional de las desventajas, lo que indica que se trata de personas cuyas familias han vivido estas situaciones durante mucho tiempo.
Aunque la situación de Cuba no es comparable con la de otros países de la región y el mundo, mediciones oficiales indican que posee un 20 por ciento de su población urbana en situación de pobreza, indicó Espina, debido al impacto de la crisis económica iniciada en el país a principios de la década de los noventa.
Entre otros parámetros, se refirió a que el coeficiente gini pasó de 0,24 en los ochenta a 0,38 en 2002, lo que indica que se redujo el grupo de personas que reúnen las riquezas.
Espina enumeró otras situaciones que generan desigualdades, como la existencia de ingresos medios en trabajadores autoempleados muy superiores a los de personas asalariadas en sectores estatales, la diversificación de las fuentes de ingresos, el acceso a la divisa y el establecimiento de distancias sociales significativas.
Como parte de los problemas que afectan la equidad entre hombres y mujeres, mencionó la violencia sobre la mujer, la pobreza femenina, las identidades de género no aceptadas, las barreras que limitan el acceso de las mujeres a los principales espacios de toma de decisiones, a cargos de dirección y la discriminación ocupacional.
Por edades, por ejemplo, las mujeres dirigentes, en las dos últimas décadas, se concentran en los grupos de 15 a 19 años y en los de más de 60 años, mientras que los más bajos niveles se alcanzan entre  40 y 59 años. Cuando se supone que las mujeres se encuentran en plena etapa de realización profesional, experiencia y con niveles altos de calificación,  muchas están haciendo otras cosas, comentó la investigadora. 
Esas mujeres, que algunos expertos catalogan de “invisibles”, suelen llevar sobre sí el peso de las responsabilidades domésticas y familiares: atienden a sus hijos, cuidan a otros familiares, sostienen la sobrecarga doméstica y reproductiva familiar, además de muchísimas ocupaciones.
Por otra parte, la “potencialidad de la mujer en puestos de dirección es mayor a la participación reconocida, pues  generalmente se les encuentra en puestos de segundas o sustituyendo a los hombres”, comentó Espina.
A eso se añaden desequilibrios dentro del hogar, pues los estudios apuntan a que, cuando los núcleos familiares disponen de mayores ingresos, el hombre aparece con más frecuencia como controlador; mientras que en los de menores ingresos casi siempre las mujeres deciden el destino. “Dicho de otro modo: ellos administran la riqueza y ellas la pobreza”, acotó Espina.
Dentro de casa, además, las mujeres dedican más de 34 horas, semanalmente, a labores fundamentales, mientras ellos emplean unas 12 horas, básicamente en tareas de apoyo.
Los hombres son la mayoría absoluta entre los ocupados en sectores económicos con salarios más altos, lo que podría apuntar a una discriminación en la inserción, alertó Espina, y agregó que los salarios percibidos por las mujeres representan entre 80 por ciento y 85 por ciento los de ellos.
La reproducción del patrón tradicional de género alcanza, incluso, a las alternativas desplegadas ante la crisis, pues las mujeres suelen asociarse más al ámbito doméstico y ellos tienden a orientar sus acciones fuera del hogar, comentó la estudiosa del CIPS.
Entre las propuestas de políticas sociales con perspectiva de género, Espina propuso iniciar un proceso de reconstrucción, tanto del modelo masculino como prototipo del ser y del saber, como del femenino, así como  crear y consolidar programas educativos y de orientación social que refuercen la función socializadora de la familia en la distribución más equitativa de las tareas familiares, entre otros aspectos.
También abogó por el establecimiento de sistemas laborales más flexibles para las mujeres jóvenes con hijos pequeños, y otras personas dependientes como discapacitados y adultos mayores, que les permitan dar un mayor aporte social y contribuyan al mismo tiempo a su realización personal.
“Las políticas propicias a la mujer y su incorporación al mundo laboral deben estar acompañadas de otras que eliminen los obstáculos y generen equidad”, subrayó.
 “Develando cauces de comunicación y encuentro” reunió a líderes comunitarios, activistas, representantes de organizaciones no gubernamentales, instituciones estatales, la academia y diversos actores sociales.
Este encuentro teórico sirvió de escenario para abrir el debate y la reflexión acerca de temas tan variados de la realidad cubana actual, como  la perspectiva de género, la violencia contra la mujer, las masculinidades, la participación comunitaria, los desafíos actuales de la teología feminista, la diversidad sexual y el diálogo interreligioso, entre otros.

 

Mayo 2010

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Sara Más

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